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HACIA EL COMBATE ROBOTIZADO

Texto: Elvira Valbuena/ Madrid

Fotos: BRILEG

El Campo de Maniobras y Tiro «Álvarez de Sotomayor», en Almería, se convirtió, entre el 27 y el 31 de octubre de 2025, en un laboratorio vivo del combate del futuro. Durante cinco días, el Ejército integró en un escenario táctico realista múltiples sistemas robotizados —aéreos y terrestres— junto con capacidades de guerra electrónica, antidron (C-UAS), comunicaciones avanzadas y municiones merodeadoras, todo ello en colaboración con pequeñas y medianas empresas nacionales de relevancia y la presencia de observadores internacionales.

Este ejercicio forma parte de la Campaña de Experimentación Táctica 2025-26, impulsada por el Centro de Fuerza Futura 2035 de la División de Planes del Estado Mayor del Ejército (EME), y ejecutada con el apoyo de la Brigada (BRI) «Rey Alfonso XIII» II de la Legión como Brigada Experimental (BRIEX) del Ejército de Tierra. Su objetivo era medir, validar y perfeccionar las capacidades que marcarán la diferencia en un combate multidominio cada vez más complejo. Su antecedente se sitúa entre el 16 y el 19 de junio de este mismo año, cuando se llevó a cabo una demostración dinámica de la Fuerza Futura en el marco del proceso de transformación hacia la Fuerza 35, y dentro de la fase de experimentación definida por el EME. A partir de aquí, se han sumado más empresas y se han abierto las puertas a la participación de personal extranjero. 

Este primer ejercicio se realizó en el contexto del campo de batalla transparente, donde el diseño de la fuerza y la transformación de la misma van de la mano de las nuevas tecnologías y de un cambio de mentalidad. Tras las lecciones obtenidas, ha llegado la hora de ampliar las distancias de empleo y la conectividad de los medios con este segundo ejercicio, comprobando cómo los diferentes sistemas autónomos no tripulados avanzan por delante de los combatientes, enfrentándose a las amenazas, y recordando el concepto de que el primer contacto con el enemigo será un medio robotizado, promovido por el Centro de Fuerza Futura.

Un entorno de pruebas exigente

Los diferentes ejercicios incluyeron el empleo coordinado de sistemas aéreos no tripulados (UAS) y vehículos terrestres no tripulados (UGV); ensayos de munición merodeadora y sistemas inteligentes de vigilancia; pruebas de guerra electrónica (EW) para interferencia, detección y protección, y ejercicios con sistemas C-UAS capaces de neutralizar amenazas aéreas de bajo coste. La integración de comunicaciones se realizó mediante antenas de satélite y nodos 5G, indispensables para operar en entornos degradados, con la finalidad de aportar valor añadido a los experimentos que realiza la BRIEX dentro del Programa Anual de Experimentación, que dirige el Mando de Adiestramiento y Doctrina.

Uno de los puntos fuertes del ejercicio fue el lanzamiento de varios UGV armados, una oportunidad que no se ve en los campos de maniobras del Ejército de Tierra todos los días. Equipado con 300 cartuchos de 7,62 mm, el UGV mostró la capacidad de hacer fuego a distancias cercanas a 1000 metros. También se montó sobre un cuadrúpedo un fusil HK para evaluar la estabilidad de tiro del robot, su precisión y su capacidad para operar en escenarios con interferencias o movilidad restringida. 

Otro hito fundamental ha sido la conectividad. La Jefatura del Ciberespacio y de los Servicios de Asistencia Técnica (JCISAT) ayudó a realizar el montaje del sistema Área MESH Táctica para Operaciones, que la BRILEG desplegará próximamente en Eslovaquia como la solución que permite garantizar la conectividad en operaciones, donde la dispersión será máxima, acorde con los principios del campo de batalla transparente. Este tipo de pruebas refuerza la integración de redes avanzadas en el marco del combate multidominio.


La franja robótica, el nuevo escenario de combate

Uno de los conceptos clave ensayados en Almería es el de la «franja robótica», una zona de más de 20 kilómetros de anchura que sustituye a la tradicional línea de contacto en el nuevo escenario de combate. En este espacio, son las máquinas —no el combatiente— las que se adelantan para detectar, observar o neutralizar amenazas.

