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La cerámica de Ruíz de Luna en el Ejército

Felipe Pulido / Talavera de la Reina

Talavera de la Reina es conocida como la ciudad de la cerámica y, precisamente, desde el 11 de diciembre de 2019, esta técnica se incluye en la lista del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, elaborada por la UNESCO. Aunque el trabajo del barro se empezó a emplear en la Prehistoria, no siempre ha vivido épocas en las que se haya valorado lo suficiente. Así ocurrió en el siglo XIX, cuando la cerámica de Talavera atravesaba uno de sus peores momentos. Fue entonces cuando Juan Ruiz de Luna —Noez (Toledo), 1863—, uno de los ceramistas más relevantes del siglo XX, dotó a esta técnica de una nueva etapa gloriosa en la ciudad. El Ejército de Tierra puede dar testimonio de este renacimiento, que recuperó técnicas de siglos pasados.

Resucitar lo pasado, renovando la tradición, es una de las maneras más hondas de fraguar porvenir y hacer progreso. Son palabras de Miguel de Unamuno en el libro de firmas de la fábrica de Ruiz de Luna. Eso fue lo que pretendió el artista cuando puso en marcha el taller Nuestra Señora del Prado, el 8 de septiembre de 1908.

Los más de 50 años de vida de la fábrica, hasta 1961, dejaron casi 600 piezas de catálogo. El Ejército de Tierra cuenta con más de una decena de obras del ceramista. El coronel (en la reserva) González de Caldas, consciente de la importancia que tiene la cerámica de Ruiz de Luna en las Fuerzas Armadas, decidió reunirlas en un libro: La cerámica de Ruiz de Luna en los Ejércitos. La publicación, de 2012 y editada por el Ministerio de Defensa, hace un recorrido por el valioso legado que preserva la Institución.

«Las obras de Ruiz de Luna que atesora el Ejército sobresalen por su número, variedad, estado de conservación y dispersión, ya que podemos encontrarlas en diferentes unidades y museos, repartidos por la geografía española», explica el coronel en declaraciones a Tierra.

Asimismo, destaca que muchas de ellas están fechadas en la segunda época de su alfar, entre 1915 y 1942, que fue el período de mayor calidad y en el que el ceramista tuvo una participación más directa en los trabajos.

Por su importancia, destaca el conjunto de piezas realizadas para la capilla, el hogar del soldado y los jardines del acuartelamiento “Los Leones” (Segovia), del entonces Regimiento de Artillería nº 13. Actualmente pueden contemplarse en la Academia de Artillería y en el Alcázar de Segovia.

«La obra se trata de un memorial a los caídos del propio Regimiento, que se completaba con un listado a los que dieron su vida por España, hoy desaparecido», matiza el coronel. De este conjunto destaca el retablo de Santa Bárbara (1939), actualmente localizado en la Academia de Artillería. En el centro del altar cabe resaltar el escudo de los artilleros. Algunos de los moldes utilizados para esta obra son comunes a otras realizadas por el artista. Se podría reseñar, por ejemplo, la similitud entre las pilastras del altar de Santa Bárbara con las que aparecen en la Capilla Sixtina de Ruiz de Luna, una de las obras más representativas del artista y localizada en el municipio toledano de Castillo de Bayuela. «Esto es común por el elevado coste económico de realizar un molde, por lo que se reutilizaban en distintas obras», explica la biznieta de Ruiz de Luna, Mónica García del Pino, que continúa el legado de su antepasado en Cerámica San Ginés y es, además, la promotora del mural de cerámica más grande del mundo, localizado en Orán (Argelia).

 

 

En ese sentido, Vicente Magaña, también miembro de la familia Ruiz de Luna, explica la importancia de la personalización de las obras con temáticas militares. «Eso se sale de la propia motivación renacentista y da un paso más», mantiene.

Junto a las obras de Segovia, destacan también las realizadas para el entonces Regimiento Divisionario de Artillería nº 12, localizado en Mérida (Badajoz), y el que fuera Regimiento de Artillería Pesada nº 64, de Ciudad Real.

Sin embargo, ¿dónde nace la relación entre Ruiz de Luna y el Ejército? El profesor Vicente Magaña destaca la vinculación existente entre el ceramista y el Ejército, además de que la fábrica sirvió de refugio a militares. Sin embargo, las propias memorias del artista no reflejan cómo se produjo la petición de estos encargos. Por su parte, el coronel González de Caldas señala que en dos de las piezas, realizadas para el Regimiento de Artillería nº 13, figuran los nombres del coronel José Sánchez Gutiérrez y del teniente coronel Emilio Colorado, como promotores del encargo a la fábrica. Y añade que las piezas más antiguas (del Ejército) son dos pies fechados en 1916, propiedad del Centro Cultural de los Ejércitos. «Aunque no es una institución militar, propiamente, sus miembros sí lo son y puede que alguno de sus socios se animase a hacer el encargo».

Hablar de cerámica en Talavera de la Reina es casi como hablar de Ruiz de Luna. El ceramista pretendió recuperar las técnicas y motivos de los siglos XVI y XVII, los de mayor esplendor, y logró un nuevo resurgir de esta técnica. De aquellos hornos salieron piezas que el Ejército conserva y que forman parte de la historia de la fábrica, que marcó un antes y un después en la ciudad.

UNA FIRMA SINGULAR

La firma que emplea Ruiz de Luna para los conjuntos u obras más emblemáticas suele reflejar su nombre completo. En este sentido, es llamativa la forma que emplea en el Panel de Santa Bárbara, sobre dos piedras, algo inusual. En las piezas menores aparece una media luna.

