CUERPO DE INGENIEROS POLITÉCNICOS DEL EJÉRCITO

UN PILAR TECNOLÓGICO

Texto: Elvira Valbuena / Madrid

Fotos: Sdo. Á. Expósito e I. Jiménez

En un contexto de creciente complejidad tecnológica y estratégica, el papel de los ingenieros politécnicos se consolida como una pieza clave en la modernización del Ejército. Una profesión discreta en el día a día, que pasa desapercibida en muchas ocasiones, pero decisiva en lo esencial, ya que el Cuerpo de Ingenieros Politécnicos del Ejército de Tierra (CIPET) —integrado actualmente por unos 400 efectivos— tiene un papel clave en ese proceso de evolución y transformación. 

La investigación, la docencia y el desarrollo tecnológico en el Ejército son pilares cada vez más sólidos dentro de la estructura de las Fuerzas Armadas. En ese ámbito donde la ingeniería se funde con la disciplina militar, la Escuela Politécnica Superior del Ejército de Tierra (ESPOL) actúa como centro formativo y motor de innovación. Allí, jóvenes oficiales e ingenieros desarrollan una carrera profesional que combina el conocimiento técnico, el liderazgo y la vocación de servicio.

Entre los oficiales del CIPET se dibuja un perfil común, el de profesionales formados en disciplinas civiles de ingeniería que han encontrado en el Ejército un espacio donde aplicar su conocimiento con un impacto directo en la seguridad y operatividad de las unidades.

Del aula al uniforme

El acceso al Cuerpo de Ingenieros Politécnicos comienza, en la mayoría de los casos, en las aulas universitarias. Ingenierías como Telecomunicaciones, Mecánica, Industriales, Aeronáutica, Informática, Arquitectura, Caminos o Química constituyen la base académica de quienes posteriormente optan por ingresar en las Fuerzas Armadas mediante concurso-oposición.

La elección no siempre responde a una vocación militar previa, sino a un descubrimiento progresivo de una salida profesional distinta. Es el caso de la teniente Álvarez Polo. Su incorporación al Ejército llegó después de una etapa de trabajo en el ámbito civil y de defensa. Fue entonces cuando, a través de un compañero de la universidad, conoció una vía profesional que le permitiría ampliar su campo de actuación técnica. «En el Ejército, podemos conocer muchos sistemas de armas, algo que en una empresa civil es más limitado, explica. Esa posibilidad de acceder a un espectro tecnológico más amplio, unida a su vocación de servicio, fue decisiva en su elección.

El itinerario formativo de los ingenieros politécnicos se estructura en dos grandes fases. En primer lugar, acceden a una formación común de carácter militar en la Academia General Militar de Zaragoza, donde durante aproximadamente cuatro meses, adquieren los fundamentos de disciplina, doctrina y adiestramiento. A continuación, los alumnos pasan a la ESPOL, donde reciben formación técnica específica durante unos seis meses más, antes de su egreso como tenientes. A partir de ese momento, el recorrido se bifurca según la escala, explica el comandante López-Pingarrón, subdirector jefe de Investigación y Doctorado de la ESPOL.

La escala técnica se orienta hacia destinos en unidades de la Fuerza, donde los ingenieros asumen responsabilidades de mantenimiento, supervisión de material y apoyo directo a la operatividad de las unidades logísticas. La escala de oficiales, en cambio, se centra en funciones de mayor proyección técnica y estratégica: gestión de programas, contratación, desarrollo de proyectos e integración con la industria de defensa. En esta segunda modalidad, la formación continúa con un máster específico en la propia ESPOL, de hasta un año y medio de duración, que habilita para el desarrollo de proyectos de mayor complejidad técnica. Aunque ambas escalas comparten origen y formación inicial, sus funciones tienen diferencias sustanciales. La escala técnica se integra habitualmente en unidades logísticas y de mantenimiento, donde los oficiales actúan como jefes de sección o compañía, garantizando la operatividad de vehículos, sistemas y equipos.