La franja robótica o Robotic Stand-off es el terreno operativo para drones, robots terrestres, sensores inteligentes y municiones autónomas —todos ellos hiperconectados—, donde estos sistemas autónomos y semiautónomos realizan funciones críticas, minimizando los riesgos para la fuerza humana. Este planteamiento transforma la tradicional línea de contacto en una zona altamente automatizada ya que los sistemas no tripulados actúan como una primera línea tecnológica, reduciendo la exposición y los riesgos para los combatientes. En la franja robótica, las máquinas y la tecnología trabajan de forma coordinada, compartiendo información en tiempo real para anticiparse al enemigo.

Este modelo obliga a replantear muchos elementos: desde cómo se toman las decisiones hasta qué protocolos de seguridad requieren estos robots, pasando por la forma de comunicarse con ellos, en un entorno donde los intentos de interferir o bloquear señales serán constantes. 

La industria, un socio clave

Esta disposición de medios para realizar acciones ofensivas o defensivas, incluso con fuego real o con interceptación aérea, simulando escenarios de combate reales, ha sido posible gracias a la participación de las empresas. Uno de los pilares de la Campaña de Experimentación Táctica es su estrecha colaboración con la industria nacional. Más de 20 pequeñas y medianas empresas y start-ups nacionales han participado en el ejercicio, aportando tecnología, operadores y desarrolladores que han sido puestos a prueba en el campo de maniobras.

Este modelo de trabajo permite a las compañías comprender de primera mano las necesidades del Ejército y, a su vez, facilita a las unidades experimentar con soluciones reales sobre el terreno. Además, el trabajo conjunto no solo acelera la validación de conceptos y procedimientos; también genera un flujo constante de lecciones aprendidas, fundamentales para ajustar los desarrollos industriales a las necesidades reales del combate moderno.

El ejercicio también ha tenido repercusión internacional. Representantes de la Agencia Europea de Defensa, grupos de trabajo de la OTAN especializados en drones y sistemas autónomos, así como personal de ejércitos aliados y agregados militares destinados en España asistieron al ejercicio el 29 de octubre. Esta visita tuvo un doble propósito. Por un lado, observar de primera mano los avances tecnológicos y operativos que está desarrollando el Ejército español y, por otro, reforzar la interoperabilidad con otras fuerzas aliadas en un contexto internacional cada vez más complejo, donde es necesario compartir experiencias y adoptar soluciones comunes.

Además de las prácticas en el campo, el 31 de octubre se celebró una jornada técnica en el salón de actos de la Base «Álvarez de Sotomayor», donde se explicaron los conceptos de empleo de los sistemas experimentados a representantes de la Fuerza y otros Mandos de Apoyo a la Fuerza. Con esta Campaña de Experimentación Táctica el Ejército refuerza su salto hacia la robótica militar. El resultado del ejercicio supone un paso decisivo para la transformación de la Fuerza hacia el concepto de la Fuerza 35, cuando ya se planea la siguiente Campaña para abril de 2026.

Detrás del rugido de los rotores

Texto: Ana Vercher / Madrid

Fotos: Sdo. Álvaro Expósito

Cuando los helicópteros despegan con precisión milimétrica en ejercicios como «Tormenta Alada», todo parece coordinado por arte de magia. Pero detrás de cada vuelo hay un engranaje humano complejo y silencioso que hace posible el desarrollo eficaz y seguro de cada operación. Desde el apoyo en tierra, con la Oficina de Seguridad de Vuelo de la Base, hasta la torre de control, con el equipo de cargas y el servicio contraincendios como piezas clave, decenas de militares suman esfuerzos con rigor y sincronía para que cada despliegue sea un éxito sin margen de error. 

Preparativos y mantenimiento

Antes de que cualquier helicóptero inicie su vuelo, una cadena de preparativos comienza con el personal de apoyo en tierra. El soldado Dorrego, destinado en la Unidad Técnica de Mantenimiento del Batallón de Helicópteros de Maniobra (BHELMA) III, lo resume así: «Nos encargamos del proceso de entrada y salida de los helicópteros en las plataformas, así como de la gestión operativa de los grupos electrógenos que permiten su puesta en marcha. Además, somos responsables del mantenimiento integral del área aeronáutica, asegurando que todos los elementos de apoyo en tierra se encuentren en condiciones óptimas para las operaciones aéreas».

