Entrevista a Olga Luján, escritora. «El Ejército y la escritura comparten disciplina, rigor y fidelidad»

Texto: Juan Diego Tobajas (Madrid)

Fotos: Bg. J.M. Dueñas (DECET)

Escritora, antigua enfermera y afiliada a la ONCE, Olga Luján (Madrid, 1969) convirtió la adversidad en vocación. Una enfermedad genética, que derivó en ceguera sobrevenida, le cerró las puertas de la enfermería y le abrió las de la literatura. Desde entonces, ha publicado dos novelas históricas, Entre vinos hablaos (Cuatro Hojas, 2021) y La teniente de ayas (Posidonia, 2026), que han conquistado lectores, clubes de lectura e influencers literarios. Su última obra, ambientada en el corazón del siglo XIX, está protagonizada por doña Francisca Tacón y Aché, la misteriosa teniente de ayas que educó a los hijos de Isabel II y Alfonso XII en el Palacio Real. Luján escribe sobre la historia en minúsculas —la de los de a pie, no la de los grandes— con disciplina de militar, sensibilidad de enfermera y curiosidad de archivera. Es miembro de la junta directiva de la Asociación de Escritores con la Historia, que preside Isabel San Sebastián, y forma parte de un colectivo de cinco escritores afiliados a la ONCE que aspiran a ser reconocidos simplemente como escritores.

En 2002 una enfermedad genética derivó en ceguera y cambió su vida por completo. ¿Cómo reordenó su mundo a partir de ese momento?

De un día para otro se acabó lo de ser enfermera, se acabó conducir y también se acabó llevar una vida normativa, como solemos decir. Tuve que resetear, y me costó, pero me dije: voy a hacer ahora lo que siempre he querido hacer, que era escribir y pintar. Durante un tiempo, pinté al óleo, pero enseguida empecé a ir a cursos de escritura, a meterme en el mundillo y a publicar una novela, Entre vinos hablaos. Hoy es mi actividad profesional. Lo que más miedo me daba —publicar, pensar que a lo mejor no valía— resultó ser el impulso definitivo: la novela triunfó

¿A qué atribuye ese éxito de su primera novela?

A las redes sociales, a los lectores, a los clubes de lectura y a los bookstagramers. Pero también a la mirada que propongo: yo no escribo sobre la Historia en mayúsculas, sino sobre la historia en minúsculas. No sobre cómo los grandes construyen la historia, sino sobre cómo la viven los de a pie. La verdad es que eso es algo poco habitual en la novela histórica, que suele estar llena de batallas y de reyes. Yo estoy en el otro lado, viendo cómo todo aquello repercute en la gente corriente.

Su nueva novela, La teniente de ayas, gira en torno a doña Francisca Tacón y la teniente de ayas del Palacio Real en el s. XIX. ¿Cómo llegó a este personaje?

Me enamoré de ella. Estaba documentándome para otra historia que acabé aparcando cuando de pronto apareció un artículo sobre la teniente de ayas. ¿Y qué es una teniente? Ni siquiera historiadores amigos míos conocían esa función. Me quedé cautivada. Empecé a investigar y no encontré casi nada, solo ese artículo y otro con una anécdota sobre las hijas de Alfonso XIII. Un historiador me indicó que en el Archivo del Palacio Real podría haber documentación. Me acredité como investigadora y me sacaron una caja maravillosa con los documentos originales de ella: sus cartas, sus nóminas, documentos con la firma de Isabel II y de Alfonso XII, peticiones suyas… Así construí el personaje.

La narración transcurre en dos escenarios muy distintos del s. XIX. ¿Cómo los describe?

Uno es el Palacio Real con todo su contraste interno, que no mucha gente conoce. Las dos últimas plantas pertecnecen al mundo de la servidumbre: un pueblo entero, puerta a puerta, con sus costumbres, su protocolo, sus supersticiones. La categoría del sirviente determina si vives en una buhardilla donde caben apenas para dormir o en una estancia más digna. La teniente tenía su habitación justo encima de la de la reina. Viven en el mismo edificio, pero no se rozan. El otro escenario es la España humilde de los caminos, la miseria, los bandoleros, los duelos, las guerras: esa España de buscarse la vida en el XIX que es el fiel heredero del Siglo de Oro. Los pícaros de entonces son los ciegos correcaminos de esta época.

¿Queda algo de su etapa como enfermera en su universo literario?

El reflejar los sentimientos de la gente. La enfermera es la que vive con el paciente, la que está siempre si hace falta a su lado. Yo siento con mis personajes. Eso pervive.

