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UNA VIDA ENTRE MISIÓN Y MISIÓN

El subteniente De Goya ha completado 9 misiones en el exterior, después de haber estado destinado durante casi toda su trayectoria en unidades del Mando de Artillería de Campaña

Selene Pisabarro/Madrid

Hay amores que duran toda una vida y, marcan tanto, que uno no se puede alejar de ellos. Este puede ser el caso del subteniente De Goya, que ha desempeñado su vida militar en diferentes unidades del Mando de Artillería de Campaña (MACA), en León; concretamente, en el actual Grupo de Artillería de Información y Localización, del actual Regimiento de Artillería Lanzacohetes de Campaña (RALCA) nº 63. Pero su trayectoria no se entiende sin el amplio expediente de misiones internacionales en las que ha estado desplegado y con las que ha labrado su vida militar.

La experiencia internacional

Nueve periodos que se han repartido en Bosnia (tres veces), Kosovo, Afganistán (tres), Florida -en el Mando Central de los Estados Unidos, en Tampa, en el marco de la operación “Libertad Duradera”- y Somalia. Este país del Cuerno de África ha sido el último escenario que ha pisado, en 2019, como segundo jefe de la sección de personal –ya que el puesto, que era de comandante, estaba vacante- en el Cuartel General Multinacional de la Misión de Entrenamiento de la Unión Europea.

Echando la vista atrás, De Goya es consciente de la suerte que ha tenido con cada misión, porque “adquieres una apertura de miras diferente. Conoces cómo es el trabajo diario entre países, empleas un idioma extranjero y te da la dimensión de lo que es el Ejército. Creo que todos los cuadros de mando deberían salir al extranjero”, sentencia. Además, destaca que su participación ha coincidido con los inicios de la mayoría de estas misiones, por lo que “puedes aplicar mucho más todos aquellos conocimientos y situaciones para las que te has estado preparando”, asegura.

Como cualquier militar, la primera salida queda en la memoria para siempre y, más aún, si se trata de Bosnia, en 1994. Allí, el MACA desplegó los radares AN/TPQ-36 por primera vez, concretamente, en Mostar. “Me marcó mucho por todas las dificultades que vivimos; no teníamos los mismos medios tecnológicos de ahora y veíamos el conflicto de cerca. Se trataba de una misión compleja, en la que no sabíamos a lo que nos enfrentábamos como cascos azules”, reflexiona. Recuerda con nostalgia cómo las llamadas eran de cinco minutos al día, y las conversaciones muy complicadas por el retardo.

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En aquella época, no estaban desarrollados los conceptos de cooperación cívico-militar (CIMIC) o de operaciones psicológicas, pero unos años más tarde sí pudo realizar esta labor. Fue en 2001, en Kosovo, donde desplegó en una unidad CIMIC multinacional con la que solicitaban proyectos de reconstrucción -identificaron más de 1.800- y su trabajo se enmarcaba en mentorizar a las autoridades municipales para que supieran cómo llevar a cabo el proceso. “Hicimos reuniones con los alcaldes kosovar y serbio, a quienes tuvimos que pedir que dejaran las armas fuera de la sala, y a los franceses que nos dieran protección. Era una situación muy complicada”, recuerda.

Desplegó en Afganistán por primera vez en 2009, después de superar el curso de operador de carga útil el sistema Searcher. Apenas cuatro años más tarde, volvió con este sistema y, cuando estaba en León disfrutando del permiso pos misión, tuvo que regresar para trabajar con una unidad UAV americana, concretamente el ScanEagle, que apoyaba a las tropas españolas allí.

Ya en 2015, empezó a trabajar en el Grupo de Obtención por Sistemas Aéreos (GROSA) IV, del Regimiento de Inteligencia nº 1, con los RPAS tipo II -la Plataforma Autónoma Sensorizada de Inteligencia (PASI)-. Era la única unidad que tenía este sistema pionero y relativamente nuevo en España. “Empezamos con el Sistema Integrado de Vigilancia Aérea, con un demostrador tecnológico del primer Vehículo Aéreo no Tripulado (UAV); después, pasamos a dos módulos PASI, de fabricación israelí”, afirma.