Ingeniería aplicada a la vida real

Por su parte, la escala de oficiales se orienta a la dirección técnica de programas y a la interlocución con la industria. Desde la Dirección de Ingeniería del Mando de Apoyo Logístico del Ejército hasta los parques de mantenimiento, su labor se centra en la planificación, el diseño y la gestión de sistemas complejos. Asimismo, la progresión profesional también es diferente en ambas escalas. Mientras que en la escala técnica el ascenso culmina en el empleo de teniente coronel, en la escala de oficiales puede llegar a general de división.

Sin embargo, al margen de estas diferencias, si hay algo que comparten a diario, es la dimensión eminentemente práctica de su trabajo. El teniente Majadas Díez, destinado en la ESPOL, resume su función como una combinación de gestión, liderazgo y toma de decisiones. «Mi tarea consiste en gestionar personal, distribuir trabajos en el taller, supervisar la operatividad de vehículos y decidir prioridades de intervención», explica. Un trabajo que exige no solo conocimientos técnicos, sino también capacidad de organización y responsabilidad sobre recursos humanos y materiales.

En el caso del teniente Regén, destinado en la Brigada de la Legión, la responsabilidad se amplía al mantenimiento de sistemas en unidades operativas. Además, lidera proyectos de investigación como el desarrollo de combustibles estratégicos a partir de residuos, mediante procesos de pirólisis. Una iniciativa que busca dar una segunda vida a materiales como neumáticos fuera de uso y contribuir a la autonomía logística de las Fuerzas Armadas.

La investigación es uno de los pilares fundamentales del Cuerpo de Ingenieros Politécnicos. Proyectos relacionados con la lucha contra sistemas aéreos no tripulados, la aerodinámica, la propulsión eléctrica o los materiales avanzados forman parte del trabajo diario en la Escuela Politécnica. Estos desarrollos no se limitan al ámbito teórico. En muchos casos, los proyectos tienen una aplicación directa en operaciones reales o ejercicios de gran escala, donde se ponen a prueba soluciones tecnológicas en entornos militares. Además, la posibilidad de ensayar sistemas en instalaciones propias del Ejército facilita el desarrollo experimental sin las restricciones habituales del sector civil, lo que acelera procesos de innovación y validación tecnológica.

Además de todo, la proyección profesional dentro del CIPET no se limita al ejercicio inmediato de la función técnica, como es más frecuente en el ámbito civil. La formación continua, el acceso a másteres, la posibilidad de desarrollar doctorados y la participación en proyectos internacionales configuran una carrera de largo recorrido dentro de las Fuerzas Armadas. 

EL CAMINO AL FIN DEL MUNDO

Texto: Elvira Valbuena / Madrid

Fotos: XL CAET

La nieve y la roca del Pirineo oscense han sido la antesala del escenario que el XL Contingente Antártico del Ejército de Tierra (CAET) se encontrará a partir de diciembre en la próxima Campaña Antártica Española 2026-2027. Allí, en las inmediaciones del refugio militar de Somport, once de los trece integrantes de la dotación han iniciado, entre el 23 y el 27 de marzo, la primera fase de un periodo de preparación que les conducirá, dentro de unos meses, hasta la Base Antártica Española «Gabriel de Castilla», en la Isla Decepción, uno de los lugares más aislados y extremos del planeta.

Esta primera fase de aprendizaje y adaptación a las condiciones de vida y movimiento en montaña realizada en Candanchú ha servido para que el equipo mida sus fuerzas en grupo antes de enfrentarse al continente helado. El escenario no era todavía la Antártida, pero ha servido para que once miembros del XL CAET se acerquen a ella (otros dos integrantes de la dotación repiten campaña) y aprendan a desenvolverse en nieve y hielo. 

La cohesión del grupo

El comandante Arias Otero, jefe de la XL Campaña Antártica del Ejército de Tierra, resume las dos principales finalidades que ha tenido el ejercicio: «La primera —explica— es el conocimiento técnico de vida y movimiento en montaña, adaptado a las capacidades que necesitarán en Isla Decepción. La segunda, quizá menos visible, pero igual de importante, es cohesionar al grupo, porque es la primera vez que se ven todos juntos». Antes de ser un contingente, los integrantes del XL CAET son personas que empiezan a conocerse: especialistas en comunicaciones, alimentación, navegación, medicina, motores o medio ambiente que deberán convivir durante aproximadamente cien días en una isla volcánica situada a más de mil kilómetros de la costa sudamericana más próxima. 

