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FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ ‘PERIODISTA Y ESCRITOR’

«El Camino Español fue una gran hazaña logística»

Fernando Martínez Laínez (Barcelona, 1941) es doctor en Ciencias de la Infor­mación por la Universidad Complutense

Fernando Martínez Laínez (Barcelona, 1941) es doctor en Ciencias de la Infor­mación por la Universidad Complutense

Como periodista, ha trabajado durante muchos años para la Agencia Efe y ha viajado por todo el mundo. Como es­critor, fue uno de los iniciadores de la no­vela negra en España y es un gran divul­gador de nuestra historia militar. No en vano, es miembro de la asociación Amigos del Camino Español de los Tercios.

Este año se conmemora el V centenario de la muerte de Gonzalo Fernández de Córdoba. Al cabo de 500 años, ¿pode­mos seguir aprendiendo algo de él?

Por supuesto. En el plano militar, el Gran Capitán fue uno de los mayores exponen­tes de eso que conocemos como “el arte de la guerra”, y revolucionó en muchos aspectos las tácticas de su época. Sus en­señanzas están ahí para ser estudiadas en las academias militares. Pero el personaje también es un modelo de virtudes milita­res y humanas: constancia, valor, compa­ñerismo, voluntad de vencer a toda costa, honor, generosidad y respeto al enemigo vencido. Fue también un hombre esen­cialmente leal, incapaz de traicionar y fiel a su destino de soldado.

«El factor moral y el patriotismo son fundamentales para afrontar los desafíos»

Las campañas del Gran Capitán senta­ron las bases de la hegemonía españo­la en Europa durante el siglo XVI, una hegemonía que posteriormente se fue desmoronando. ¿Qué es lo que falló?

Todo en la vida tiene su apogeo y su declive. Pero, aun así, España mantuvo su he­gemonía en Europa durante más de siglo y medio, cuando el Imperio napoleónico apenas duró 15 años y el Reich de Hitler menos de 10. Además, fuimos capaces de mantener América, desde Canadá a la Patagonia, durante tres siglos, hasta el tremendo golpe que supuso la invasión francesa y la Guerra de la Independencia, seguidas del desastroso reinado de Fer­nando VII.

La decadencia, en el caso español, fue fru­to de un proceso de desgaste en el que concurrieron varias causas. Por resumir mucho, creo que dos de las principales fueron la incapacidad de establecer una base económica fuerte en la Península y la progresiva despoblación, sobre todo en Castilla, a causa de las continuas guerras, la emigración y las epidemias, que deja­ron a España convertida en un país semi­desértico desde la segunda mitad del si­glo XVI. El cardenal francés Richelieu, uno de nuestros más tenaces enemigos, vio con claridad la cuestión cuando dijo que el mayor problema al dominio universal de España estribaba en las distancias y la escasez de hombres. El capital huma­no de España fue siempre insuficiente para la gran cantidad de empresas guerreras que acometimos. Y a esto debería­mos añadir los problemas logísticos que imponían las grandes distancias, con los medios de comunicación de la época, y la Guerra de Flandes, que duró 80 años y fue una hoguera donde se consumieron recursos ingentes. Eso, sin olvidar la pelea constante contra el Imperio Otomano en el Mediterráneo.

El historiador Geoffrey Parker lo explica muy bien al decir que España era capaz de vencer en los Países Bajos y el Medite­rráneo por separado, pero no podía ven­cer en los dos sitios al mismo tiempo. Aun así, no quiso aceptar la derrota y, antes de verse humillada, prefirió arruinarse.

Durante la Guerra de los Ochenta Años, los Tercios debían recorrer el denomi­nado Camino Español para llegar hasta los Países Bajos. ¿Cuál fue la importan­cia de ese esfuerzo logístico?

Tuvo una trascendencia enorme. Fue la hazaña logística más importante de la Edad Moderna en el terreno militar. Una gran epopeya que permitió seguir alimen­tando la Guerra de Flandes, aunque no se lograra la victoria final. Hay que imaginar­se las penalidades que exigía a las tropas un trayecto de más de 1.000 kilómetros entre Génova y Bruselas, superando los Alpes, bosques, pantanos, desfiladeros y ríos caudalosos; con frío y hambre y, en muchos casos, a través de territorio hostil. No es extraño que surgiera el dicho Más difícil que poner una pica en Flandes para dar idea de realizar algo sumamen­te trabajoso. El Camino Español terminó uniendo a países y personas en una Euro­pa convulsionada, y hoy debería ser con­siderado una herencia europea, una seña de identidad de esa Europa unida que se pretende construir, aunque todavía este­mos lejos de lograrlo.

En Aceros rotos y Roncos tambores describe los momentos finales de numerosos héroes de la Historia de España, algunos de los cuales jamás empuñaron un arma. ¿ Qué es para usted un héroe?