Cada operación en pista está respaldada por un equipo esencial: el de contraincendios. En las bases de helicópteros, este servicio opera bajo estrictos protocolos. Los camiones de bomberos deben estar presentes en cada movimiento de aeronaves, ya sea un arranque, un repostaje o una maniobra de rodaje. «Un helicóptero no puede salir a pista sin que vaya un camión con él», explica Dorrego. Estos equipos están formados por personal especializado que puede responder de inmediato ante cualquier incidencia técnica o accidente.

El servicio completo de pista lo integra personal de apoyo en tierra, combustibles y contraincendios, y está liderado por un suboficial jefe de pista que coordina toda la operación diaria. Asimismo, se emplean grupos electrógenos para suministrar energía externa a los helicópteros cuando estos se encuentran en tierra, lo que permite realizar tareas como la descarga y análisis de datos previos al vuelo, así como labores de mantenimiento preventivo sin necesidad de poner en marcha los motores principales.

La torre de control aéreo

Con el helicóptero listo, entra en juego la torre de control, que opera con procedimientos muy similares a los de una torre civil. El sargento 1º Enola, del BHELMA III, lleva desde 2015 vigilando cada despegue. 

Cada misión comienza con el plan de vuelo del piloto. Dependiendo del tipo de operación, la torre coordina con diferentes estaciones militares o civiles. En ejercicios como «Tormenta Alada», en el que participan paracaidistas y helicópteros, donde se incrementa el volumen de tráfico aéreo, el trabajo se intensifica: «A veces es incluso más fácil porque los helicópteros vuelan en formación. El verdadero reto está cuando operamos cerca de zonas no controladas, como Soria, donde podría haber tráfico civil», aclara el sargento 1º Enola.

La torre también se adapta a condiciones especiales. «Durante las maniobras trabajamos 24 horas si es necesario. Operar cerca de la Sierra de Cebollera (La Rioja) implica riesgos técnicos por pérdida de comunicaciones al volar en valles», señala el suboficial.

El arte de levantar toneladas

Sobre el terreno, otro equipo se encarga de una tarea de alta precisión: preparar las cargas que serán izadas por helicópteros de transporte. El soldado Escobar, del Batallón de Helicópteros de Transporte V, lleva casi 20 años en el Ejército y más de una década entre cargas y tiradores. «Antes de levantar una pieza como el Light Gun, comprobamos todo el material, el estado de las eslingas, el centrado, los eslabones… No nos podemos permitir errores», afirma.

La preparación de cargas para su izado mediante helicóptero exige una precisión casi quirúrgica. Cada pieza que se va a transportar —ya sea un obús, una red de munición o material logístico— debe estar certificada, equilibrada y asegurada de forma quirúrgica. Para ello, los equipos de cargas elaboran fichas técnicas detalladas que recogen el peso exacto, el tipo de elemento, la configuración del amarre y el número de eslabones de cada una de las líneas de suspensión.

Un detalle crítico en este proceso son las eslingas —textiles o metálicas— que unen la carga al gancho del helicóptero. No se colocan de forma simétrica, sino que se ajustan con diferencias de longitud  con el objetivo de compensar el centro de gravedad de la carga. Así se evita que la pieza bascule durante el izado, lo que podría provocar inestabilidad en vuelo o incluso daños en el material o en el helicóptero.

Además, en los ejercicios sin munición real, como en «Tormenta Alada», se recurre a una técnica sencilla pero efectiva: rellenar cajas de munición vacías con tierra hasta alcanzar el peso operativo requerido. Así, se garantiza que el helicóptero actúe bajo las mismas condiciones que en una misión real, manteniendo su comportamiento aerodinámico y sus parámetros de carga. Esta práctica también permite entrenar a los equipos con realismo, respetando los márgenes de seguridad y esfuerzo estructural de la aeronave.

La coordinación entre los equipos es clave: certificando materiales, ajustando las líneas de carga y preparando maniobras con antelación. «Entrenamos de día y de noche, bajo cualquier condición. No improvisamos nada», subraya Escobar.

Sin ellos, no hay vuelo

Mientras los focos apuntan a las aeronaves en el despegue, cientos de manos trabajan sin pausa antes, durante y después del vuelo. Operar con helicópteros es mucho más que palas girando en el cielo: es la prueba de que, en el Ejército, cada engranaje cuenta. Y algunos, aunque no se vean, son decisivos.