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«La RAE no enseña a hablar, sino que recoge el lenguaje»

SANTIAGO MUÑOZ MACHADO DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Los famosos percheros de los miembros de la Real Academia Española (RAE) no son los únicos que se adaptan a los cambios —se ordenan siempre por antigüedad, a excepción del director—. También lo hace la propia institución, que a lo largo de sus más de 300 años de historia ha debido asimilar los retos que plantea el uso de la lengua española. Una tarea que en enero asumió Santiago Muñoz Machado (Pozoblanco, 1949), el segundo académico no lingüista al frente de la Docta Casa. Aunque es consciente de las necesidades económicas que padece, prefiere destacar el trabajo centenario que realiza la institución.

¿Qué necesita la RAE para «limpiar, fijar y dar esplendor»?

Necesita gente capaz de entender bien el idioma, de manejarlo con solvencia, sentido común y autoridad para que las cosas que se dicen sean acogidas por el público hispanohablante y así mantener el prestigio que siempre ha tenido y que ha conquistado en 300 años de historia. El trabajo académico se desdobla en dos tipos: nuestros técnicos, todo el personal al servicio de la RAE, que es estupendo y trabaja todos los días; y luego los académicos, que perfilamos ese trabajo, y de ahí va a nuestras publicaciones. También se asientan nuestras opiniones, que emitimos de vez en cuando y tienen autoridad.

Santiago Muñoz Machado

¿Qué tal han sido sus últimos siete años como académico?

Muy interesantes. Lo mejor que se puede decir de la Academia es que es un lugar interesantísimo, comprometido y que exige mucha responsabilidad porque estamos jugando con un tesoro, que es la lengua de 570 millones de personas. No conozco ninguna institución —y yo he pasado por bastantes— que sea tan ilusionante y tan garbosa como la RAE, ni más importante el juego que se cultiva, que es hablar de la lengua, de palabras.

Curiosamente, ese uso de la lengua necesita embeberse de una disciplina, una de las características del Ejército.

Ciertamente. El Ejército es, hasta donde yo lo conozco, más parco en palabras que en acciones. Hay profesiones que viven de las palabras, como la mía básica, que es la de jurista. Somos gente que cultiva la ciencia de la palabra, tenemos que ser muy precisos hablando y utilizar los conceptos.

Las misiones internacionales del Ejército de Tierra se pueden considerar un vehículo transmisor de la lengua en otras partes del mundo…

No había pensado en eso, pero claro, también. Aunque los militares, últimamente, cuando hablo con ellos se han cultivado bastante en lenguas extranjeras y se manejan muy bien, sobre todo en inglés. Está bien que lleven el idioma por el mundo.

Algunos académicos de esta casa también han sido militares, como José Torrero y Marzo (en el siglo XVIII) o Eliseo Álvarez-Arenas (primera mitad del siglo XX).

En la actualidad está Miguel Sáez, que está en la Academia como traductor y antes ha sido general jurídico. Estuvo trabajando de fiscal en la Sala 5ª del Tribunal Supremo, que es la Sala de lo Militar. Es un sabio, un traductor extraordinario del alemán. Tiene traducidos personajes y autores complicados, como Günter Grass o Kaf­ka. Es un hombre de gran valía.

Santiago Muñoz Machado

¿Se ha deteriorado la lengua española en las últimas décadas?

Se dice del deterioro por el uso de la lengua en Internet, los whatsapps o los mensajes que tienen otros sistemas. Esa parte del deterioro ni tan siquiera lo consideramos como tal, sino como las formas de expresión en paralelo que se producen en el ámbito de las relaciones privadas y de las que no tenemos por qué preocuparnos. La lengua que se dice que se está deteriorando puede ser la de los medios de comunicación, de los programas de televisión y el lenguaje de la política. Hay más televisiones y programas, de modo que habría que hacer una auditoría lingüística de lo que están haciendo y los resultados serían catastróficos. A lo mejor la hacemos algún día (risas). En cuanto al lenguaje político, ahora no hay ningún político en las Cámaras que hable como Emilio Castelar, el conde de Romanones o Antonio Maura, pero son otros tiempos también. El lenguaje se ha acortado, la oratoria tiene otro énfasis.

¿Por qué la institución se ha adaptado al uso coloquial de las palabras, como «murciégalo» o «almóndiga»?

Se adapta absolutamente a todo. Algunas veces reprobamos algunas variantes del lenguaje, del léxico, del vocabulario o arreglos gramaticales, pero la Academia no es un castillo que esté reforzado para impedir cualquier cambio. Los idiomas cambian y al hacerlo se van adaptando. Nosotros vamos acogiendo lo que el pueblo usa. El otro día leí una frase bonita que pronunció Antonio Maura, cuando era director, con ocasión del segundo centenario de la Academia, en 1914. Dijo: «El idioma está en los labios del pueblo». Esto significa, desde el punto de vista de los intereses, que la RAE no enseña a hablar, sino que recoge el lenguaje tal y como lo va sedimentando el pueblo. Cuando una palabra, una expresión o un giro está suficientemente generalizado y tiene un uso intenso, la Academia toma nota y lo recoge.