En este terreno, tuvo que enfrentarse a las dificultades propias de una misión tan especializada, ya que la cadena montañosa del Paropamisu atravesaba el trayecto entre Herat y Qala e Naw. “El PASI funcionaba por emisión directa y con la antena que controla el avión debes tener una visión completa, pero las montañas nos dificultaban el trabajo. Así, diseñamos un nuevo equipo que se ubicase en la otra localidad y transfiriese el control en el aire. De esta forma, si el avión despegaba en Herat, cuando atravesaba el paso de Sabzak, cambiaba al equipo de Qala e Naw, que con su antena asumía el control y lo manejaba en su zona”, explica.

El cariño de una unidad

Al subteniente De Goya el amor por la milicia le llegó cuando era muy pequeño, ya que su padre y hermano son militares, y es lo que estaba acostumbrado a vivir en casa. No contemplaba otra carrera. “Ser militar es para mí la mayor satisfacción que existe”, reconoce con una sonrisa que invade su cara.

Cuando salió de sargento tenía muy claro que quería nuevos retos y, por eso, desechó la idea de una unidad convencional de Artillería. La idea de trabajar con los radares o los sistemas de localización de sonido se presentó para él como un reto, y por eso eligió el Regimiento de Artillería de Información y Localización nº 61 -que, cuando desapareció, pasó a ser un Grupo del RACA 63-. Precisamente, fue la primera unidad artillera que desplegó como tal con los radares en zona de operaciones, en 1994.

Aunque dice que no podría quedarse con un destino concreto, hay uno destaca por encima de todos: el MACA. Así, se pueden distinguir dos etapas en su hoja de servicios en las que no ha estado en sus unidades: entre 2004 y 2008, cuando estuvo en la Embajada de España en Hungría y, entre el 2015 y 2021, que cambió su destino por el GROSA IV. Se puede afirmar que es casi toda una vida, por eso, a De Goya se le ilumina la cara al asegurar que “la mayor parte de lo que soy a nivel militar, es gracias al MACA; me considero muy afortunado, porque me ha dado muchísimo”.

La muerte del sargento Veigas

“La muerte de Kike”. Es la respuesta del subteniente, antes de quebrarse, cuando piensa en el momento más difícil de su carrera, cuando estaba en su segunda misión en Bosnia, en 1996. Ya han pasado más de 25 años desde que el sargento Veigas -destinado también en el RACA 63- falleció en un accidente de tráfico en Mostar, pero De Goya le tiene siempre presente.

Su muerte coincidió con los permisos de vacaciones: “Yo quería volver a León, porque estoy muy involucrado con su Semana Santa, pero él me dijo que tenía un viaje planeado con Belén, su mujer y su hijo de 8 meses, así que me fui unos días antes, por el día del padre. El 22 de marzo me llamaron y me contaron lo que había pasado”. Una noticia que le destrozó y que, a día de hoy, le sigue dejando en silencio.

No solo es el recuerdo de su inseparable amigo, sino el de otros militares que también compartieron su tiempo con Veigas, y a quien califican como “una persona extraordinaria, realmente buena”. Era muy querido en la base leonesa “Conde de Gazola” y cuentan de él que era una persona tímida, humilde, sencilla y que no quería molestar.

Para De Goya este momento marcó el resto de su carrera militar. “Me gusta hablar de él, porque me recuerda lo que soy. A la hora de avanzar, aunque solo sea por honrarle, pienso en Kike y me digo: “¿Cómo me voy a echar atrás? ¿Cómo voy a decir que no a una misión?”, reflexiona.

