Se oye por radio: “autorizado”
Tcol. Norberto Ruiz Lima / Madrid
Cuando acabó todo, la cabo Porras recuerda que el resto de la noche, después de cuanto había sucedido, se le hizo larga, muy larga. Había empezado a llover, el agua entraba en el interior del vehículo, los restos de lo que iba a ser su cena andaban esparcidos sobre las cajas de munición por el suelo del blindado. Piensa que al otro lado del mundo la gente está tranquilamente en sus casas y, cuando el silencio lo envuelve todo, recuerda lo que han vivido.
Los pájaros de arena siguen volando aupados por un viento que se cuela por el valle, mientras el poder de la geografía lo esparce por las diferentes vaguadas que llevan a la localidad de Golestán. Y la cabo Porras recuerda…
Es 27 de noviembre de 2007 y es Afganistán. Desde luego, ya saben de lo que hablo. En el blindado “Dragón”, que es el de Mando y Plana Mayor de la 3ª Compañía del Batallón “Albuera”, del Regimiento de Infantería “Tenerife” nº 49, viajan el capitán, la cabo 1º Quintas, el cabo Dorta, la cabo Torres y ella. Todavía la noche está en calma y el aire refleja la inestable movilidad del cielo, donde se adivinan pequeñas lumbres en la distancia cuando las nubes despejan la inconstante movilidad de la luna, que es la misma para todos.
Todavía no han dado las ocho de la tarde cuando Almudena mira el reloj y piensa que igual, en un rato, puede hablar con casa usando el Thuraya. Mira al cabo Dorta y lo ve preparando la cena: pan afgano con chorizo de casa. Hay situaciones donde se duerme y se come cuando se puede, y se vive pensando en la misión; esta es una de ellas.
Están desplegados a escasos dos kilómetros de las montañas que cierran por el este el pueblo de Golestán, donde hay una comisaría. En total, son seis blindados: “Dragón”, “Brutus”, “Godo”, “Sandokán”, “Poni” y la ambulancia “Sierra”, que abren la operación “Pamir” en apoyo a la población afgana.
Los primeros cohetes
Pasadas las ocho, se escuchan los primeros cohetes dirigidos por la insurgencia contra la comisaría de Golestán, y también fuego de fusilería. El silencio de la noche se ha roto y la piel del mundo se rasga torcida en un lugar que parece lejano, pero que a esos soldados españoles les duele como si fuera su propia piel. Pronto, también oyen fuego de mortero contra la comisaría. Se aprecia que las fuerzas insurgentes están al oeste de la comisaría, pero aún no identifican claramente si en las montañas o en el mismo barranco. Imaginan que en la comisaría deben de estar pasándolo muy mal.
Por orden del capitán, la cabo Porras solicita por la IFTS (Sistema de Mando y Control de la misión ISAF) permiso para acudir en ayuda de la policía afgana. La espera, bajo la noche, como una enredadera, se hace larga; sabiendo que van a entrar en un cielo enemigo en el que las nubes y las estrellas que ellos están viendo se entrecruzan con las de los insurgentes, que eligieron la noche y esa geografía para atacar el pueblo de Golestán.
«Autorizado», suena por la radio. Todo ese tiempo de espera ha pasado lento para ellos, pero veloz para la insurgencia, que necesita de la sorpresa y la rapidez para llevar a cabo su plan de tomar la comisaría y asesinar a los policías afganos que la defienden.
El armamento, material y equipo lo han ajustado y preparado antes de empezar la misión. Van pertrechados sabiendo que allí no puede aventurarse nada al azar, que normalmente juega sus cartas, como la geografía, sin importarle el dolor propio o ajeno. Algún fragmento de la luna sigue de reojo las operaciones.
Cuentan munición y cargadores y se lanzan a la batalla con una primera orden: «Familia, llevamos mucho tiempo preparándonos para esto, en cinco minutos iniciamos movimiento. Punto de reunión en el collado que da acceso al camino hacia la comisaría. Vanguardia, “Godo”; retaguardia, “Brutus”. Sin luces». Y allá que se dirigen. Los soldados españoles llegan a las inmediaciones de la comisaría de Golestán a las 21.05 conociendo el adobe y las piedras del pequeño muro que la rodea.
Han desplegado en línea, el blindado de mando “Dragón” en el centro. La cabo Porras abre fuego con la ametralladora pesada, que sufría no pocas interrupciones y también había que luchar algunas veces contra ellas para que obedeciera a la orden de fuego. De vez en cuando se escuchaba un grito avisando: «¡Mortero!». La arena errante, cuyo color amarillo no podía verse en la oscuridad, anunciaba los movimientos de los insurgentes y su fuego, ya fuera con fusilería, cohetes RPG-7 o morteros.
Parecía que habían pasado como mucho cinco minutos, pero ya llevan más de una hora combatiendo. Se mueven constantemente para evitar presentar un objetivo estático; bien saben que el combate es fuego, movimiento y choque. El cabo Dorta localiza a personal, que no distingue si son insurgentes o policías escapando del fuego en la comisaría, en unas pequeñas cuevas excavadas en el barranco que pega a Golestán.
De repente, se escucha un avión que llega en apoyo a los soldados españoles. El piloto mantiene una conversación con “Sandokán”, indicativo del jefe de la II Sección de la Compañía, que sirve para que el avión informe al RC-W (Mando Regional Oeste) de cómo va el combate, pues por el momento no pueden intervenir, ya que se desconoce dónde están exactamente los miembros de la policía.
Desde la comisaría han dejado de responder al fuego. Los soldados españoles advierten que ya solo son ellos quienes disparan en dirección a las cuevas.
Hacia las 23.20, más o menos, dejan de disparar desde las cuevas y todos sospechan que los insurgentes se han replegado porque se han quedado sin munición, pues ha sido un combate tan intenso que, si los españoles no han parado de municionar, suponen que ellos han agotado la suya. El apoyo español ha sido esencial para que la comisaría pudiera rechazar el ataque cuando entró la noche en Golestán. A las 23.20 los insurgentes fueron desalojados de sus posiciones, huyendo. Ni los españoles ni los policías afganos sufrieron ninguna baja. El resto de la noche, la cabo Porras la recuerda larga, con lluvia…
