CONOCER A… JUAN ANTONIO BUENO ÁLVAREZ.

El texto es imprescindible y no se puede sustituir por la tecnología.

Texto: Elvira Valbuena (Madrid)

Fotos: Stte. José Hontiyuelo

Juan Antonio Bueno Álvarez (Barcelona, 1961) es licenciado en Filología hispánica, escritor y profesor de Lengua y Literatura durante muchos años. En 2023, terminó su carrera como docente en el Instituto de Educación Secundaria «Ramiro de Maeztu» de Madrid, y se centró en su vocación literaria. Autor de narrativa y ensayo, durante su trayectoria se ha hecho con varios premios literarios, como el Andalucía de Novela, con su obra «El último viaje de Eliseo Guzmán» (2001). Ahora, se encuentra inmerso en su última obra, con personajes militares y ambientada en los años de la Transición.

¿Qué relación tiene con el Ejército?

Hice el servicio militar como cualquier joven de mi época. Lo que ocurre es que me interesa la relación del Ejército con la sociedad. La historia del Ejército español es también la historia de España. 

Ha sido profesor y ha conocido distintas generaciones de jóvenes. ¿Son muy diferentes los adolescentes de ahora de los de antes?

No. Los adolescentes son intemporales. Son más o menos iguales en todas las épocas. Aunque las cosas vayan cambiando, mantienen un sustrato de una manera imperceptible. En lo fundamental, no hay grandes diferencias entre los adolescentes de hace casi cuarenta años, cuando empecé a dar clase, y los de hoy.

En el terreno de la docencia, ¿cómo se relacionan los jóvenes con la Literatura?

Inculcar o desarrollar el gusto por la lectura en los adolescentes era difícil entonces y es difícil hoy. Sin embargo, hoy se lee mucho más en los centros escolares que entonces. Es una práctica muy extendida desde que los niños son pequeños, con libros obligatorios, aunque es cierto que eso no garantiza que luego en el futuro todos ellos sean lectores, ya que al acabar el periodo de escolarización obligatoria o el Bachillerato, muchos se olvidan de la lectura.

¿Ha intentado llevar a sus obras su experiencia en la enseñanza?

Mi novela «Las estrategias del bachiller» se desarrolla en un centro escolar, aunque no es una novela pensada para un público juvenil, ni su lenguaje tampoco. Curiosamente, durante un tiempo, tuvo éxito precisamente en el ámbito escolar. La leían alumnos de primero, a veces segundo, de Bachillerato, porque desarrolla temas que se daban en la adolescencia de aquel momento (2001) y, variando lo anecdótico, también en la adolescencia o post adolescencia actual.

¿Las tecnologías de la información, la aparición de Internet y también  las redes sociales han modificado los métodos de enseñanza?

Sin duda, las nuevas tecnologías son una gran ventaja y, a la vez, un gran peligro que tiene dos caras, tanto para el alumno como para la propia enseñanza. Para el alumno es una ventaja contar con fuentes de información muy rápidas y no tener que recurrir a una enciclopedia, que a veces no se tenía en casa, como ocurría en otros tiempos. Hoy, los alumnos siempre tienen los datos actualizados y la información disponible, pero si esta no se utiliza bien, ya no digo con usos fraudulentos, sino simplemente como fuente de distracción, es un arma de doble filo. Hay alumnos que estudian con el móvil o la televisión, que lo hace muy difícil. No puedes estudiar y hacer otra cosa a la vez. 

Con la enseñanza ocurre exactamente lo mismo. No creo que haya que demonizar la tecnología. Puede ser de gran ayuda para el profesor, pero tampoco es la llave que todo lo soluciona. Es decir, no se trata de llegar a clase, encender una pantalla y que los alumnos pasivamente lean lo que hay en ella, descargando al profesor de responsabilidad. Además, en el terreno de la literatura, el texto es imprescindible y no se puede sustituir por ninguna tecnología.

El impacto de las redes sociales en el lenguaje alcanza todos los niveles. ¿Cómo afecta su manejo en los jóvenes respecto a la estructura del lenguaje?

Lo bueno del lenguaje oral es que está en constante movimiento y se va alterando. En cuanto al escrito, creo que las redes sociales han influido relativamente poco en el lenguaje formal que el alumno tiene que usar en los ejercicios académicos. Lo que sí se percibe es un cierto empobrecimiento del lenguaje, pero esto tampoco es actual. En cierto modo, los medios de comunicación son, a veces, no siempre, responsables de ese empobrecimiento en las redes. El vocabulario se reduce, las formas de expresarse son muy imprecisas. Donde veo más peligro es en los hábitos —sobre todo ortográficos— de las redes, que creo que no pasa en la lengua formal.

¿Cree que hoy en día la cultura ocupa el lugar que merece en los medios de comunicación?

El concepto de cultura es muy amplio. La literatura ha ido perdiendo terreno en los medios de comunicación. Eso es evidente. Ha ido perdiendo importancia social. Hace cincuenta o sesenta años, los escritores eran figuras públicas. Ya no solo en España, también en otros países. En Francia, tal vez, lo siguen siendo, no como antes, pero todavía se mantiene un poco ese prestigio, no solo como autores, sino también como colaboradores periodísticos.

¿Existe el escritor que vive únicamente de los derechos de autor?

Los hay, pero son muy pocos. Por este motivo, muchas veces hace falta tener otras ocupaciones para ganarse la vida y una de las más extendidas son las colaboraciones periodísticas. En algunos casos, porque el propio escritor es periodista; en otros casos, gracias al prestigio de su obra novelística, el autor publica textos en los medios de comunicación.

