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INGENIEROS POLITÉCNICOS EN LA OPERACIÓN “VENEZUELA”

CUANDO LA TIERRA TIEMBLA

Texto: Ana Vercher (Madrid)
Fotos: UME-OCP

24 de junio. 18:03 horas. A 23 kilómetros de la localidad venezolana de San Felipe la tierra tiembla. Lo hace con una magnitud de 7,2 en la escala Richter. Tan sólo 39 segundos después, lo hace de nuevo, a escasos kilómetros de la cercana localidad de Yumare. En esta ocasión, el temblor es aún más virulento, 7,5. Dos terremotos telúricos de tipo doblete que dejaron como re-sultado más de 5000 fallecidos, cerca de 18 000 heridos y una población destrozada, en todos los sentidos.

Aquello era el caos absoluto: «Las condiciones climatológicas de humedad y calor eran extremas. Las carreteras estaban colapsadas, mientras que la población estaba volcada en llevar ayuda en forma de víveres», explica el capitán Portillo, destinado en la Comandancia de Obras (COBRA) nº2 de Sevilla, y uno de los Ingenieros Politécnicos del Ejército de Tierra (CIPET) que acudieron a Venezuela, como parte de la ayuda que España envió para colaborar en las labores de búsqueda tras aquellos fatídicos terremotos. junto a él, el teniente Abellán, del Destacamento COBRA nº21 de Granada, quien explica que a ellos les enviaron a trabajar «a una zona residencial con mucha densidad edificatoria, colapsada en un gran porcentaje. Se hablaba de unos 180 colapsos totales y más de 500 parciales. Algo inabarcable, por mucha ayuda internacional que llegara».

El capitán Portillo y el teniente Abellán llegaron a la venezolana base aérea «El Libertador» el 26 de junio. Su trabajo, como ingenieros de la especialidad de Construcción y poseedores del Curso de Especialista en Estructuras Colapsadas, se sintetizó en dos partes: «En
primer lugar, al llegar al edificio debíamos evaluar la seguridad de forma general, identificando la tipología estructural del mismo y los mecanismos de colapso que presentaba eledificio —es decir, cómo se ha derrumbado o si puede seguir cayéndose—, así como el estado de los edificios colindantes o las posibles afectaciones de instalaciones combustibles, eléctricas o, incluso, de la maquinaria pesada que estuviese trabajando en las proximidades y que pudiera provocar vibraciones, poniendo en peligro la estabilidad de nuestro edificio», señala el capitán Portillo. De igual modo, añade que, en segundo lugar, «una vez se decidía que se entraba en el edificio, nuestra función era ayudar a determinar dónde había posibles huecos de vida en el mismo, y valorar cómo de seguro era el acceso a dicho hueco, o si se necesitaban medidas adicionales de seguridad, como apuntalamientos, en aras de minimizar los riesgos, tanto para el equipo de rescate como para las personas atrapadas». Aunque su estancia en el país americano se prolongó hasta el 6 de julio, sus trabajos en la zona cero se desarrollaron a lo largo de siete días en total, relevándose ambos CIPET a la par que lo hacían los dos pelotones de Búsqueda y Rescate Urbano (USAR) de la Unidad Militar de Emergencias (UME) con los que acudieron, haciendo turnos de 12 horas cada uno, para abarcar las 24 horas del día. Unas labores de rescate muy complicadas que se vieron condicionadas por una climatología adversa —«desde el primer rayo de sol la humedad y el calor hacía que llevar puesto el equipo de trabajo fuera un suplicio y estuvieras constantemente deshidratado», señala el capitán Portillo—, y, también en muchas ocasiones, por los problemas frecuentes con las telecomunicaciones, que les hacían «navegar» a ciegas, guiándose por la información de primera mano que les proporcionaban la población local y protección civil. Un ambiente en el que el «ojo clínico» de los ingenieros para evaluar riesgos y determinar soluciones, en escenarios complejos y en muy poco tiempo, se tornó fundamental. De igual modo, Portillo pone en valor la confianza que los CIPET se ganaron entre los miembros de los equipos de rescate, para quienes eran desconocidos en muchos casos, demostrando su saber hacer y logrando que confiasen plenamente en su criterio técnico —sin olvidar que el CIPET asesoraba al jefe del equipo USAR, pero era éste quien tomaba la última decisión—.

Todo ello, teniendo presente la fragilidad emocional del entorno social en el que estaban trabajando: «Era muy duro tratar con los familiares de las víctimas, que se acercaban a pedirnos ayuda de manera constante, aunque también era increíble ver la entereza de muchas personas que no perdían la fe en recuperar a sus allegados —aun habiendo trascurrido casi una semana—, o verlos desescombrar ellos mismos para recuperar los cuerpos», señala el capitán Portillo, quien asegura que lo más difícil era explicarles que abandonaban el lugar de trabajo al no hallar signos de vida, tras haberlo evaluado por todos los medios técnicos y cinológicos de que disponía el equipo USAR. «Era difícil no empatizar con la situación y al compartir el idioma eso se incrementaba. A veces hubiera sido mejor no entender lo que decían. Recuerdo cuando estábamos intentando sacar a un hombre llamado Hernán Gil: ya lo teníamos localizado, y hablábamos con él cuando hubo una réplica de más de cuatro grados, lo que nos obligó a salir del edificio, porque se caía. Finalmente, se logró rescatar al quinto día de trabajo tras su localización». A pesar de las dificultades, el balance de esta experiencia es, sin duda, «muy positivo y enriquecedor, desde el punto de vista profesional y humano» para estos ingenieros.
«Hemos coincidido con equipos de rescate de los muchos países que estuvieron ayudando a Venezuela y con personal de protección civil el propio país. En algunas zonas trabajamos codo con codo con equipos USAR de Estados Unidos, Costa Rica o México, entre otros.
Además, cuando uno trabaja sobre el terreno, comprueba que cada terremoto es diferente y que cada edificio responde de una manera distinta, en función de cómo fue diseñado, construido y mantenido», aseguran ambos ingenieros. Asimismo, el capitán Portillo destaca varias lecciones aprendidas después de su paso por Venezuela: «Una de las principa les enseñanzas es comprobar la importancia de realizar una evaluación estructural rápida pero rigurosa, porque de ella dependen tanto la seguridad de los rescatadores como la posibilidad de acceder a víctimas que puedan seguir con vida. También, hemos comprobado el enorme valor que tiene trabajar con procedimientos estandarizados. Cuando intervienen equipos de distintos países, todos debemos hablar el mismo lenguaje técnico y seguir una metodología común para que larespuesta sea eficaz. Y, por supuesto, nos llevamos un importante aprendizaje que podremos incorporar a nuestra preparación y a la os incorporar a nuestra preparación y a la formación de futuros especialistas».