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El héroe es un mártir de un ideal y una figura trágica que puede servir de modelo al mundo, pero sobre todo a la comuni­dad a la cual pertenece. Las virtudes del héroe implican coraje y valentía, por supuesto, pero sobre todo guardan relación con lo moral, con la defensa del hogar y lo comunitario, y están orientadas hacia lo público. Es, ante todo, una cualidad de signo moral y colectivo que sirve de refe­rencia ética al conjunto social.

Los héroes, por supuesto, no pertenecen solo al ámbito guerrero. Señalan caminos para darnos a entender que cada uno de nosotros tiene una íntima necesidad de superarse a su manera, de trazar su pro­pia trayectoria personal e intransferible con arreglo a su conciencia y al mundo que le ha tocado vivir.

El héroe siempre tiene también una im­pronta trágica, porque actúa a contraco­rriente y en circunstancias trágicas para oponerse a la fatalidad, a lo que parece inevitable. El valor vencido por el destino que distingue a los héroes resume toda la tragedia de la existencia humana.

El redescubrimiento de la figura de Ber­nardo de Gálvez ha hecho crecer el in­terés por el legado español en Estados Unidos, un legado que forjaron miles de hombres y mujeres anónimos. ¿Qué movía a aquellas personas a adentrar­se en lo desconocido? ¿Cómo sería su vida en aquella tierra de frontera?

Es difícil generalizar. Las motivaciones po­dían ser tan distintas como los propios per­sonajes. En muchos casos, desde luego, la motivación era material; conseguir riqueza y elevar el estatus social eran fundamen­tales. Pero, junto a eso, había un proyecto expansivo que podríamos llamar “impe­rial”, de nación que tenía la idea y los re­cursos de ampliar fronteras y rebasar sus límites, con un papel histórico que cumplir. Podrían citarse muchos ejemplos de per­sonas que ejercían altos cargos y llevaban una vida próspera y, sin embargo, empe­ñaron hasta su hacienda por partir en nue­vas expediciones hacia lo desconocido. Una conducta que no se justifica solo por el “ansia de oro”. Las condiciones de vida en la frontera, por otra parte, solían ser du­rísimas, sin apenas contacto con el mundo exterior y en perpetua alarma; sobrevivien­do en extensiones geográficas inmensas y prácticamente inexploradas; llevando a cabo misiones que apenas eran conocidas en España frente a un mundo ignoto.

¿Realizó usted el servicio militar obli­gatorio? ¿Qué recuerdos guarda de aquella etapa?

Tuve el honor de cumplir con ese servicio y guardo muy buenos recuerdos de esa eta­pa, en la que prevalecía el entusiasmo de la juventud. También había problemas y mo­mentos amargos, pero para la mayoría era una etapa positiva, en la que se anudaban amistades y lazos de compañerismo que perduraban mucho tiempo. La mili supo­nía también una forma de cohesión social, permitía que gentes de diferentes partes de España se conocieran mejor.

¿Cómo ve al Ejército de Tierra en la ac­tualidad?

Bien preparado técnicamente y portador de una serie de valores que no son fre­cuentes, por desgracia, en algunas otras instituciones. Pero el Ejército no es solo una cuestión de adiestramiento, por eficaz que este sea. Su papel tiene unas caracte­rísticas propias, porque responde a un ju­ramento formal de defensa de la Patria, al compromiso con la Nación y al deber que la propia Constitución le asigna. El factor moral y el patriotismo son fundamentales para hacer frente a los desafíos.

CARMEN POSADAS / ESCRITORA

« Para ser escritora hay que ser gran lector y gran observador »
Carmen Posadas nació en Montevideo en 1953 y vivió allí hasta los 12 años. En 1965 se trasladó a Madrid con su familia, aunque también ha vivido en Moscú, Buenos Aires y Londres. Es autora de decenas de libros, principalmente novelas, ensayos y cuentos infantiles, así como guiones de cine y televisión. En 1998 ganó el Premio Planeta gracias a Pequeñas infamias. Sus obras han sido traducidas a una veintena de idiomas.
CARMEN POSADAS / ESCRITORA<br /> « Para ser escritora hay que ser gran lector y gran observador »
CARMEN POSADAS / ESCRITORA
« Para ser escritora hay que ser gran lector y gran observador »

Después de tantos siglos de literatura universal, uno puede pensar que en realidad ya está todo contado: el amor, los celos, la muerte… ¿No resulta un tanto desalentador?

Es verdad que las pasiones humanas son las mismas desde la noche de los tiempos, y los griegos eran especialistas en contar todas las grandes pasiones, así que no se puede inventar nada nuevo. Lo importante es ver cómo se manifiestan esas pasiones en cada momento, porque los celos, por ejemplo, no se expresan de la misma forma hoy que en la antigua Roma o en la época puritana. Ese es el reto.

En los últimos años estamos viendo cómo el papel se bate en retirada frente a los soportes electrónicos. ¿Llegará a ser el libro impreso una pieza de museo?

