Todas las entradas por Ejército de Tierra

Blog oficial del Ejército de Tierra

HISTORIAS DE SOLDADOS

Los defensores de Nator

Tcol. Norberto Ruiz Lima / Madrid

Saben que pelean por su Bandera, la del Regimiento “Infante” nº 5, heredero de aquel Regimiento del Infante Don Carlos que se fundó en 1808 durante la guerra de la Independencia para luchar en nombre de la libertad contra las fuerzas napoleónicas. Saben que pelean por su Bandera, por su Regimiento y por toda España.

Es 3 de septiembre de 1925, y 23 soldados españoles guarnecen el blocao de Nator nº 3 del sector Vázquez-Nator. Tienen una misión y allí están para cumplirla. Son los 23 de Nator. Como, por mucho que nos empeñemos, la memoria es fruto del arte, del azar, de la palabra —ya sea sobre pergamino, junco, papel o aire—, del color y la pigmentación o de la piedra, de vez en cuando conviene que el presente recuerde a aquellos que cumplieron con su deber hasta el final para que no caigan en el olvido. Son historias de regimientos ya disueltos, pero cuyos soldados lucharon y murieron por su estandarte. Esta es la historia de unos soldados del Regimiento de Infantería “Infante” nº 5 y de aquellos tres días, del 3 al 5 de septiembre de 1925, y la lucha épica por las posiciones de Kudia Tahar.

El frente de Gorgues-Kudia Tahar-Nator-Ben Karrich siente la presión del enemigo, que se ha iniciado con fuego de fusil. Es un repiqueteo constante que ya conocen sobradamente los defensores, pues la mayoría llevan años de combate. Los 23 del blocao de Nator nº 3 —el sargento Mariano Ascoz Cabañero, 5 cabos y 17 soldados— escuchan los primeros disparos sobre las dos de la mañana. Es de madrugada; y el aire y el movimiento, aunque sueñan con el silencio, provocan el efecto contrario; pues el enemigo es muy numeroso y no es fácil de ese modo parapetarse en el sigilo y en la oscuridad. El combate es tan intenso y el enemigo tan cuantioso que deben multiplicarse en su empeño para conseguir rechazarlo varias veces consecutivas. Siguen recibiendo fuego, pero no tienen intención de ponérselo fácil a los atacantes y saben cómo hacerlo.

El enemigo, al ver que contra esos 23 soldados es necesario algo más que fuego de fusil, ha recrudecido el ataque, apoyando a su infantería con cañones. Dos proyectiles caen dentro del blocao, cubriendo de cascotes a los defensores. El sargento Ascoz decide entonces que la fuerza salga del blocao y se sitúe en la alambrada, detrás de los sacos y en la trinchera, donde tendrá una mejor protección ante el fuego artillero. Y combatiendo estuvieron hasta el anochecer, una relativa oscuridad que trae un poco de calma y hace que el sargento decida volver dentro del blocao. Pero eso no significa que llegue el descanso, porque durante toda la noche deben dedicar sus esfuerzos a reparar los cuantiosos daños que han provocado en las defensas los cañones. Siguen combatiendo, reparando, animándose, cuidando de sus heridas, que ya son muchas.

Pronto amanece y con seguridad serán nuevamente atacados. El sargento Ascoz se acuerda de Barrachina, en Teruel, de su madre Trinidad y de su padre Juan Tomás, de oficio alpargatero, y de la primera vez que combatió en África hace ya siete años. No es nuevo en este oficio de soldado y hará lo que se espera de él.

Cuando el sol muestra sus primeras legañas, el enemigo los llama a rendición, a lo que se niegan de manera rotunda con un decidido propósito de defender su puesto a toda costa mientras les queden municiones y vida. En ese momento son 7 los heridos y 4 los enfermos.

El sargento, herido en la mano derecha, en la pierna y en el costado, por tiro de fusil y metralla, decide pedir algún refuerzo a la posición principal, que le envía 9 soldados de refuerzo y, así, continúan combatiendo durante toda la noche del día 4, que se antojó más larga de lo normal. Casi todos ya vestían alguna herida, cada una de ellas con diferente dolor y color sobre la piel.

En la madrugada del día 5 el enemigo intensifica sus ataques con fuego de fusil y cañón. Cuanto más fuego caía más era el empuje de los defensores, que con granadas de mano consiguen alejar a tan numeroso grupo de enemigos de la posición, dejando un reguero enorme de cadáveres enemigos en las faldas del blocao.

Una vez que se agotan las granadas de mano, con muy pocas municiones de fusil, 11 muertos y 9 heridos, entre ellos el sargento Ascoz —que en este combate sufrió nuevas heridas en distintas partes del cuerpo y en el pómulo y ojo izquierdos, con pérdida de la visión—, puede el enemigo acercarse nuevamente al puesto y quitar parte de la alambrada. Pero aun así siguieron defendiéndose; aun así eligieron la lucha hasta que la munición empezó a agotarse.

Sin munición apenas, y viendo casi imposible la defensa, el sargento Ascoz ordenó evacuar la posición. El sargento, un cabo y un soldado fueron los últimos en abandonar el blocao protegiendo el movimiento de sus compañeros con los últimos cartuchos y obligando al enemigo a defenderse durante la evacuación. Los defensores de Nator, mientras dejaban atrás la posición, vieron las faldas del blocao cubiertas por cuerpos de adversarios en numerosa cifra. Y pensaron en lo caro que les salió a los enemigos su conquista y en toda la fuerza que ellos mostraron esos días. Su sargento fue el último en salir del blocao, y todos miraban y apretaban los dientes, empujándolo con el alma para que fuera capaz de llegar a un lugar más seguro.