Usted está afiliada a la ONCE. ¿Cómo aprovecha sus herramientas de acceso a la lectura y escritura?

Me hace gracia cuando me preguntan si los ciegos leemos. Los ciegos leemos y escribimos, y además tengo que decir que leemos muchísimo. En el móvil, el ordenador, la tablet, tenemos el gestor de la ONCE, una biblioteca con miles y miles de libros, desde los de cuarto de Primaria hasta manuales universitarios. Yo entro con mi número de afiliado y ya está. Cuando escribo, uso el teclado como lo hace cualquier persona, porque aprendí el método ciego de niña. La pantalla no la veo, pero el ordenador va hablando según escribo: me dicta lo que pone y me avisa de los errores ortográficos o gramaticales. Es como la inteligencia artificial: todo adaptado. Yo sin la ONCE no podría ser lo que soy ahora mismo. La ONCE es maravillosa.

Junto a otros cuatro escritores afiliados a la ONCE está impulsando un nuevo proyecto colectivo. ¿En qué consiste?

Somos cinco escritores que compartimos la característica de ser ciegos, aunque lo que queremos es que se nos reconozca como escritores, no como escritores ciegos. Nadie dice de mí que soy una escritora rubia o que mido 1,70. Si no lo dicen de los demás, ¿por qué a mí sí se me tiene que mencionar esa característica? Queremos demostrar que tenemos nuestra valía más allá de eso. Estamos preparando un proyecto importante aquí en Madrid, con el apoyo de la ONCE, pero también para estar presentes fuera de ella. Los que venimos de fuera y hemos llegado a la ONCE queremos estar en los dos sitios, porque nos sentimos parte de los dos sitios.

Su vida ha exigido una enorme capacidad de adaptación y de esfuerzo ante la adversidad, valores que también encarna el Ejército. ¿Qué paralelismo encuentra entre ambos mundos?

Soy una militar frustrada. Siempre quise serlo, incluso enfermera militar, pero la vista me lo impidió. Además, soy también hija de Guardia Civil, trabajé en el Hospital Militar Gómez Ulla, de Madrid, y me apasiona el Ejército. Creo que comparto con él tres valores fundamentales: disciplina, rigor y fidelidad. La disciplina es tan importante en el mundo militar como en el de la escritura. El rigor —histórico, en mi caso— también. Y la fidelidad a lo que uno hace y representa. Esas tres cosas son las que creo que compartimos.

CUERPO DE INGENIEROS POLITÉCNICOS DEL EJÉRCITO

UN PILAR TECNOLÓGICO

Texto: Elvira Valbuena / Madrid

Fotos: Sdo. Á. Expósito e I. Jiménez

En un contexto de creciente complejidad tecnológica y estratégica, el papel de los ingenieros politécnicos se consolida como una pieza clave en la modernización del Ejército. Una profesión discreta en el día a día, que pasa desapercibida en muchas ocasiones, pero decisiva en lo esencial, ya que el Cuerpo de Ingenieros Politécnicos del Ejército de Tierra (CIPET) —integrado actualmente por unos 400 efectivos— tiene un papel clave en ese proceso de evolución y transformación. 

La investigación, la docencia y el desarrollo tecnológico en el Ejército son pilares cada vez más sólidos dentro de la estructura de las Fuerzas Armadas. En ese ámbito donde la ingeniería se funde con la disciplina militar, la Escuela Politécnica Superior del Ejército de Tierra (ESPOL) actúa como centro formativo y motor de innovación. Allí, jóvenes oficiales e ingenieros desarrollan una carrera profesional que combina el conocimiento técnico, el liderazgo y la vocación de servicio.

Entre los oficiales del CIPET se dibuja un perfil común, el de profesionales formados en disciplinas civiles de ingeniería que han encontrado en el Ejército un espacio donde aplicar su conocimiento con un impacto directo en la seguridad y operatividad de las unidades.

Del aula al uniforme

El acceso al Cuerpo de Ingenieros Politécnicos comienza, en la mayoría de los casos, en las aulas universitarias. Ingenierías como Telecomunicaciones, Mecánica, Industriales, Aeronáutica, Informática, Arquitectura, Caminos o Química constituyen la base académica de quienes posteriormente optan por ingresar en las Fuerzas Armadas mediante concurso-oposición.

