Cuarenta años no es nada; cuarenta años es tan poco tiempo, que el reloj de arena que lleva la cuenta de la vida apenas ha notado las vueltas que le hemos tenido que dar para que siga contando ríos y desiertos. Cuarenta años no es nada, cuando lo que se mira es el pasado.
Hace cuarenta años, casi ayer, un 28 de mayo de 1977, la Unidad armada más antigua de España y el soldado más joven unieron su devenir y sus vidas en un recorrido que dura ya cuatro décadas.
Un soldado de nueve años
Ese día, un niño que cursaba 4º de E.G.B, escucha por primera vez, formado en el patio de armas del acuartelamiento Infante don Juan y vistiendo su uniforme de soldado, ecos marciales y choque de metales al sonar de un cornetín de órdenes. Acaba de realizar su filiación como soldado en el Regimiento de Infantería Inmemorial del Rey nº 1; heredero del escudo del rey Fernando III, el Santo, y organizado como Regimiento por el rey Felipe IV que crea la coronelía de Guardas del Rey con aquellos soldados más distinguidos y de mayor renombre que engrosaban las filas del Ejército.
Un soldado de nueve años
Ese niño de nueve años que cursaba 4º de E.G.B. que hoy es Rey de España recordó, cuarenta años después, el día que le tallaron, 133 cm.; que le tomaron medidas para confeccionarle el uniforme, perímetro inspiración 84 cm., perímetro expiración 80 cm; y recordó el día que firmó con su nombre y sus dos apellidos en la hoja de filiación del Ejército su compromiso de servir a España como soldado a partir de ese momento.
Un soldado de nueve años
En este pasado Día de las Fuerzas Armadas quiso que sobre su uniforme luciera el distintivo del Regimiento Inmemorial y que brillaran en su guerrera los cuarenta años, que cuarenta años no es nada, que han pasado desde que unió su destino con el noble ejercicio de las armas. Y el Regimiento, su Regimiento, estuvo presente en Guadalajara ese día que fue festivo para todos los componentes de la Fuerzas Armadas y para el pueblo español a quienes sirven, porque la misión que tienen encomendada es la Libertad.
Rosa Villacastín (Ávila, 1947) acaba de ver estrenada en abril, en la pequeña pantalla, la adaptación de su novela La princesa Paca —escrita junto con Manuel Francisco Reina—, que cuenta la historia de amor entre su abuela, la española Francisca Sánchez, y el poeta nicaragüense Rubén Darío. La escritora ve así culminadas dos décadas de trabajo —que ha pasado buceando en el archivo que se conserva del escritor en la Universidad Complutense— con dos productos de los que se encuentra muy satisfecha.
¿Cómo era su abuela Francisca Sánchez, la princesa Paca?
Muy dulce, comunicativa, con mucho carácter. Tenía 73 años cuando nací yo; ya se había muerto José Villacastín, su segundo marido y mi abuelo. Dos años después fallecía Rubén Darío Sánchez en Managua, el único hijo que le quedaba de los tres que tuvo con el poeta. Fue un golpe muy duro. Recuerdo a mi abuela rota de dolor. De los cinco hijos que tuvo, solo le quedaba mi madre y vivió con ella hasta su muerte, en 1963, en Madrid. Desde mi nacimiento volcó toda su ternura, todo su amor, en mí y en mi hermana Ángeles.
Supongo que tuvo que ir “contracorriente” y sufrir mucho para vivir una relación amorosa (y tener varios hijos) con un hombre ya casado, teniendo en cuenta la mentalidad de la sociedad española de principios del siglo XX…
Ella demostró que el amor puede mover montañas, que cuando estás enamorada poco importan las diferencias sociales o culturales. Hay valores que no se enseñan en los libros y eso es lo que supo apreciar Rubén Darío en ella. Por eso la hizo su mujer ante el mundo. Convivieron 16 años, tuvieron tres hijos y, lo más importante, él nunca la ocultó. Ella le acompañaba a las tertulias, en su casa recibían a los escritores más importantes de la época (los hermanos Machado, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Emilia Pardo Bazán…).
