Entrevista a Diego de Blas, jugador de baloncesto.

» Más que elegir yo el 3×3, el 3×3 me eligió a mí».

Texto: Juan Diego Tobajas (Madrid)

Fotos: FIBA

Hay quien llega al baloncesto 3×3 por descarte y quien, como Diego de Blas (Madrid, 2000), acaba descubriendo
que esta modalidad estaba hecha a su medida. Formado en el baloncesto tradicional, donde jugaba de alero, este deportista madrileño empezó a competir en 3×3 durante los veranos, casi por diversión, hasta que en 2021 decidió tomárselo en serio. La apuesta no pudo salir mejor: en 2025 se proclamó campeón del mundo con la selección española, de la que es uno de sus principales anotadores desde el perímetro.

Para quien no siga este deporte, ¿qué es exactamente el 3×3 y qué tiene que engancha tanto a quien lo descubre?

Es una modalidad bastante reciente. Nació como disciplina en la FIBA en 2012, aunque de pequeño todo el mundo ha jugado en el parque con los amigos. Desde
entonces ha ido creciendo y profesionalizándose hasta llegar al punto actual. La principal diferencia con el 5×5 es que se juega en una sola canasta y con doce segundos de posesión, así que es mucho más dinámico. Creo que ese es uno de los motivos por los que engancha tanto, sobre todo a la gente joven, acostumbrada a estímulos inmediatos y constantes, al estilo de TikTok o Instagram. Es acción sin parar, están pasando cosas todo el rato. Además, los partidos duran diez minutos o los gana el primero que llega a 21 puntos, así que requieren menos atención. No tienes que estar dos horas para ver un encuentro entero. Y no hay parones tras canasta: cuando un equipo anota, el rival coge el balón y, para poder atacar, primero tiene que sacarlo más allá de la línea de tres, lo que llamamos “limpiar”. Estás todo el rato sin parar, y por eso es muy exigente a nivel físico.

Llegó a esta modalidad tras una carrera en el baloncesto tradicional. ¿Qué le hizo dar el salto y qué encontró en el 3×3 que no tenía antes?

Al principio lo compaginaba: jugaba el 5×5 durante la temporada y, en verano, 3×3 con los amigos, en plan más amateur, para mantenerme en forma. En 2021 un amigo
me propuso probar en serio. Le dije que me apuntaba un par de fines de semana y, desde el primer momento, me enganché tanto que acabé jugando todos los torneos que
pude aquel verano. Lo compaginé un par de años y el año pasado me surgió la oportunidad de dedicarme profesionalmente al 3×3. No lo dudé, porque había llegado a un punto en que deseaba que acabara la temporada de 5×5 para jugar al 3×3 en verano, y luego no quería que se terminara. Siempre lo digo: más que elegir yo el 3×3, el 3×3 me eligió a mí, porque encaja mucho con mis cualidades. En el 5×5 jugaba de alero, defendía, reboteaba y poco más; en ataque, los tiros que me llegaban. En el 3×3 estás mucho más involucrado en cada acción, tienes más protagonismo al ser menos jugadores y más libertad: durante el partido el entrenador no puede hablar, así que tomamos nosotros las decisiones, nos autogestionamos.
Hay más espacio para desarrollar tu talento. Fue la mejor decisión que pude tomar, y me está yendo bastante bien. El año pasado fuimos campeones del mundo, ¿qué más
se puede pedir? Otro aspecto buenísimo es que viajamos por todo el mundo. Llevamos dos meses de temporada y he estado en China, Japón, Filipinas, Croacia, Alemania y
Polonia. Juego al baloncesto, que es lo que más me gusta, en cualquier parte del mundo. Lo disfruto muchísimo.

Esta entrevista es para el periódico Tierra. ¿Ha tenido algún contacto o vínculo con el mundo militar?

La verdad es que no demasiado; mi padre sí tiene amigos militares. Pero es un mundo que siempre me ha gustado desde niño, me llamaba la atención: la disciplina, el compañerismo, las armas… Todo. No me habría importado dedicarme a ello, y sigue interesándome. Es una labor muy importante la que se hace.

Disciplina, sacrificio, compañerismo, trabajo en equipo… ¿Qué valores cree que comparten el deporte de alto nivel y la vida militar?