La elección no siempre responde a una vocación militar previa, sino a un descubrimiento progresivo de una salida profesional distinta. Es el caso de la teniente Álvarez Polo. Su incorporación al Ejército llegó después de una etapa de trabajo en el ámbito civil y de defensa. Fue entonces cuando, a través de un compañero de la universidad, conoció una vía profesional que le permitiría ampliar su campo de actuación técnica. «En el Ejército, podemos conocer muchos sistemas de armas, algo que en una empresa civil es más limitado, explica. Esa posibilidad de acceder a un espectro tecnológico más amplio, unida a su vocación de servicio, fue decisiva en su elección.

El itinerario formativo de los ingenieros politécnicos se estructura en dos grandes fases. En primer lugar, acceden a una formación común de carácter militar en la Academia General Militar de Zaragoza, donde durante aproximadamente cuatro meses, adquieren los fundamentos de disciplina, doctrina y adiestramiento. A continuación, los alumnos pasan a la ESPOL, donde reciben formación técnica específica durante unos seis meses más, antes de su egreso como tenientes. A partir de ese momento, el recorrido se bifurca según la escala, explica el comandante López-Pingarrón, subdirector jefe de Investigación y Doctorado de la ESPOL.

La escala técnica se orienta hacia destinos en unidades de la Fuerza, donde los ingenieros asumen responsabilidades de mantenimiento, supervisión de material y apoyo directo a la operatividad de las unidades logísticas. La escala de oficiales, en cambio, se centra en funciones de mayor proyección técnica y estratégica: gestión de programas, contratación, desarrollo de proyectos e integración con la industria de defensa. En esta segunda modalidad, la formación continúa con un máster específico en la propia ESPOL, de hasta un año y medio de duración, que habilita para el desarrollo de proyectos de mayor complejidad técnica. Aunque ambas escalas comparten origen y formación inicial, sus funciones tienen diferencias sustanciales. La escala técnica se integra habitualmente en unidades logísticas y de mantenimiento, donde los oficiales actúan como jefes de sección o compañía, garantizando la operatividad de vehículos, sistemas y equipos.

Ingeniería aplicada a la vida real

Por su parte, la escala de oficiales se orienta a la dirección técnica de programas y a la interlocución con la industria. Desde la Dirección de Ingeniería del Mando de Apoyo Logístico del Ejército hasta los parques de mantenimiento, su labor se centra en la planificación, el diseño y la gestión de sistemas complejos. Asimismo, la progresión profesional también es diferente en ambas escalas. Mientras que en la escala técnica el ascenso culmina en el empleo de teniente coronel, en la escala de oficiales puede llegar a general de división.

Sin embargo, al margen de estas diferencias, si hay algo que comparten a diario, es la dimensión eminentemente práctica de su trabajo. El teniente Majadas Díez, destinado en la ESPOL, resume su función como una combinación de gestión, liderazgo y toma de decisiones. «Mi tarea consiste en gestionar personal, distribuir trabajos en el taller, supervisar la operatividad de vehículos y decidir prioridades de intervención», explica. Un trabajo que exige no solo conocimientos técnicos, sino también capacidad de organización y responsabilidad sobre recursos humanos y materiales.

En el caso del teniente Regén, destinado en la Brigada de la Legión, la responsabilidad se amplía al mantenimiento de sistemas en unidades operativas. Además, lidera proyectos de investigación como el desarrollo de combustibles estratégicos a partir de residuos, mediante procesos de pirólisis. Una iniciativa que busca dar una segunda vida a materiales como neumáticos fuera de uso y contribuir a la autonomía logística de las Fuerzas Armadas.

La investigación es uno de los pilares fundamentales del Cuerpo de Ingenieros Politécnicos. Proyectos relacionados con la lucha contra sistemas aéreos no tripulados, la aerodinámica, la propulsión eléctrica o los materiales avanzados forman parte del trabajo diario en la Escuela Politécnica. Estos desarrollos no se limitan al ámbito teórico. En muchos casos, los proyectos tienen una aplicación directa en operaciones reales o ejercicios de gran escala, donde se ponen a prueba soluciones tecnológicas en entornos militares. Además, la posibilidad de ensayar sistemas en instalaciones propias del Ejército facilita el desarrollo experimental sin las restricciones habituales del sector civil, lo que acelera procesos de innovación y validación tecnológica.

Además de todo, la proyección profesional dentro del CIPET no se limita al ejercicio inmediato de la función técnica, como es más frecuente en el ámbito civil. La formación continua, el acceso a másteres, la posibilidad de desarrollar doctorados y la participación en proyectos internacionales configuran una carrera de largo recorrido dentro de las Fuerzas Armadas. 

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