« Escribir novelas se parece a planificar una operación militar»
Texto: Juan Diego Tobajas (Madrid)
Fotos: Bgda. J.M. Dueñas (DECET)
Escritor, periodista y rostro habitual de Cuarto Milenio (Cuatro), Javier Sierra (Teruel, 1971) es el único autor español que ha colocado una novela entre las diez más vendidas del periódico The New York Times. Ganador del Premio Planeta 2017, tiene incluso un asteroide con su nombre. Con El plan maestro (Planeta, 2025), su última novela, todavía de gira por toda España, nos visita en el Palacio de Buenavista, sede del Cuartel General del Ejército de Tierra, para hablar de literatura, historia, misterio y de los paralelismos que —asegura— existen entre el oficio de escribir y la profesión militar.
Ganador del Premio Planeta, el único escritor español en el top ten del The New York Times… y mucha gente le identifica sobre todo por Cuarto Milenio. ¿Cómo empezó aquella aventura y qué le han dado más de dos décadas de televisión?
La televisión apela a la memoria inmediata, así que es lógico que muchos me recuerden por mis intervenciones en Cuarto Milenio, donde llevo ya más de veinte años. Pero existe otra memoria, mucho más profunda: la de la literatura. En ella llevo trabajando más de treinta. Publiqué mi primer ensayo en 1995 y mi primera novela en 1998, y desde entonces no he dejado de escribir. La televisión es para hoy; la literatura permanece.
Comenzó en la radio con solo doce años y en el programa aparecen con frecuencia testimonios militares sobre fenómenos difíciles de explicar. ¿Qué conserva de aquellos inicios y qué le atrae del mundo militar?
De la radio conservo tres herramientas que sigo usando cada día: la responsabilidad de un compromiso semanal con los oyentes, la constancia de documentarme sin parar y la capacidad de contar historias que atrapen poco a poco a quien escucha. Y de lo militar, la figura del testigo de élite. Su formación les permite analizar ciertos fenómenos desde una perspectiva muy distinta: si un piloto de combate describe una aeronave y afirma que sus prestaciones no corresponden a ninguna tecnología conocida, ese testimonio tiene un valor enorme. España, además, fue pionera: en 1992 el Ministerio de Defensa autorizó la desclasificación de los expedientes históricos sobre ovnis, con lo cual se adelantó varias décadas a lo que hoy estamos viendo en Estados Unidos. Allí disponen de mucho más material audiovisual, pero nuestro país abrió ese camino antes.
La cena secreta (Plaza & Janés, 2004) le convirtió en el único escritor español en el top ten de The New York Times. ¿Qué significó aquello?
Algo extraordinario. Mi novela llegó en un momento de enorme interés por el Renacimiento, tras el fenómeno de El código Da Vinci (Dan Brown, 2003). Recuerdo perfectamente la llamada del editor de Cultura de The New York Times para comunicarme que había entrado en la lista de los más vendidos. Aquello demostró que los autores españoles tenemos historias universales que contar y que, de vez en cuando, conseguimos abrirnos paso en un mercado tan cerrado como el estadounidense.
En 2017 llegó el Premio Planeta con El fuego invisible. ¿Supuso un antes y un después?
Sin duda. El éxito internacional de La cena secreta me dio visibilidad fuera de España, pero el Planeta consolidó definitivamente mi trayectoria aquí. Es un galardón muy especial porque forma parte de la memoria sentimental de millones de lectores.
En el Ejército se habla constantemente de disciplina, planificación y perseverancia. ¿Son también valores imprescindibles para escribir?
Absolutamente. Si no hubiera sido escritor, habría sido militar. Me gusta la disciplina, la rectitud y trabajar con objetivos claros. En el fondo, escribir novelas se parece mucho a planificar una operación: primero defines el objetivo, identificas aliados y obstáculos y, cuando todo está preparado, avanzas hacia él. Pero también hay que improvisar cuando las circunstancias cambian. Los grandes estrategas militares han sabido hacerlo siempre, y un novelista tiene que aprender esa misma lección.
En El plan maestro vuelve al universo de El maestro del Prado (Planeta, 2013). ¿Por qué regresar a esa historia?
Porque quedaban preguntas sin responder. Siempre he pensado que los grandes museos están habitados por personas capaces de transformar nuestra manera de mirar una obra de arte. Con esta novela quería explorar precisamente esa idea: que el verdadero arte no reside solo en la pintura, sino en las historias que esconden los cuadros.
En 2025 hizo cerca de ochenta presentaciones. ¿Qué le aporta ese contacto directo con los lectores?
Quizá aquí también haya una influencia militar: el territorio se conquista, pero también hay que mantenerlo. Los lectores necesitan sentir que el autor sigue ahí, que vuelve, que conversa con ellos. Es parte del trabajo de escribir.
Hace poco un asteroide recibió su nombre, a 400 millones de kilómetros de la Tierra. Cuando mira al cielo, ¿qué piensa?
Que nunca sabemos hasta dónde puede llegar una historia. Me hace ilusión imaginar que algún día mis libros se venderán en las futuras bases lunares. De hecho, cuando firmé mi contrato con mi editorial estadounidense cedí los derechos para la Luna, Marte e incluso para submarinos nucleares y portaaviones. Allí también hay librerías.
¿Qué le gustaría que encontrara un soldado al cerrar uno de sus libros?
Una aventura que le hiciera reflexionar.







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