El punto de partida de esa conviviencia ha sido Candanchú, donde la montaña les ha obligado a descubrir rápidamente las fortalezas y limitaciones de cada uno y también a confiar en el compañero. Los once miembros del contingente han trabajado unidos sobre el terreno, comenzando a forjar la cohesión que será imprescindible durante la campaña. Compartir esfuerzo y afrontar las dificultades cotidianas del día a día ha fortalecido los vínculos del grupo. «Nos hemos podido conocer, hemos podido hacer bastante piña, bastante equipo», recuerda el cabo Amat, destinado en el área de alimentación del contingente y participante por primera vez en una Campaña Antártica. «Hemos convivido en la misma habitación, hemos dormido todos juntos, hemos hecho una gran camaradería», asegura.

Durante cinco días, los integrantes del XL CAET han realizado marchas con equipo completo; han aprendido a progresar con crampones y raquetas de nieve; han utilizado piolets, cuerdas y arneses y han realizado rápeles y maniobras de evacuación de heridos, llevando a la práctica los conocimientos adquiridos con anterioridad sobre frío extremo,materiales y seguridad.

«Hicimos una marcha de varias horas, un desnivel en el que hacía falta empleo de piolets y crampones, algunos rápeles necesarios para llegar a los puntos, siempre pensando en cuáles son las circunstancias a las que nos íbamos a enfrentar», explica el comandante Arias.

Para muchos de los miembros del contingente, como el cabo Amat, el ejercicio ha supuesto salir de su zona de confort. El cabo destaca como uno de los momentos más significativos del ejercicio el aprendizaje técnico en montaña. «Nunca había hecho nada así. Había participado en pruebas de resistencia, como ultramaratones o los 101 kilómetros de Ronda, pero aquello era diferente», asegura. «Estuvimos con el uso de crampones, las raquetas de nieve, los piolets, el tipo de cordado… Hicimos bastante rápel, que fue lo que más me gustó». El cabo Amat reconoce que la experiencia le ha exigido más de lo esperado. «La fase de montaña ha sido dura. Ha sido un reto para mí personalmente», admite. Aunque había compañeros más habituados a este tipo de actividad, considera que el esfuerzo ha merecido la pena. «Ha sido un periodo de exigencia considerable, física y mentalmente, pero absolutamente necesario para una mínima preparación», concluye.

Resistir y mentalizarse

El primer día en el Pirineo transcurrió con buenas condiciones meteorológicas, pero al siguiente llegó una ventisca con rachas de hasta 80 o 90 kilómetros por hora. Una aproximación realista a lo que les espera en Isla Decepción, donde las temperaturas medias pueden oscilar entre 0 y 1 grados centígrados, aunque el viento puede dejar la sensación térmica por debajo de los 20 grados bajo cero.

Sin embargo, no basta con resistir el clima y enfrentarse al frío. La isla donde desplegarán también es un volcán activo y hay que aprender a reaccionar ante situaciones de aislamiento, evacuaciones, riesgos volcánicos y desplazamientos constantes en un terreno hostil. En este sentido, el cabo Amat, destaca la dimensión mental del adiestramiento: «Es una cosa que necesitamos para mentalizarnos de lo que puede llegar a pasar allí».

En la Antártida, el aislamiento marca el día a día y cada especialidad sostiene una parte de la misión, como el área de alimentación, que debe planificar la autonomía de la campaña. El cabo Amat, junto al cabo Rodríguez del Blanco, trabaja ya en la elaboración de los menús que acompañarán al contingente durante cuatro meses. «Estamos mirando los hidratos de carbono, las proteínas, los gramos de verduras que hay que incluir», explica. La exigencia física de la misión obliga a calcular cuidadosamente las necesidades nutricionales. «Habrá jornadas de desplazamiento con carga de material científico, movimientos por mar y trabajo continuado en condiciones extremas. «Tenemos que llevar un mínimo de kilocalorías y una alimentación básica es imprescindible», concluye.

Blog oficial del Ejército de Tierra