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CONOCER A… SOLDADO FERNÁNDEZ

«El kárate aporta equilibrio entre cuerpo y mente»

Ana Vercher / Madrid

Su entrada en el mundo del kárate, con apenas seis años, se presumía algo puntual, más por interés de su madre que por el suyo propio. Ahora, 18 años después, la soldado Fernández —actualmente destinada en el Batallón III del Regimiento de Transmisiones nº 21, en Castrillo del Val (Burgos)— es cinturón negro segundo dan, bronce en el Campeonato de España de 2021 —tanto en la modalidad individual como por equipos— y medalla de oro sénior en los Campeonatos de Castilla y León de 2021 y 2022.

Soldado Fernández

Y es que el kárate ha ido conquistando poco a poco a esta leonesa, desde aquel 2004 en el que lo practicó por primera vez en las escuelas municipales de Villaquilambre (León). «La disciplina, los valores que inculca y el estado de forma que te ayuda a conseguir son algunas de las cosas que más me gustan de este deporte», apunta la soldado Fernández.

Así, poco a poco, fue pasando de nivel, alcanzando nuevos cinturones e introduciéndose en el mundo de la competición, hasta que se subió a su primer pódium en 2013, cuando consiguió el bronce en el Campeonato de España cadete. Tras este, llegaron muchos más: bronce en los Campeonatos de España de 2014, 2016, 2017 y 2018 —en su correspondiente categoría—, oro sub-21 y bronce sénior en la Final de la Liga Nacional de 2017, 2018 y 2019.

Gracias a cada uno de estos torneos, la soldado fue adquiriendo veteranía hasta, finalmente, lograr uno de sus sueños: participar en la 46ª edición del Campeonato Europeo de Kárate, celebrado en Aalborg (Dinamarca) en 2019. «No conseguí medalla pero fue una experiencia increíble. Siempre quise poder acudir junto a la Selección española a una cita deportiva de este nivel y lo he hecho», señala Fernández.

Pero esto no sería lo único que marcase ese 2019, un año que, sin duda, no olvidará. También fue entonces cuando decidió orientar su carrera profesional a la milicia, y atravesar las puertas del Centro de Formación de Tropa nº 2, en San Fernando (Cádiz). Sin duda, un salto de fe, porque desconocía completamente el mundo castrense, aunque desde siempre había sentido la vocación. Hoy, con varios años de servicio a sus espaldas, sigue manteniendo que, «aunque ha sido un camino duro, fue la opción correcta», e incluso no descarta tratar de promocionar a la Escala de Suboficiales.

En este sentido, en el trabajo constante y sacrificado, el ámbito militar y el deportivo se parecen y se complementan. «El kárate me ayuda a estar en buena forma y eso ha sido un extra a la hora de la preparación física que exige el ser militar, potenciando además mi coordinación y concentración, y enseñándome a manejar las situaciones y sobrellevar las adversidades», comenta la leonesa.

La soldado Fernández lleva muchas horas de esfuerzo y entrenamiento acumuladas para llegar hasta donde se encuentra ahora mismo, porque «no es solo un deporte de brazos o piernas, sino una disciplina completa que comprende el aspecto físico y mental». Ese es precisamente otro de los puntos que más destaca sobre este arte marcial: «El kárate aporta equilibrio entre cuerpo y mente».

El Ejército siempre ha apoyado su trayectoria deportiva, y el hecho de que el entrenamiento físico sea parte de su trabajo diario ha sido una ventaja. A ello se suman las dos tardes a la semana que dedica al kárate en exclusiva, así como el tiempo que la soldado emplea en seguir preparándose en solitario y acudir a los diferentes campeonatos en los que participa.

Su brillante palmarés ha hecho que, a pesar de que el kárate no es considerado un deporte militar, el Ejército la haya designado como “deportista militar destacada” en este 2022. Porque representar a España en el deporte también es un servicio a la Patria. Un reconocimiento que supone una gran ayuda a la hora de compatibilizar el trabajo con la competición y que incluye la posibilidad de optar a becas para sufragar algunos gastos, como material deportivo o inscripciones.