Una vivencia que quedará en su recuerdo para siempre, así como el cariño del pueblo venezolano, y por la que recibieron la medalla «Héroe de Venezuela» en segundo grado.

CURSO DE ESPECIALISTA EN ESTRUCTURAS COLAPSADAS

Tanto el capitán Portillo como el teniente Abellán pertenecen al grupo de ingenieros del Ejército de Tierra (CIPET) que la Dirección de Infraestructura pone a disposición de la UME, para dar apoyo de ingeniería a sus batallones, rotando mensualmente según proximidad geográfica.

Uno de los requisitos para pertenecera este grupo es haber realizado el Curso de Especialista en Estructuras Colapsadas, dirigido a formar a los ingenieros de Construcción para que sean capaces de comprender cómo se comportan distintas edificaciones cuando han sufrido un colapso parcial o total, bien sea como consecuencia de un terremoto, de una explosión o de cualquier otro evento que comprometa su estabilidad.

Este curso, de una semana de duración, se desarrolla en la Base Aérea de Torrejón de Ardoz (Madrid) con tres objetivos principales: aprender a interpretar el comportamiento estructural de un edificio dañado; reconocer los distintos mecanismos de colapso y estimar dónde pueden existir espacios de supervivencia que permitan orieantar las labores de búsqueda y aprender a tomar decisiones rápidas sobre la seguridad de los equipos de rescate.

Ahora, la vivencia de estos ingenieros contribuirá a enriquecer este curso, ya que su edición de 2026, que se impartirá en septiembre, contará con una charla sobre su experiencia en la operación «Venezuela».

GRACIAS A NUESTROS MILITARES

Texto:  Luis Villaverde/ Valencia

Fotos:  Bg. Jose Manuel Dueñas (DECET)

María Jesús Recuero es una vecina de Picaña (Valencia), que al igual que muchos otros, ha resultado damnificada por las inundaciones provocadas por la DANA. De manera espontánea, y a iniciativa propia, decidió escribir un correo electrónico al Departamento de Comunicación del Ejército de Tierra. En el mensaje agradecía, de corazón, el trabajo que el Ejército, encarnado en esta ocasión en los hombres y mujeres del Regimiento de Caballería «España» n.º 11, había llevado a cabo en la limpieza de su calle y su edificio. «Sirva este correo para darles las gracias a nuestros militares. Por su trabajo, la humanidad y la generosidad que nos brindaron tanto a mi familia como a toda la comunidad de vecinos. Nos han salvado la vida en muchos aspectos, y gracias a ellos hemos vuelto a creer en nuestras instituciones». 

Aún le cuesta responder a nuestras preguntas sin emocionarse cuando recuerda los terribles acontecimientos de aquel 29 de octubre. «Fue un desastre de gran magnitud, nadie en Picaña, ni en cualquier otra zona, lo hubiera imaginado».  

Acontecido el temporal, con las aterradoras evidencias de su paso, no había organización entre vecinos y voluntarios. Cada uno aportaba a la causa todo el material disponible —palas, cubos, etc.— pero no existía un orden estructurado que, en esos primeros momentos de la catástrofe, arrojara un poco de luz. «Lo más difícil fue el proceso de comprobar que todos los vecinos estaban a salvo. Luego, ante montañas de coches y escombros no sabíamos por dónde empezar», señala María Jesús. Tras largas jornadas de trabajo no tenían los suministros básicos que les permitiesen darse una ducha para su aseo personal: no tenían luz ni agua. 

Cuando llegó el apoyo del Ejército de Tierra, los vecinos, agradecidos, acogieron a los efectivos con los brazos abiertos. «Fueron nuestros ángeles de la guarda. Pienso que nos han ayudado en todos los sentidos. Vinieron muchos voluntarios, bomberos, etc., pero lo hacían a iniciativa propia, y en sus días de descanso. La ayuda de alguien que sea nuestro, que lo consideremos nuestro, fue la del Ejército», declara María Jesús. 

Los militares llegaron con la maquinaria necesaria para limpiar sus viales, pudiendo vislumbrar la efectividad de las mismas en muy poco tiempo. El lodo fue desapareciendo de sus garajes y el acceso a sus calles y edificios se hizo posible. 

Esta vecina de Picaña y su comunidad de vecinos estarán por siempre agradecidos a los miembros del Regimiento «España» por el trabajo realizado. «Se portaron de manera ejemplar. Nadie es consciente del trabajo que hicieron. Sacaron de dos plantas que tiene nuestro garaje, no solo el lodo, que lo cubría todo, también cañas, animales muertos, restos que salían de las bajantes… todo con carretilla y capazos», indica María Jesús. «Era nuestra desgracia, y ellos la hicieron suya», se emociona.