Sobre la columna de Hércules

Felipe Pulido / Ceuta

Fotografía: Jesús de los Reyes / DECET

La mitología sitúa una de las columnas de Hércules en el peñón de Gibraltar y la otra en Ceuta. Para los navegantes indicaba “Non Terrae Plus Ultra”, o lo que es lo mismo, no hay tierra más allá. Precisamente, el monte Hacho, de la Ciudad Autónoma, es el lugar en el que supuestamente se ubica una de ellas. Esta columna no solo ha demostrado no tener fin, sino que sobre ella se esconde una historia enriquecedora.

El Grupo de Artillería Antiaérea II/30 mantiene su ubicación en esta fortaleza, dando continuidad al legado y la importancia histórica que ha tenido este enclave del norte de África. La palabra “hacho” deriva del latín y vendría a significar “sitio elevado cerca de la costa”.

Su propio nombre revela el sentido que ha tenido esta fortaleza durante siglos y su importante función como observatorio para los diferentes pueblos que han pasado por ella.

Los orígenes del Hacho podrían retomarse a los primeros años de la era actual, donde todo parece indicar que fue construida, inicialmente, por los romanos. No obstante, los bizantinos contribuyeron a su restauración, ampliación y mejora.

La traición del conde D. Julián, gobernador de Septa (Ceuta),  hizo que los musulmanes entraran en Hispania —en el año 711— y recibieran la ciudad visigoda intacta. Hasta 1415 permanecerá bajo este dominio.

El escritor estadounidense Washington Irving, en sus Crónicas Moriscas, describió a la fortaleza: «aquella fortaleza estaba construida sobre ese altísimo promontorio en el cual Hércules apoyó uno de sus pilares».

Durante la dominación musulmana, el Hacho va a conocer un período de esplendor hasta 1149. Sin embargo, a partir de 1149 se abrirá una etapa de abandono y destrucción. El sultán Abdelmumen —enfurecido por la resistencia de los almorávides—ordenó la destrucción total de la ciudad y la declaró lugar desierto, al prohibir que fuese poblada mientras él viviese. Concretamente, se destruyeron todas las obras interiores de la fortaleza y se derribaron unos 500 metros de muralla, lo que la dejó inservible y sin valor para la milicia. 

La conquista de Portugal y la tradición del aleo

De esta forma la encontraron los portugueses, en 1415, cuando conquistaron Ceuta. Ante la desidia de varios capitanes para hacerse cargo de la ciudad, Pedro de Meneses, primer conde de Vila Real, se presentó ante el Rey con el “aleo” (Palo) y pronunció las siguientes palabras: «Señor, con este palo me basto para defender a Ceuta de todos sus enemigos».

El “Aleo” se conserva en el Santuario de Nuestra Señora de África —patrona de la ciudad— y pasa por todos los comandantes generales de la plaza, con lo que mantienen su compromiso de defender Ceuta, como hizo Pedro de Meneses.

«Tras la muerte del Rey Sebastián I de Portugal, en 1578, —sobrino de Felipe II e hijo de Juana de Austria—, el Reino de Portugal se incorporó a la Monarquía Hispánica, tras una crisis sucesoria, en 1580», expone la historiadora María Lara.

Los portugueses encontraron la ciudad semiderruida e inservible, pero esto tampoco cambió durante su dominio, ya que permaneció así durante siglos.

En 1640, se produjo en Europa la oleada de revoluciones más amplia hasta la caída del Antiguo Régimen y Portugal se separa de España. «Ceuta no siguió a los lusos y prefirió mantenerse bajo la soberanía de Felipe IV», recalca la también historiadora y profesora universitaria Laura Lara.

No obstante, la ciudad optó por mantener las armas de Portugal en su escudo y su Bandera. En 1668 será cuando, finalmente, el tratado de Lisboa –entre ambos países— reconocerá la soberanía española sobre Ceuta.

En la fortaleza del Hacho hubo en todo momento una guarnición, de mayor o menor importancia. En el siglo X se construyó en lo alto una mezquita, con casa y cementerio, después se completaron aquellas construcciones con un bastión o calahorra —semejante a un pequeño palacio— y se instalaron silos, otros cementerios, cuarteles, campos de tiro o un observatorio; entre otras.

Una ciudadela moderna

En 1771 se rompe con la etapa de abandono que había tenido el fuerte hasta esa época y comienzan las obras de restauración para construir una ciudadela moderna, con el aprovechamiento de las murallas y torres que aún quedaban en pie.

En su interior se edificó un cuartel capaz de acoger a 300 hombres, junto a otros edificios. Desde esta etapa hasta la actual, se ha conservado prácticamente intacta la estructura de los edificios.

La intervención de Fernando VII contra los Constitucionalistas aconseja al comandante general a recluir a una buena parte de los presos políticos en la fortaleza. De este modo, el Hacho se convierte en un penal.

En 1910, el entonces Arma de Ingenieros instala un palomar militar en una de sus torres y en 1928 se inicia el proyecto para la instalación de la luz eléctrica y se incorpora la primera centralita telefónica.

Con la disolución del Regimiento Mixto de Artillería nº 8, en 1965, en la fortaleza quedó exclusivamente la batería K-3 y la prisión militar. No obstante, será en 1981cuando el Grupo de Artillería Antiaérea Ligera del Regimiento de Artillería Mixto nº 30 se instale en la fortaleza.

Su heredero, el Grupo de Artillería Antiaérea  II/30, ubicado sobre la columna de Hércules, mantiene viva la presencia del Ejército en el Hacho, erguido sobre una historia que aún no se ha terminado de escribir.