Archivo de la categoría: Nuestros hombres y mujeres

UNA MUJER HERIDA EN UNA CALLE

Esta es la historia de unas fotografías que cuelgan en una pared del Museo de la Guerra en Dubrovnik. Esta es la historia de un relato que ocurrió en una calle de Mostar. Esta es la historia del teniente Víctor Pujol de Lara y sus soldados una mañana del 27 de noviembre de 1993, cuando se soltó el viento a ras de suelo, cuando a los soldados los convirtió en invisibles el humo.

Después de tantos años, posiblemente, sea necesario localizar los hechos, porque el tiempo es paciente borrando la memoria, como las estrellas, sin premeditación y sin pausa. Estamos en la guerra civil de Bosnia; corre, o más bien se arrastra, el año 1993; las calles no se sorprenden por el fuego de morteros ni con los silbidos de los francotiradores ni con el restallar de los rebotes contra las piedras. Nadie se sorprende del goteo de heridos.

Huele a metralla y ese olor urge a los jóvenes soldados españoles a su madurez. La divisoria de los dos bandos se muestra pintada por el color esmeralda del río Neretva; en el oeste el HVO, ejército bosnio-croata, y en el este la Armija, ejército bosniaco, que se encuentra asediado. Y en ese Mostar Este es donde en ese momento patrullan los paracaidistas españoles, mientras silban las balas.

Aproximadamente son las diez de la mañana, la calle sabe antigua por sus adoquines, pronunciada inclinación hacia la muerte, con un canalón de desagüe a ambos lados. Es una calle de subida desde la avenida Mariscal Tito. Las casas son de pretérita piedra y muestran sus heridas en las paredes como si sangraran. Llegan los morteros, pero nadie ignora que el fuego de fusilería es lo que se impone en esos lugares donde suenan tan fuerte las cuatro letras de la palabra o-d-i-o; entre vecinos parece que siempre llama más el corazón a buscar enconadamente el cuerpo a cuerpo.

Era sábado y en ese momento el teniente médico Jorge Balanya recibe el aviso de que hay una mujer herida por un francotirador en una calle, y allá que se dirigen. Junto con Jorge suben el teniente ATS Francisco Cabo y el cabo José Muñoz. Mostar está encajonada por el río, por su geografía y por esas calles sinuosas que buscan la sombra y el aire desde antes del Imperio Otomano. Tienen que subir a pie y, cuando llegan, se encuentran en la distancia a una mujer herida en la calle y a otra mujer escondida en el canalón del desagüe.

Procuran llegar hasta ellas, pero el francotirador sigue disparando y todos están inquietos tratando de asomarse y ayudar a las mujeres. Creen que todavía puede estar viva sobre los adoquines, por la costumbre que tienen en esos lares los francotiradores de herir a la gente para que sus familiares, amigos o camaradas oigan sus lamentos y, perdiendo los nervios, salgan prestos a ayudar, doblando o triplicando la caza. Como ven que no pueden acercarse sin poner en riesgo extremo sus vidas, dan aviso al teniente Víctor Pujol de Lara, que acude con sus paracaidistas a la zona.

Tienen que dejar el blindado abajo y llegar a pie. Para ello, el teniente Pujol y el sargento 1º Maximino Serrano, acompañados por un intérprete, echan pie a tierra y se dirigen al lugar donde se oyen los disparos. Localizan a Balanya, a Cabo y a Muñoz, y a algunos soldados de la Armija que se protegen como pueden junto a los salientes de la pared; y ven a las mujeres, una tendida sobre la calle y otra dentro del canalón de desagüe. Le llega un olor —que es el más duradero de los sentidos— que ya conoce; luego adivina el juego de colores que pinta el suelo. Las mujeres visten ropas oscuras y una de ellas, la que está escondida, lleva un chaleco antibalas; luego, Víctor sabrá que es una cooperante de  Unicef, que se llama Selma Slipicevic y que acudió presta a ayudar a la mujer herida, cayendo en esa trampa.