“Kike era militar por vocación, aunque provenía de una familia sin tradición en la carrera de las armas. Era un excelente suboficial, competente, leal y respetado por todos. Fue un sobresaliente compañero, siempre dispuesto a ayudar, exigente en el trabajo y divertido en el ocio. Un gran amigo que siempre iba a estar cuando le necesitaras”, recuerda De Goya a quien fue, es y será su compañero para siempre y que le acompañará allí a donde vaya.

HISTORIAS DE SOLDADOS

El primer caído de la Academia General Militar

Es 30 de agosto del año 1883 y un joven de 18 años pone sus pies por primera vez en la Academia General Militar, situada en el Alcázar de Toledo. Su nombre: Vicente García Cabrelles. Un nombre que los cadetes de todos los tiempos de la Academia tienen el deber de guardar en el presente; pues fue orden de su primer director, el mítico general Galbis, «honrar la memoria del primer muerto en campaña de la General».

El general Galbis sabía que cuanto se deja al azar de los tiempos tiene muchas probabilidades de caer en el abandono; y sabía, tal como escribiría Luis Cernuda, que todos estamos sujetos al viento del olvido, que cuando sopla mata; por eso Galbis ordenó que siempre se honrara la memoria del primer caído en combate de la General.

Y, desde entonces, nadie ignora el nombre de Vicente García Cabrelles, pues es también nuestro oficio guardar las tradiciones y la memoria de aquellos que nos precedieron y supieron darlo todo en el cumplimiento de la misión que les fue encomendada en los tiempos que les tocó vivir.

Durante su estancia en la Academia General Militar, lo más brillante que hizo el cadete Cabrelles fue la «amonestación» que sufrió, junto a otros compañeros suyos, de manos del mismísimo general Galbis, la noche que ocurrió el terrible incendio que devastó el Alcázar de Toledo. Y, aunque pronto viajaremos con el joven teniente Vicente García Cabrelles a Cuba y Filipinas, porque no hay soldado que no sea hijo de su tiempo, no podemos dejar de contar cómo ocurrió esa acción tan brillante que mereció la reprimenda del mismísimo general director de la Academia General Militar.

Es 9 de enero de 1887 y, de pronto, con un comienzo lento y una propagación veloz, las llamas adivinan que la madera y los libros del Alcázar pueden llenarse de fuego con cierta facilidad y no desaprovechan la oportunidad de devastar cuanto lamen; para llevarse al humo, a la ceniza, a la nada, toda la reconstrucción que había llevado a cabo cinco años antes el general Marqués de San Román con el objeto de instalar allí la Academia General Militar.

Viendo el enorme peligro que envolvía a cuantos allí estaban, y pensando en el supremo valor de las jóvenes vidas que cursaban sus estudios militares en la Academia del Alcázar, el general Galbis ordena tocar «Generala», que formen todos los alumnos y que los jóvenes cadetes abandonen el Alcázar, dirigiéndose ordenadamente hasta el edificio de Santa Cruz para ponerse a salvo.

Pero hete aquí, que ni las llamas ni la orden del general Galbis fueron suficientes para que unos jóvenes cadetes decidieran pensar por su cuenta que su Academia General, pasto para las llamas, necesitaba su ayuda en aquel terrible momento; y muchos de ellos escaparon de filas para dedicarse a las tareas de extinción del incendio, dando un notable ejemplo de constancia y algunos de heroísmo, como aquellos que desalojaron el polvorín.

Pero, claro, habían desobedecido una orden del mismísimo general Galbis, y el general no estaba dispuesto a que eso pasara, como si tal cosa, en la Academia Militar donde empezaban a curtirse los futuros oficiales del Ejército español; así que redactó la Orden de la Academia del día 22 de enero, donde textualmente decía lo siguiente:

No pudieron los alumnos por prohibición mía expresa, dirigida a evitar desgracias, prestar servicios. Si algunos los prestaron fue porque no supieron la orden mía, o porque encontraron el medio de separarse de su compañía con pretextos más o menos atendibles. Me parece justo hacer público su comportamiento, digno de todo elogio, aun cuando demostraron que podían arrostrar mi enojo.