En cuanto al futuro, «la temporada de este año ha terminado, pero quiero seguir entrenando y avanzando a nivel técnico, alcanzar el tercer dan y lo que venga por delante», concluye la soldado Fernández.

HISTORIAS DE SOLDADOS

El primer caído de la Academia General Militar

Es 30 de agosto del año 1883 y un joven de 18 años pone sus pies por primera vez en la Academia General Militar, situada en el Alcázar de Toledo. Su nombre: Vicente García Cabrelles. Un nombre que los cadetes de todos los tiempos de la Academia tienen el deber de guardar en el presente; pues fue orden de su primer director, el mítico general Galbis, «honrar la memoria del primer muerto en campaña de la General».

El general Galbis sabía que cuanto se deja al azar de los tiempos tiene muchas probabilidades de caer en el abandono; y sabía, tal como escribiría Luis Cernuda, que todos estamos sujetos al viento del olvido, que cuando sopla mata; por eso Galbis ordenó que siempre se honrara la memoria del primer caído en combate de la General.

Y, desde entonces, nadie ignora el nombre de Vicente García Cabrelles, pues es también nuestro oficio guardar las tradiciones y la memoria de aquellos que nos precedieron y supieron darlo todo en el cumplimiento de la misión que les fue encomendada en los tiempos que les tocó vivir.

Durante su estancia en la Academia General Militar, lo más brillante que hizo el cadete Cabrelles fue la «amonestación» que sufrió, junto a otros compañeros suyos, de manos del mismísimo general Galbis, la noche que ocurrió el terrible incendio que devastó el Alcázar de Toledo. Y, aunque pronto viajaremos con el joven teniente Vicente García Cabrelles a Cuba y Filipinas, porque no hay soldado que no sea hijo de su tiempo, no podemos dejar de contar cómo ocurrió esa acción tan brillante que mereció la reprimenda del mismísimo general director de la Academia General Militar.

Es 9 de enero de 1887 y, de pronto, con un comienzo lento y una propagación veloz, las llamas adivinan que la madera y los libros del Alcázar pueden llenarse de fuego con cierta facilidad y no desaprovechan la oportunidad de devastar cuanto lamen; para llevarse al humo, a la ceniza, a la nada, toda la reconstrucción que había llevado a cabo cinco años antes el general Marqués de San Román con el objeto de instalar allí la Academia General Militar.

Viendo el enorme peligro que envolvía a cuantos allí estaban, y pensando en el supremo valor de las jóvenes vidas que cursaban sus estudios militares en la Academia del Alcázar, el general Galbis ordena tocar «Generala», que formen todos los alumnos y que los jóvenes cadetes abandonen el Alcázar, dirigiéndose ordenadamente hasta el edificio de Santa Cruz para ponerse a salvo.

Pero hete aquí, que ni las llamas ni la orden del general Galbis fueron suficientes para que unos jóvenes cadetes decidieran pensar por su cuenta que su Academia General, pasto para las llamas, necesitaba su ayuda en aquel terrible momento; y muchos de ellos escaparon de filas para dedicarse a las tareas de extinción del incendio, dando un notable ejemplo de constancia y algunos de heroísmo, como aquellos que desalojaron el polvorín.

Pero, claro, habían desobedecido una orden del mismísimo general Galbis, y el general no estaba dispuesto a que eso pasara, como si tal cosa, en la Academia Militar donde empezaban a curtirse los futuros oficiales del Ejército español; así que redactó la Orden de la Academia del día 22 de enero, donde textualmente decía lo siguiente:

No pudieron los alumnos por prohibición mía expresa, dirigida a evitar desgracias, prestar servicios. Si algunos los prestaron fue porque no supieron la orden mía, o porque encontraron el medio de separarse de su compañía con pretextos más o menos atendibles. Me parece justo hacer público su comportamiento, digno de todo elogio, aun cuando demostraron que podían arrostrar mi enojo.