Al grupo se ha unido el sargento Mariano Vicente, perteneciente a otra patrulla, y entre todos deliberan qué acción llevar a cabo. Mariano propone lanzar un bote de humo y aprovechar ese momento para sacar de allí a las dos víctimas. Y eso, sin dilación, hacen. Cogen el bote, quitan la anilla y lo lanzan.

El humo silencioso va cogiendo espacio. Selma, dentro del canalón, sigue como puede los movimientos de los cascos azules españoles. Sabe que donde está ella llega la muerte del francotirador y que un trecho, de unos pasos, la separan de un lugar seguro. Con la mente se distancia cada vez más. El teniente Víctor Pujol decide ir a por ellas amparado en un humo que sabe incapaz de frenar un disparo. Al verlo entre el humo, Selma se incorpora y Víctor la agarra y la empuja hacia sus compañeros, viendo cómo ella cae unos metros más allá, de donde los paracaidistas la sacan sin respirar ninguno, sin respirar. Mientras tanto, Víctor, casi reptando, agarra a la mujer que ve mortalmente herida, porque aprecia un disparo en la cabeza; la agarra y, arrastrándola, la lleva a un lugar seguro. Morirá en el hospital. Selma vivirá.

El humo se disipa y deja un halo de tristeza que barre la calle. Están a cubierto, o eso creen, porque no es fácil estar a cubierto en ningún lugar de Mostar en el año 1993, en ese lugar donde se precipitaron los acontecimientos como ángeles desbocados. Ellos saben que están interponiéndose entre dos bandos para verificar un alto el fuego que nadie respeta. Nadie quiere dejar de matarse.

El 15 de diciembre de 1993, el representante especial de Unicef en la antigua Yugoslavia, Thomas McDermott, escribe el siguiente texto, que le envía al general Jean Cot, jefe de la Fuerza de UNPROFOR:

Le escribo para expresarle la profunda gratitud a UNPROFOR por las acciones llevadas a cabo en el este de Mostar por los miembros del Batallón español de UNPROFOR, el sábado 27 de noviembre, al rescatar a uno de los miembros del personal de  Unicef, la señorita Slipicevic, y a otra civil.

Todos los hechos del incidente no están todavía claros. Lo que se sabe solamente es que a la señorita Selma le dispararon mientras intentaba ayudar a otra persona a la que había disparado previamente un francotirador en medio de un ataque de morteros.

Según el informe que hemos recibido, miembros del Batallón español tuvieron que reptar a una gran distancia en el callejón, mientras se encontraban bajo el fuego de francotiradores, para llevar a cabo el rescate.

Gracias al chaleco antibalas y a los esfuerzos del Batallón español, Selma sobrevivió. Por desgracia, la otra civil murió poco después de llegar al hospital.

Le estaría muy agradecido si pudiera hacer extensiva mi más profunda gratitud al jefe del batallón español y a los oficiales y soldados directamente implicados en el rescate por su heroico esfuerzo en nombre del personal de Naciones Unidas. Muchísimas gracias. Sinceramente suyo. Thomas McDermott, representante especial de Unicef en la antigua Yugoslavia. Al día siguiente, en Mostar Este, para los soldados españoles continuaba la rutina de patrullas, de contacto con las autoridades locales, de fuego de artillería y morteros, de francotiradores, de un goteo constante de heridos y muertos, de evacuación de civiles, de transporte de periodistas, de esperas interminables en los puntos de control del HVO o de la Armija, de escolta de camiones con ayuda humanitaria, rakia y café turco. Ellos lo recuerdan todavía, sabiendo que todo aquello volvería a producirse una vez más. Siempre una vez más

Conocer a… Teniente Gutierrez Siegrist

PASIÓN POR EL MOTOR

Rocío Gallo / Madrid

Los cascos, las ruedas y los coches de carrera fueron los juguetes que utilizó en su infancia el teniente Gutiérrez Siegrist, perteneciente al Cuerpo de Ingenieros Politécnicos del Ejército de Tierra

(CIPET) y destinado en la Unidad Logística nº 24. Su padre, Víctor Abraham Gutiérrez, fue piloto profesional de subida de montaña. Un deporte en el que turismos y monoplazas disputan carreras, siempre en asfalto, en tramos cortos —entre 3 y 9 kilómetros—, donde los pilotos ascienden en varias ocasiones tratando de marcar el mejor tiempo.