Ha sido reconocido con varios premios. ¿Qué significa para un autor recibirlos

Los premios no significan que una obra sea mejor. Simplemente, que ha recibido el respaldo de las personas del jurado. En mi caso, supuso un empujón a mi carrera. Yo a veces digo, en broma, que habría que mencionar en las solapas de los libros no solo los premios que se han ganado, sino también todos aquellos a los que el autor se ha presentado y no ha obtenido. La lista de los segundos sería mucho más larga que la de los primeros. 

Un militar fuera de lo común: en tiempos de pandemia.

Comandante Eugenio Barrejón.

Texto: Norberto Ruiz Lima (Madrid)

No toda memoria aguanta el paso del tiempo, sobre todo porque el tiempo, de verdad, no se mide en segundos ni minutos ni horas ni siglos, estos pasan y desaparecen. El tiempo de verdad se mide por los hechos que han ido acaeciendo y por las circunstancias que los envolvieron y, sobre todo, por quienes los fijaron en papiro, pergamino o papel. Por eso, a veces, la memoria no juega sus cartas con justicia; posiblemente, porque se basa o en el arte tutelado o en intereses que reclaman mucho más los favores presentes que beneficios futuros para la Historia.

De una de esas historias, casi desvanecida en la memoria colectiva, vamos a hablar en este artículo: «Un militar fuera de lo común».

Nadie ignora que, no hace mucho, hemos vivido tiempos de pandemia; tiempos muy difíciles a los que toda la sociedad, el Ejército también a su servicio, se ha enfrentado descubriendo el verdadero nombre de una enfermedad que nunca sospechó de su existencia hasta que pintó oscuro sobre el papel blanco de la vida. Pero, lo que sí se ha perdido en la memoria es que hubo otras pandemias mucho más feroces, mucho más crueles, con porcentajes de muertes casi infinitas contra las que se luchaba con ínfimos medios y mucho valor. 

Esta es la historia de Eugenio Barrejón

Se llamaba Eugenio Barrejón Eguiluz y había nacido en Navarra en el mes de febrero de 1804 e ingresado como soldado en las filas del Ejército en 1823. Con el empleo de capitán, obtenido en 1843, estuvo destinado en el Regimiento de La Unión, del que en 1849 pasó al de Astorga y en 1854 al de La Albuera. Pues sí, un soldado español del siglo XIX que pasó por todas las vicisitudes de la época, incluidas las guerras carlistas, y encima se enfrentó en Alicante a dos epidemias que arrebataron la vida a casi un tercio de la población de la ciudad.

En septiembre de 1854, una epidemia de cólera sin precedentes, probablemente llegó al puerto de Alicante embarcada, comenzó a hacer sus estragos con ese carnívoro silencio que multiplica su extensión con la sorpresa hasta tal punto que el gobernador civil de Alicante Trino González de Quijano fallece mientras lucha contra la epidemia de cólera que asolaba a toda la población, con más de 18 000 contagios que se extendieron posteriormente a toda la provincia. Muerto el gobernador civil, Eugenio Barrejón da un paso al frente con una población diezmada por las muertes y las huidas hacia tierras menos contaminadas, asumiendo el cargo con carácter interino. Por algo sería cuando le dieron ese mando en esas circunstancias.

El trabajo que realizó para erradicar la epidemia le valdría el reconocimiento de toda la ciudad.

Pero nuestro militar, que no había escatimado esfuerzos en el servicio a la sociedad, continuó disciplinadamente en otros destinos. En 1855 obtuvo el empleo de segundo comandante y destino en el Provincial de Alicante, del que fue trasladado al Cuadro de Reserva de Sevilla y seguidamente al Provincial de Valencia y de éste regresó al de Alicante, en el que en 1861 fue ascendido a primer comandante. Sirviendo en este último destino, tomó parte en la captura del general Ortega Olleta que el 1 de abril de 1860 desembarcó en Tarragona para proclamar rey a Carlos Luis de Borbón, durante la guerra carlista. En 1862 se le concedió el retiro por edad para Alicante con el sueldo mensual de 1440 reales.

Pero, a veces, las guerras y las pandemias, no se puede olvidar esto, tropiezan más de una vez en los mismos lugares y con la misma gente; y los soldados tienen más probabilidad que nadie de que esto ocurra. En 1870, Alicante volvió a ser atacada, pero esta vez por la fiebre amarilla; rápidamente, se formó un nuevo ayuntamiento, y sabiendo su alcalde, Eleuterio Maisonnave, la experiencia adquirida por Eugenio Barrejón durante la epidemia de cólera de 1854, le cedió su bastón de mando durante el tiempo necesario para hacer frente a una pandemia tan mortal que nuevamente la población quedó diezmada.

Y de nuevo organizó la defensa, preparó la lucha, enterró con sus propias manos a los fallecidos, para hacerse de nuevo acreedor del favor del pueblo. Vivía para servir; y este navarro se hizo alicantino para siempre. Falleció soltero en Alicante el 4 de febrero de 1878. El entierro fue presidido por el brigadier gobernador militar, al que acompañó la oficialidad de la Plaza fuera de servicio, la Música de la Beneficencia y un piquete de honor del Ejército.

Poseía las Cruces de las Órdenes de San Fernando, Isabel la Católica y Carlos III. La ciudad le levantó en 1884 un monumento por suscripción popular, obra del escultor Antonio Yerro, que se situó en el antiguo Paseo de la Reina Victoria.

A su muerte, ésta fue la esquela que apareció en los periódicos:

«Gratitud por el mucho bien que le dispensó al pueblo en días de grandes tribulaciones». 

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