Dichos alumnos son: Alférez D. Francisco Franco Cuadros; alumnos D. Ramón Morales, D. Isidro González, D. Amable Escalante, D. Cristóbal Castañeda, D. Martín Hacha, D. José Brujeda, D. Eduardo Hernán Gómez, D. José Valero Barragán, D. Santiago Basols, D. Nicolás Campaner, D. José Galbis, D. Rafael Carbonell, D. Ricardo Ballenilla, D. Vicente García Cabrelles, D. Nicolás Díaz Saavedra, D. José Selgas, D. Julio Suso, D. Esteban Rovira, D. José Armiñán, D. Fernando Rich, D. Emilio Villaralbo, D. Joaquín Hidalgo y D. Antonio Esteban.

Cuentan que el general Galbis, la noche en que el incendio lo devoraba todo y que la techumbre y paredes del Alcázar se derrumbaban víctimas de las llamas, les dijo a las personas que estaban con él organizando la difícil extinción, viendo a sus cadetes desobedecer su orden: «Pero, ¡qué bravos son estos chicos! Habrá que perdonarles que alguna vez no me obedezcan, pero se lo diré, vaya si se lo diré».

Vicente García Cabrelles terminó sus estudios en la Academia General Militar el año 1888 y, a partir de ahí, comenzó su andadura militar. Una andadura que lo llevó en los brazos de los vientos que soplaban en aquellos duros tiempos que le tocó vivir; y si hablamos de finales del siglo XIX, no hay más remedio para un soldado español que hablar de Cuba, Filipinas o África. Así que el 10 de octubre de 1890 embarca en el puerto de Cádiz en el vapor crucero Alfonso XII, y desembarca en La Habana el día 29 del mismo mes. En Cuba prestó servicio en la Sección Topográfica, en el 10º Batallón de Artillería de Plaza, y en la Batería de La Reina.

Pero si queremos saber por qué su nombre, por orden del general Galbis, debe ser recordado para siempre no es en Cuba donde debemos buscar, sino en el norte de África; donde nuevamente, movido por los vientos de los momentos que le tocaron vivir, embarca en Cádiz el 14 de octubre de 1893 en el vapor San Agustín, junto a su Regimiento de Infantería «Extremadura» nº 15, con destino a Melilla.

Lápida en memoria del teniente Vicente García Cabrelles, colocada en el Alcázar de Toledo en 1912

A Vicente le vino en suerte ese tiempo en el que los soldados españoles terminaron combatiendo en lo que se denominó la guerra del general Margallo. Y nuestro protagonista se encuentra en esos momentos defendiendo el fuerte de Cabrerizas Altas. Cuando la situación en el fuerte es más desesperada, Margallo organiza una salida con dos secciones, una del Regimiento «Borbón» y otra del «Extremadura», que pelean en una lucha a muerte en un intento de aliviar la presión sobre el blocao. Al mando de su sección, mientras recibe su unidad un copioso fuego, el teniente Cabrelles establece contacto con el enemigo y, durante esos combates, recibe dos disparos —uno en la pierna y otro en la cabeza—, que le provocaron la muerte en el acto.

Era el primer caído de la General, 28 de octubre de 1893, y como escribieron sus compañeros: Gloriosamente muerto en la primera campaña de Melilla y en quien se cumplió el encargo del primer director de la Academia General Militar, de que se honrase la memoria del primer compañero muerto en campaña, colocando en el patio del Alcázar de Toledo, el 4 de marzo de 1912 una lápida debida al cincel del comandante Oteiza, que perpetuase la memoria de los muchos alumnos de la General que dieron su vida por la Patria y en la cual se grabó el nombre de García Cabrelles.