Desde muy joven, al teniente Gutiérrez Siegrist le gustó la subida de montaña. Sin embargo, su progenitor no quería que ninguno de sus tres hijos formase parte de este deporte. «A medida que él competía, el automovilismo se fue profesionalizando, por lo que se dio cuenta de que sería muy complicado que pudiésemos dedicarnos a él de forma profesional», sentencia el teniente. A pesar de ello, esta situación cambió en el verano de 2016, cuando por primera vez le dejó montarse en el último fórmula (coche de carreras) con el que compitió —un Martini MK12—, como recompensa por el esfuerzo que había hecho en sus estudios. «Acabé la carrera de Ingeniería y aprobé las oposiciones al CIPET, y como premio me lo dejó», afirma el joven piloto.

De esta ocación guarda un especial recuerdo, ya que se fueron a un pequeño circuito, donde empezó a rodar y a ganar seguridad con el vehículo. Su padre comprobó que, a pesar de no haberse subido nunca en un monoplaza, no lo hacía nada mal, y se plantearon empezar a participar en diferentes campeonatos. Así, en 2017 se produce su debut profesional y en la tercera carrera en la que corre consigue el primer puesto del podio. Esta la recuerda con gran cariño —aunque todas son especiales, independientemente del resultado— por la celebración que tuvo lugar en la pista: «Recuerdo llegar a la zona de boxes, donde estaban mi padre y todos los miembros de mi equipo muy felices por lo conseguido», afirma el teniente Gutiérrez Siegrist.

Víctor Abraham es su gran apoyo, quien le acompaña en todas las competiciones y le aconseja sobre cómo afrontarlas, le indica las curvas que son más peligrosas y en cuáles hay que tener más cuidado. Así, afirma: «Es de gran ayuda tener a un piloto profesional dándome consejos y muy emocionante quedar primero en algunas carreras que también ganó mi padre». A pesar de agradecer todas sus recomendaciones, reconoce que cada uno tiene su manera de pilotar y por eso, en ocasiones no las sigue, pero obtiene buenas posiciones.

Hasta la fecha, ha participado en 20 carreras, de las cuales ha ganado 7 y en 8 ha quedado segundo. Esto le ha servido para ser el campeón de Castilla y León el año de su debut y subcampeón de la Comunidad de Madrid.

El peor momento profesional lo vivió en 2018, cuando en la XV Subida a El Piélago (Toledo) sufrió un accidente en el que su coche impactó contra el guardarraíl, dio varias vueltas de campana y quedó destrozado, lo que supuso un desastre económico y no pudo correr el resto del año.

Tras completar su recuperación, en 2019 solo compitió en dos carreras, pero con un fórmula prestado, lo que hizo que no pudiese planificar la temporada. Esta circunstancia fue aprovechada por su hermano mediano para crear su propia escudería, Cosmo Racing, y comenzar a preparar y mantener los coches de competición que utilizaría el teniente Gutiérrez Siegrist. En 2020 empezó la temporada, pero la COVID-19 truncó sus sueños y no ha sido hasta abril de 2021 —en la II Subida a la Cobertoria— cuando ha estrenado su Fórmula Tatuus con motor Nissan V6 de 3.000 cc y un peso de 560 kg, el cual le ha permitido vencer la prueba y disputar en agosto la V Subida a La Pizarra, donde también consiguió el primer puesto.

Numerosos son los retos a los que el teniente Gutiérrez Siegrist se enfrenta en el futuro con su casco con el emblema del Ejército de Tierra y su nuevo fórmula, pero ahora tiene que recibir las piezas que necesita para reparar su monoplaza y poder competir en las pruebas que faltan del Campeonato de Castilla y León.