Villacastín, en la infancia, junto a su abuela
¿Qué hizo que se enamorara de ella un hombre culto y cosmopolita como Rubén Darío? ¿Cuál cree que era el fundamento de su relación?
Mi abuela le dio un hogar, mucho amor, una entrega total, comprensión en los momentos de sequía intelectual, o de dudas, y unos hijos que perdieron. Una tragedia que, al contrario de lo que suele ocurrir, a ellos les unió más.
¿La novela es un desagravio ante lo que decían de ella («mantenida», «analfabeta») los biógrafos del poeta?
Analfabeta sí era, porque no sabía leer ni escribir cuando le conoció, pero tuvo los mejores maestros: Rubén Darío y Amado Nervo. Entonces era analfabeta el 90 por ciento de la población española y, es posible, que el porcentaje entre las mujeres fuera mayor, porque se las preparaba para contraer matrimonio y tener hijos. Mantenida, en el sentido peyorativo del término, no. La novela es un homenaje, porque he querido poner el foco en todas esas mujeres que han formado y siguen formando una parte importante de la vida de los grandes hombres (escritores, políticos, etc.), y a las que la historia o la sociedad trata de ocultar por el hecho de ser mujeres. Sin ellas, es posible que muchas obras de estos hombres no hubieran visto la luz. Es el caso de Francisca, que podía haber vendido el legado literario de Rubén, pero no lo hizo, aun necesitándolo. Varios países se interesaron por el famoso baúl azul, donde ella guardó, durante más de 40 años, su legado. En vez de venderlo, quiso donarlo al Estado español, porque creía que era en su país, al que tanto quiso el poeta y escenario de su amor, donde debía permanecer.
«La novela es un homenaje a todas esas MUJERES que han formado y forman una parte importante de la vida de los grandes HOMBRES»
¿De qué manera influyó ella en la obra del literato? ¿Y en su vida?
En su vida mucho: le dio tranquilidad, reposo, le prestó el hombro cuando lloraba… A Rubén le abandonaron sus padres, se crió con su tía Bernarda y su marido, pero qué duda cabe que echaba de menos los besos de su madre y sus abrazos, muestras de cariño que siempre tuvo junto a Francisca, pero no con sus dos anteriores compañeras.
¿Por qué decidió escribir una novela sobre la historia de amor entre su abuela y Rubén Darío? ¿Por qué lo ha hecho en coautoría con Manuel Francisco Reina?
Se lo debía a mi abuela. Desde el mismo día en que nací, dormí con ella hasta que la ingresaron en el hospital, muy enferma. Su historia siempre ha estado muy presente y tenía necesidad de rendirle este homenaje. Le ofrecí a Manuel Francisco la posibilidad de hacerla a cuatro manos para evitar que los sentimientos se interpusieran en la historia, tan rica ya en matices. Además, yo no soy novelista y él había escrito un libro muy interesante sobre Los amores oscuros de Lorca.
¿Qué opinión le merece el Ejército de Tierra y su labor?
Parecen un invento de Pérez-Reverte. El cambio ha sido brutal. Ahora, los militares son quienes mejor nos representan en el extranjero, por su labor y la buena imagen que proyectan.
¿Se esperaba que su novela saltase a las pantallas de televisión? Como autora, ¿está satisfecha con la adaptación?
Nunca me esperé el éxito que ha tenido el libro, y mucho menos que se convirtiera en película. Agradezco al director de La Cometa TV, y a todos los que han hecho posible este sueño —TVE, Joaquín Llamas (director), Irene Escolar (Francisca), Daniel Holguín (Rubén), etc.—, todo el cariño y la profesionalidad que han puesto en este trabajo para que la figura de Francisca se conozca tal como era, sin ropajes ni artificios.
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