Dichos alumnos son: Alférez D. Francisco Franco Cuadros; alumnos D. Ramón Morales, D. Isidro González, D. Amable Escalante, D. Cristóbal Castañeda, D. Martín Hacha, D. José Brujeda, D. Eduardo Hernán Gómez, D. José Valero Barragán, D. Santiago Basols, D. Nicolás Campaner, D. José Galbis, D. Rafael Carbonell, D. Ricardo Ballenilla, D. Vicente García Cabrelles, D. Nicolás Díaz Saavedra, D. José Selgas, D. Julio Suso, D. Esteban Rovira, D. José Armiñán, D. Fernando Rich, D. Emilio Villaralbo, D. Joaquín Hidalgo y D. Antonio Esteban.

Cuentan que el general Galbis, la noche en que el incendio lo devoraba todo y que la techumbre y paredes del Alcázar se derrumbaban víctimas de las llamas, les dijo a las personas que estaban con él organizando la difícil extinción, viendo a sus cadetes desobedecer su orden: «Pero, ¡qué bravos son estos chicos! Habrá que perdonarles que alguna vez no me obedezcan, pero se lo diré, vaya si se lo diré».

Vicente García Cabrelles terminó sus estudios en la Academia General Militar el año 1888 y, a partir de ahí, comenzó su andadura militar. Una andadura que lo llevó en los brazos de los vientos que soplaban en aquellos duros tiempos que le tocó vivir; y si hablamos de finales del siglo XIX, no hay más remedio para un soldado español que hablar de Cuba, Filipinas o África. Así que el 10 de octubre de 1890 embarca en el puerto de Cádiz en el vapor crucero Alfonso XII, y desembarca en La Habana el día 29 del mismo mes. En Cuba prestó servicio en la Sección Topográfica, en el 10º Batallón de Artillería de Plaza, y en la Batería de La Reina.

Pero si queremos saber por qué su nombre, por orden del general Galbis, debe ser recordado para siempre no es en Cuba donde debemos buscar, sino en el norte de África; donde nuevamente, movido por los vientos de los momentos que le tocaron vivir, embarca en Cádiz el 14 de octubre de 1893 en el vapor San Agustín, junto a su Regimiento de Infantería «Extremadura» nº 15, con destino a Melilla.

Lápida en memoria del teniente Vicente García Cabrelles, colocada en el Alcázar de Toledo en 1912

A Vicente le vino en suerte ese tiempo en el que los soldados españoles terminaron combatiendo en lo que se denominó la guerra del general Margallo. Y nuestro protagonista se encuentra en esos momentos defendiendo el fuerte de Cabrerizas Altas. Cuando la situación en el fuerte es más desesperada, Margallo organiza una salida con dos secciones, una del Regimiento «Borbón» y otra del «Extremadura», que pelean en una lucha a muerte en un intento de aliviar la presión sobre el blocao. Al mando de su sección, mientras recibe su unidad un copioso fuego, el teniente Cabrelles establece contacto con el enemigo y, durante esos combates, recibe dos disparos —uno en la pierna y otro en la cabeza—, que le provocaron la muerte en el acto.

Era el primer caído de la General, 28 de octubre de 1893, y como escribieron sus compañeros: Gloriosamente muerto en la primera campaña de Melilla y en quien se cumplió el encargo del primer director de la Academia General Militar, de que se honrase la memoria del primer compañero muerto en campaña, colocando en el patio del Alcázar de Toledo, el 4 de marzo de 1912 una lápida debida al cincel del comandante Oteiza, que perpetuase la memoria de los muchos alumnos de la General que dieron su vida por la Patria y en la cual se grabó el nombre de García Cabrelles.