La disciplina es uno de los puntos más relevantes en ambos casos. Sin disciplina no vas a ningún lado. Consiste en hacer las cosas que no te apetecen como si te apetecieran, porque es lo que te da resultados a largo
plazo. Si todo depende de la motivación, de entrenar solo cuando te apetece, no consigues nada. También es clave la resiliencia, porque va a haber momentos duros y no puedes venirte abajo. Una carrera deportiva son muchos años, con momentos buenos y malos. Luego está el sacrificio: llevas tu cuerpo al límite y te pierdes muchas cosas, cumpleaños, planes con los amigos… Pero, si tienes claras tus metas, merece la pena. Y el trabajo en equipo es fundamental. En un deporte como el mío no depende solo de ti, igual que en la vida militar: tienes compañeros en los que confías ciegamente, por los que darías la vida, y sabes que van a estar ahí tanto en lo complicado como para celebrar lo bueno. En el 3×3 somos cuatro y tenemos
que estar muy unidos; si uno va a su bola, el equipo no funciona. Y no te puedes esconder: no es como un equipo de veinte jugadores, donde si no te llevas bien con alguien ni te cruzas con él. Aquí compartimos muchísimas
vivencias y mucho tiempo, así que esa química es muy importante.

En un deporte que se decide en segundos y a una intensidad enorme, ¿qué cualidades mentales hacen falta que el público no suele ver desde fuera?

La intensidad es altísima, y eso te lleva a tomar decisiones en fatiga y en estrés, que es muy complicado de gestionar. En los momentos duros hay que ser fuerte mentalmente
y tener las cosas muy trabajadas. No se gana por casualidad: el equipo más preparado mentalmente para los momentos complicados es el que acaba ganando. Cuando el cansancio aprieta y sientes que no puedes
más, es justo cuando más concentrado tienes que estar para tomar la mejor decisión.

Acaban de vivir un golpe duro en el Mundial. ¿Cómo se levanta uno de un revés así y qué le ayuda a volver a competir con la cabeza fría?

Hay que relativizar: ni éramos antes tan buenos cuando ganamos el año pasado ni somos tan malos ahora que hemos caído en la fase de grupos. Toca seguir trabajando
y usar el feedback —lo que has hecho bien y lo que has hecho mal— para mejorar. Lo bueno de la modalidad del 3×3 es que no para: ahora tenemos el clasificatorio para el
Europeo y, si pasamos, jugaríamos a finales de septiembre. Eso te obliga a pasar página rápido y a no quedarte anclado en el error, ni dentro de un partido ni de un fin de semana a otro. Si te estancas, entras en un bucle del que cuesta salir.

Fuera de la cancha, ¿quién es Diego de Blas? ¿Qué le gusta hacer cuando desconecta del baloncesto?

Soy una persona bastante normal. Cuesta definirme fuera del baloncesto, porque ocupa gran parte de mi vida y mi tiempo, pero soy un chico inquieto al que le gusta aprender de todo. Estoy acabando la carrera de
Ingeniería Informática, algo a lo que no descarto
dedicarme en el futuro; ahora me interesa mucho la inteligencia artificial. Según la época me da por un tema u otro: finanzas, economía, psicología… Tengo esa inquietud.
Y luego, lo típico: estar con mi familia y mis amigos y desconectar. Ahora vivo en Málaga y me acerco a la playa a despejarme.

Entrevista a Olga Luján, escritora. «El Ejército y la escritura comparten disciplina, rigor y fidelidad»

Texto: Juan Diego Tobajas (Madrid)

Fotos: Bg. J.M. Dueñas (DECET)

Escritora, antigua enfermera y afiliada a la ONCE, Olga Luján (Madrid, 1969) convirtió la adversidad en vocación. Una enfermedad genética, que derivó en ceguera sobrevenida, le cerró las puertas de la enfermería y le abrió las de la literatura. Desde entonces, ha publicado dos novelas históricas, Entre vinos hablaos (Cuatro Hojas, 2021) y La teniente de ayas (Posidonia, 2026), que han conquistado lectores, clubes de lectura e influencers literarios. Su última obra, ambientada en el corazón del siglo XIX, está protagonizada por doña Francisca Tacón y Aché, la misteriosa teniente de ayas que educó a los hijos de Isabel II y Alfonso XII en el Palacio Real. Luján escribe sobre la historia en minúsculas —la de los de a pie, no la de los grandes— con disciplina de militar, sensibilidad de enfermera y curiosidad de archivera. Es miembro de la junta directiva de la Asociación de Escritores con la Historia, que preside Isabel San Sebastián, y forma parte de un colectivo de cinco escritores afiliados a la ONCE que aspiran a ser reconocidos simplemente como escritores.

En 2002 una enfermedad genética derivó en ceguera y cambió su vida por completo. ¿Cómo reordenó su mundo a partir de ese momento?

De un día para otro se acabó lo de ser enfermera, se acabó conducir y también se acabó llevar una vida normativa, como solemos decir. Tuve que resetear, y me costó, pero me dije: voy a hacer ahora lo que siempre he querido hacer, que era escribir y pintar. Durante un tiempo, pinté al óleo, pero enseguida empecé a ir a cursos de escritura, a meterme en el mundillo y a publicar una novela, Entre vinos hablaos. Hoy es mi actividad profesional. Lo que más miedo me daba —publicar, pensar que a lo mejor no valía— resultó ser el impulso definitivo: la novela triunfó

¿A qué atribuye ese éxito de su primera novela?