Yo no leo en el e-book. Lo he intentado y no me entero de nada. Es más, sigo pensando que el libro es un invento perfecto y que va ser muy difícil que una cosa sustituya a la otra. De hecho, el crecimiento inicial de los e-books fue muy rápido y todos nos asustamos pensando que, en una generación, ya nadie leería en papel. Sin embargo, ahora ese fenómeno se ha estancado y la gente lee en e-book un determinado tipo de libros: novela rosa y novela policiaca, principalmente. Pero cuando quieres leer Fortunata y Jacinta o los Episodios Nacionales, o quieres conservar un libro que te gusta, te lo compras en papel, porque con él llegas a entablar una relación no sentimental, pero sí emotiva.

Usted promueve, junto a su hermano Gervasio, una serie de talleres literarios para que escritores noveles aprendan a desarrollar su creatividad. ¿Qué se necesita, a su juicio, para ser un buen escritor?

Solo hacen falta dos requisitos. En primer lugar, ser un gran lector, porque si no cada vez que escribas algo te va a parecer que has hecho un gran descubrimiento, y resulta que eso ya lo dijo Cervantes y lo dijo mucho mejor que tú. En segundo lugar, ser un gran observador; es decir, ver la vida como un escritor en vez de verla como cualquier otra persona. Se trata de hacerse preguntas permanentemente e ir con los ojos bien abiertos. Por eso los lectores de este periódico juegan con ventaja, porque son militares y, gracias a ello, han tenido unas experiencias muy distintas a las de otras personas. Si en ellos se dan esos dos ingredientes, ¡ya se pueden dedicar a la escritura!

¿Qué importancia tienen para usted las modas literarias?

Cualquier otro autor dirá que escribe lo que le inspiran las musas y que no se fija en las modas, pero yo creo que la moda es un fenómeno mucho más profundo de lo que pensamos. No se trata de si la falda se lleva larga o corta, sino de conectar con la sensibilidad del momento. Y un escritor, necesariamente, tiene que hacer ese ejercicio. En el siglo XIX, por ejemplo, Balzac y otros escritores hacían descripciones de cinco páginas, porque la gente no sabía cómo era un bergantín o un cocotero, y había que explicárselo. Pero hoy día, con el cine, la televisión, etc., ya no es necesario, porque la gente sabe cómo son las cosas. Ahora la literatura se parece mucho más a un spot publicitario.

¿Y qué valor concede a las críticas, buenas o malas, que reciben sus libros?

Si la crítica es en Estados Unidos, Francia, Reino Unido u otros muchos países, estoy siempre nerviosísima, porque los críticos son muy influyentes y el lector valora su opinión antes de decidir si compra o no el libro. Sin embargo, en España la opinión de los críticos no importa mucho. Aunque uno te saque los ojos, no pasa nada. Lo que importa es lo que piensen los lectores.

CARMEN POSADAS / ESCRITORA<br /> « Para ser escritora hay que ser gran lector y gran observador »
CARMEN POSADAS / ESCRITORA

« Para ser escritora hay que ser gran lector y gran observador »

¿En qué está trabajando actualmente?

Estoy escribiendo un libro en el que la duquesa de Alba [María Teresa de Silva Álvarez de Toledo, 1762-1802] es uno de los personajes centrales. Yo no sabía que la duquesa, que no pudo tener hijos, tenía una niña adoptiva negra, lo cual es bastante sorprendente. Goya pintó un óleo en el que se ve al ama de la duquesa jugando con esta niñita, que se llamaba Mari Luz, y posteriormente realizó varios dibujos de ella en Sanlúcar de Barrameda, cuando la duquesa de Alba se había quedado viuda. A través de este personaje, quería contar la historia de la duquesa y también la de la esclavitud en España, que es un tema muy desconocido. Yo soy uruguaya y siempre había oído hablar de la existencia de esclavos en Sudamérica, pero no sabía que en España también los hubo hasta el siglo XIX.

Para preparar este libro, ha tenido la oportunidad de visitar el Palacio de Buenavista, sede del Cuartel General del Ejército. ¿Qué le ha parecido?

Para mí fue una enorme sorpresa. Yo estoy acostumbrada a utilizar mucho la imaginación, porque, cuando ves un sitio, normalmente no tiene nada que ver con lo que fue y tienes que imaginártelo todo. Pero cuando llegué al palacio, dije: “¡Dios mío, si no hace falta imaginar nada! ¡Está todo aquí!” [refiriéndose a los cuadros, tapices, muebles, lámparas, relojes, etc.]. Me ha sorprendido mucho, porque, al ser un palacio vivido, es muy diferente a un museo. En un lugar como este, te puedes hacer una idea perfectamente de cómo era la vida aquí.

Dígame un libro que, por encima de cualquier otro, recomendaría a su mejor amigo.

A mi mejor amigo le recomendaría alguna obra de Dickens. Me encanta este autor, porque, aparte de contarte una historia y contártela muy bien, está reflejando una época y analiza psicológicamente a los personajes. Además, Dickens tiene la rara virtud de interesar tanto al público más popular como al más intelectual.

¿Y un libro que no recomendaría ni a su peor enemigo?
El último Premio Pulitzer. Lo acabo de leer y me ha parecido una tomadura de pelo, aunque está teniendo mucho éxito. Se llama La luz que no puedes ver.

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