ENTREVISTA A… JUAN GEA/ACTOR

“En el teatro todo está por descubrir”

Felipe Pulido / Madrid

A pesar de su amplia trayectoria en el teatro o la televisión, Juan Gea (Valencia, 1953) se siente ilusionado con cada nuevo papel que la vida le pone delante en su andadura como actor. Lejos de cortarse la coleta en el mundo de la interpretación, mantiene la vista puesta en los guiones de teatro. Esos mismos que ya leía mientras realizaba el servicio militar en Jaca (Huesca) hace algunos años. Una de sus últimas obras llega por primera vez a Madrid, antes de continuar su gira por otras ciudades españolas. Durante los primeros días en la capital, el actor abre el telón del teatro “Infanta Isabel” al Ejército de Tierra.

Juan Gea

¿Cómo está siendo la acogida de Variaciones enigmáticas en Madrid? Interpretamos, por primera vez, esta obra hace un año en Santander y, ahora, venir a Madrid es como hacer el gran estreno, con vistas a la próxima gira nacional. Me gusta viajar, pero reconozco que pasar por la capital es fundamental, ya que te ofrece la posibilidad de estar con un público muy habituado al teatro.

Años atrás ya había representado esta obra… Hace 21 años yo hice de periodista en la obra, que es el otro protagonista, y el actor Jesús Puente (1930-2000), ya fallecido, interpretaba el personaje al que yo doy vida esta vez. Terminamos los dos enamorados de aquella función y tenía la espina clavada de volver a participar en ella.

En la obra es un prestigioso escritor, Premio Nobel de Literatura, que vive solo en una isla de Noruega. Allí lo visita Erik Larsen para hacerle una entrevista sobre su último libro. ¿Qué supone introducirse en este nuevo papel? Ahora tengo otra edad, así que ya puedo interpretar al escritor (risas). Disfruté mucho de periodista, pero también con este nuevo personaje. Me permite jugar con cantidad de emociones, ya que pasa por momentos de drama y otros de comedia. No obstante, me trae minutos de nostalgia, porque este personaje fue el último que hizo Jesús Puente poco antes de morir.

De la conversación con el periodista se desprenden muchas cosas… Vamos descubriendo qué esconde cada uno, cuál es su punto de vista sobre la realidad. Por mucho que te lo prepares, la vida siempre entra por otro lado y te da una sorpresa.

Tras tantas representaciones en el teatro, ¿ uno siente que alcanza la madurez? La madurez no se alcanza nunca, porque siempre hay cosas nuevas que te gustaría hacer y afrontar nuevos riesgos. Eso es lo divertido también, el enigma de lo que va a pasar.

¿Se hace buen teatro en España? Se hace mucho teatro comercial, para hacer reír, pero hay una especie de miedo a hacer cierto teatro de calidad. Las funciones un poco más comprometidas se quedan para las segundas salas. Hay que hacer reír, pero también pensar.

La pandemia ha sido un elemento negativo en contra del teatro… Nos ha dejado tocados. Ha habido gente que se ha tenido que buscar la vida de otra manera. Y, aun así, muchos hemos aguantado.

¿En qué momento descubre que quiere ser actor? Cuando tenía 17 o 18 años lo decidí, fue a través de un amigo. Yo quería ser médico o veterinario, pero había una chica que me gustaba y me apunté al grupo de teatro para estar cerca de ella. Descubrí un mundo lleno de muchas formas de ser, marcado por la psicología de los personajes. Lo del gusanillo del teatro es cierto. Y a mí me entró.

Ha compatibilizado el teatro con el cine y la televisión… En mi generación no pensábamos en la televisión, porque solo había dos canales. Nos centrábamos en el teatro, lo demás era algo más lejano. La televisión tardó, pero vino bien. Donde trabajas más las armas y tienes más tiempo para bucear a tu personaje es en el teatro. Las cámaras, en cambio, te dan la ventaja de expresar detalles.

Cuatro temporadas de la serie El Ministerio del Tiempo… ¡Un éxito! Era como jugar en un cuento de aventuras. Esperábamos ansiosos los guiones de la serie para saber cómo continuaba. Se formó una piña entre todos los actores. Parece muy posible que por fin continúe. Suenan vientos favorables a que habrá una quinta temporada.

La serie permite a sus protagonistas adentrarse en momentos concretos del pasado, ¿A qué etapa se iría, si pudiera? Me gustaría volver al momento en que se instaura la democracia en nuestro país. En aquellos momentos se habrían podido hacer tantas cosas… Había muchos sueños por cumplir. Fue una época muy romántica y muy idealista. Con el paso del tiempo, se han hecho muchas cosas, pero se va agotando ese espíritu de la transición.

¿Cree que, como el teatro, el Ejército se ha ido transformando? Ha evolucionado mucho. Es una profesión muy digna y muy arriesgada. Mi percepción es que se ha modernizado. Hay que dar las gracias tantas veces, por todo lo que hacen.

Hizo el servicio militar en Jaca… En el acuartelamiento “La Victoria”, en el Estado Mayor. Guardo recuerdos buenísimos de aquella época. Hice muchos compañeros. He conocido a tanta gente que si no hubiera sido por eso no habrían salido de su pueblo, de pequeñas aldeas. Hubo muchos que aprendieron a socializar. Por aquellos momentos, yo leía teatro y ya empezaba a hacer las primeras cosas.

Tras una amplia trayectoria, ¿qué proyectos le quedan por cumplir? Los que vengan. Esta profesión es la seguridad de la inseguridad. Es, a veces, muy incierta, pero si vas trabajando vendrá otra cosa. Cualquier novedad que llega es un reto, porque es desconocida. Eso es lo bonito, que todo está por descubrir. Un actor nunca se corta la coleta… Los hay que sí, pero yo no me la voy a cortar. Cuando estoy 15 días parado, ya estoy deseando el escenario.