A las redes sociales, a los lectores, a los clubes de lectura y a los bookstagramers. Pero también a la mirada que propongo: yo no escribo sobre la Historia en mayúsculas, sino sobre la historia en minúsculas. No sobre cómo los grandes construyen la historia, sino sobre cómo la viven los de a pie. La verdad es que eso es algo poco habitual en la novela histórica, que suele estar llena de batallas y de reyes. Yo estoy en el otro lado, viendo cómo todo aquello repercute en la gente corriente.

Su nueva novela, La teniente de ayas, gira en torno a doña Francisca Tacón y la teniente de ayas del Palacio Real en el s. XIX. ¿Cómo llegó a este personaje?

Me enamoré de ella. Estaba documentándome para otra historia que acabé aparcando cuando de pronto apareció un artículo sobre la teniente de ayas. ¿Y qué es una teniente? Ni siquiera historiadores amigos míos conocían esa función. Me quedé cautivada. Empecé a investigar y no encontré casi nada, solo ese artículo y otro con una anécdota sobre las hijas de Alfonso XIII. Un historiador me indicó que en el Archivo del Palacio Real podría haber documentación. Me acredité como investigadora y me sacaron una caja maravillosa con los documentos originales de ella: sus cartas, sus nóminas, documentos con la firma de Isabel II y de Alfonso XII, peticiones suyas… Así construí el personaje.

La narración transcurre en dos escenarios muy distintos del s. XIX. ¿Cómo los describe?

Uno es el Palacio Real con todo su contraste interno, que no mucha gente conoce. Las dos últimas plantas pertecnecen al mundo de la servidumbre: un pueblo entero, puerta a puerta, con sus costumbres, su protocolo, sus supersticiones. La categoría del sirviente determina si vives en una buhardilla donde caben apenas para dormir o en una estancia más digna. La teniente tenía su habitación justo encima de la de la reina. Viven en el mismo edificio, pero no se rozan. El otro escenario es la España humilde de los caminos, la miseria, los bandoleros, los duelos, las guerras: esa España de buscarse la vida en el XIX que es el fiel heredero del Siglo de Oro. Los pícaros de entonces son los ciegos correcaminos de esta época.

¿Queda algo de su etapa como enfermera en su universo literario?

El reflejar los sentimientos de la gente. La enfermera es la que vive con el paciente, la que está siempre si hace falta a su lado. Yo siento con mis personajes. Eso pervive.

Usted está afiliada a la ONCE. ¿Cómo aprovecha sus herramientas de acceso a la lectura y escritura?

Me hace gracia cuando me preguntan si los ciegos leemos. Los ciegos leemos y escribimos, y además tengo que decir que leemos muchísimo. En el móvil, el ordenador, la tablet, tenemos el gestor de la ONCE, una biblioteca con miles y miles de libros, desde los de cuarto de Primaria hasta manuales universitarios. Yo entro con mi número de afiliado y ya está. Cuando escribo, uso el teclado como lo hace cualquier persona, porque aprendí el método ciego de niña. La pantalla no la veo, pero el ordenador va hablando según escribo: me dicta lo que pone y me avisa de los errores ortográficos o gramaticales. Es como la inteligencia artificial: todo adaptado. Yo sin la ONCE no podría ser lo que soy ahora mismo. La ONCE es maravillosa.

Junto a otros cuatro escritores afiliados a la ONCE está impulsando un nuevo proyecto colectivo. ¿En qué consiste?

Somos cinco escritores que compartimos la característica de ser ciegos, aunque lo que queremos es que se nos reconozca como escritores, no como escritores ciegos. Nadie dice de mí que soy una escritora rubia o que mido 1,70. Si no lo dicen de los demás, ¿por qué a mí sí se me tiene que mencionar esa característica? Queremos demostrar que tenemos nuestra valía más allá de eso. Estamos preparando un proyecto importante aquí en Madrid, con el apoyo de la ONCE, pero también para estar presentes fuera de ella. Los que venimos de fuera y hemos llegado a la ONCE queremos estar en los dos sitios, porque nos sentimos parte de los dos sitios.

Su vida ha exigido una enorme capacidad de adaptación y de esfuerzo ante la adversidad, valores que también encarna el Ejército. ¿Qué paralelismo encuentra entre ambos mundos?

Soy una militar frustrada. Siempre quise serlo, incluso enfermera militar, pero la vista me lo impidió. Además, soy también hija de Guardia Civil, trabajé en el Hospital Militar Gómez Ulla, de Madrid, y me apasiona el Ejército. Creo que comparto con él tres valores fundamentales: disciplina, rigor y fidelidad. La disciplina es tan importante en el mundo militar como en el de la escritura. El rigor —histórico, en mi caso— también. Y la fidelidad a lo que uno hace y representa. Esas tres cosas son las que creo que compartimos.

Blog oficial del Ejército de Tierra