Santiago Muñoz Machado

Por eso necesita académicos que provengan de diferentes campos y disciplinas, como en su caso, que es jurista.

Los juristas somos gente, como he dicho antes, para quienes lo principal del oficio es la palabra, el saber manejarla y ordenarla con razonamiento en un discurso con el que logres convencer al contrario. Eso es ser un buen jurista. Esta Academia siempre ha estado muy poblada de juristas, ahora hemos ido descendiendo y yo soy el único de la casa. Hay muchos académicos que hicieron la carrera de Derecho, pero luego se han dedicado a otras actividades.

¿Qué aportará ahora como director?

Como jurista, tengo que trabajar por la lengua y tratar de mantener la Academia con una buena gestión, mejorar sus recursos, ganar prestigio y tener mucha influencia en el ámbito hispanohablante. Yo he aportado un Diccionario del Español Jurídico y otro Panhispánico del Español Jurídico, que recogen todo el vocabulario del área hispanohablante. Los idiomas se generalizan a través de las leyes.

Testigo de excepción

El civil Gregorio Alonso, maestro tornero, se despide de los talleres del Ejército tras 50 años

Gregorio Alonso, Goyo para los amigos, lleva toda su vida laboral en los talleres del Ejército en Burgos. Desde su puesto como maestro tornero, este civil ha sido testigo de excepción de la evolución del Ejército en los últimos 50 años. Ahora está a punto de despedirse de su puesto en la Unidad de Servicios y Talleres 612 de la Agrupación de Apoyo Logístico nº 61, que realiza labores de mantenimiento de Tercer Escalón de las unidades de su entorno, y que cuenta en su plantilla con personal civil y militar. Aquí se va a jubilar tras cumplir 65 años —el 27 de diciembre—, después de medio siglo de vida vinculada a la Institución.

Cuando entró a trabajar con tan sólo 18 años en el entonces llamado Parque de Artillería, los militares de los talleres vestían de azul y con galleta roja. Los operarios también iban de azul, pero con mono, un color que no ha variado con el tiempo. Corría el año 1972 y era el primer trabajo para Goyo, que se había formado en la Escuela de Aprendices (algo similar a la formación profesional actual) de Burgos. A pesar de no tener familia militar, a su padre le pareció una buena opción para aprender una profesión, y allí pasó cuatro años, desde los 14 hasta la mayoría de edad.

De esa etapa recuerda que tenían que hacer instrucción y que les enseñaban a desfilar, además de asistir a las asignaturas del curso y hacer las prácticas. Los profesores eran todos militares, así que, desde muy joven, Goyo se acostumbró a vivir rodeado de uniformes. Quizá ese haya sido unos de los motivos que han contribuido a que siempre les haya visto con total naturalidad, «como un compañero más». La convivencia en los talleres entre unos y otros es muy estrecha, y su experiencia con el personal militar en estos 50 años siempre ha sido muy buena. Tanto que, para Goyo, el trabajo ha sido siempre «muy llevadero» y nunca ha ido a disgusto, sino todo lo contrario.

Un idilio de medio siglo

Cuando Goyo estaba en la Escuela de Aprendices, aprendió a manejar diferentes herramientas, pero pronto destacó en el uso de una: el torno. Esta máquina, con la que pueden hacerse o ajustarse tuercas, tornillos, casquillos o pasadores, se le daba bien y, además, le gustaba. Así que, cuando empezó a trabajar, no costó mucho adjudicársela. Poco podía imaginar entonces que esa máquina le acompañaría medio siglo. «Me he jubilado con la misma máquina con la que entré», afirma. Ya hay pocos capaces de manejarla con su habilidad, puesto que a los nuevos aprendices les enseñan sobre todo la producción por mecanizado, y lo manual se considera ya residual. Por eso, muy probablemente, cuando Goyo se marche, su torno se quedará sin operario y, posiblemente, nunca vuelva a tenerlo debido a que es un maquinaria que ya se considera obsoleta.

No podrán acudir a él cuando haya algo complicado, como hacían hasta ahora, sabedores de su maestría en el uso de esta máquina con la que ha sido muchas veces capaz de hacer algo que no creía posible. «Eso es una gran satisfacción personal», reconoce Goyo, y ha sido uno de los motivos por los que ha disfrutado tanto de su trabajo y no se plantease cambiar, como sí hicieron algunos de sus compañeros. «Yo entré con pantalones cortos y me voy sin pelo», añade con un humor revestido de cierta nostalgia. No debe resultar fácil cerrar una etapa de medio siglo.