Entrevista a… josé manuel grandela

«SENTÍA UNA ILUSIÓN ENORME POR PARTICIPAR EN LA CONQUISTA DEL ESPACIO»

En 2019, se cumplió el 50º aniversario de la llegada del hombre a la Luna. España también ocupa su lugar en aquella hazaña, gracias a que el pueblo de Fresnedillas de la Oliva (Madrid) acogió una instalación (que era parte de la estación espacial, de la NASA, de Robledo de Chavela) desde donde se controló la actividad del famoso Apolo 11. José Manuel Grandela (Madrid, 1945) fue uno de los radiotelegrafistas españoles que trabajó para la agencia espacial norteamericana, en 1969. Todas las comunicaciones por microondas entre la Luna y Houston (y viceversa), pasaban por sus manos. Tenía la responsabilidad de que llegaran correctamente a su destino.

La relación que Grandela mantiene con el Ejército de Tierra es extensa desde hace décadas. Por ejemplo, es asesor y colaborador histórico del Museo del Ejército, del Instituto de Historia y Cultura Militar, la Academia de Ingenieros del Ejército, de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo y de San Fernando… Además, está en posesión de la Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, la Placa de Honor del Centro Internacional de Desminado y Mención Honorífica de los Premios Ejército en Humanidades (1998).

La llegada del hombre sucedió, en parte, gracias a España. Exacto. Durante 50 años, lo hemos ignorado y, cuando lo cuento en las conferencias, la gente se queda pasmada al saber que un grupo de españoles lo hizo posible.

Detras de José Manuel, hay una Bandera de EEUU que fue a la Luna y otra española que lo orbitó

Encontró el trabajo por un anuncio de un periódico. Cambió mi vida completamente. A mí, me parecía que ese anuncio era para superdotados. Me acababa de casar y había conseguido llevar a mi mujer en un naviero extranjero (porque en los españoles no podía ir a bordo). Yo era un mero oficial de un barco mercante que nunca pasaba por España, pero dio la casualidad de que recibió un telegrama en el que se pedía ir a Valencia porque había una carga muy importante. Nada más llegar, mi mujer fue a una cabina telefónica para avisar a la familia de que estábamos bien. Pasó por un kiosko y compró un periódico, vio el anuncio y me obligó a llamar porque decía que cumplía los requisitos. Llamé y mantuve una conversación en inglés, en la que me dijeron que fuera al día siguiente, pero estaba embarcado como oficial telegrafista y no podía dejarlo. A los 15 días me entrevistaron presencialmente, y me hicieron más exámenes y pruebas.

Fue una suerte que estuviera en Valencia… Y que ella tuviera esa cabezonada. Si llego a estar solo, ni se me ocurre.

En la entrevista, le preguntaron si le gustaba “cabalgar en París”. ¿Era parte de un psicotécnico? Dos norteamericanos, con diferente acento, examinaban con argot callejero, para ponerlo muy difícil, por lo que tenías que estar preparado. Yo les contesté extrañado a esa pregunta; lo que querían era que te dieras cuenta. También me preguntaron qué tipo de ruido hacen las ballenas cuando están en celo. Yo ponía cara de asombro y me preguntaba: “¿Esto qué tiene que ver?”.

¿Cómo fue cuando llegó a la estación de Fresnedillas? No sabía que me encontraría con un mundo de ciencia-ficción, porque todos los equipos eran de diseño exclusivo de la NASA para sus misiones espaciales, con lo cual, no estaban en la calle ni se habían estudiado en ninguna universidad.

¿Había personal militar? No, tanto los norteamericanos como los escasos españoles éramos civiles. Aunque se daba el caso de que la mayoría de los norteamericanos habían adquirido sus conocimientos técnicos sirviendo en las Fuerzas Armadas de su país.

Desde que le contrataron hasta que despegó el Apolo 11, ¿cuánto tiempo pasó? En mi caso fueron dos meses, aunque lo normal eran seis. Debías estudiar en profundidad el Programa Apolo. Era ambicioso y a mí me entusiasmó, como Las mil y una noches, pero mejor. Contaba que habría 20 Apolos (aunque solo hubo 17) y, a continuación, se crearía e instalaría una ciudad en la Luna, permanentemente habitada.

Un sueño. Sí, lo estudiamos con detenimiento. Todo empezó como una carrera espacial contra los rusos y el reto de ver quién llegaba antes. Con 23 años, aquello me pareció magia, pero no lo llevaron a cabo en su totalidad por diversas circunstancias.

30 segundos antes de que el Apolo 11 alunizara, quedaba muy poco combustible. ¿Qué pasó? No se llegó a terminar porque alunizó en 17 segundos. Además, estábamos muy preocupados porque la superficie de la Luna no coincidía con la que habían memorizado los astronautas viendo fotos de anteriores vuelos, por lo que no estaban donde debían. Neil Armstrong tenía un botón con el que podía invertir la maniobra. Por eso, quitó el piloto automático (es decir, las directrices que daba el ordenador de a bordo) porque no se fiaba, cogió el joy stick y buscó un sitio para alunizar. Todo lo que veía eran cráteres muy profundos (no estaban autorizados por el riesgo que podían correr) o suelo totalmente pedregoso. Finalmente, cuando las varillas de la nave tocaron el suelo, a nosotros se nos encendió una luz que nos daba la señal de que habían llegado.

Al final, todo salió bien. Nos quisimos abrazar y dar palmas, pero no teníamos fuerzas. Llevábamos ocho horas sin despegar la vista de nuestros respectivos equipos. Si no salía de acuerdo con lo que estaba planificado, algo estaba yendo mal. Eso te obligaba a analizar tus equipos porque, todo lo que pasaba, llegaba a España medio segundo antes que a Houston, por la distancia con la Luna en esos momentos. Además, grabábamos todo por si acaso.

¿Conoció a los tres astronautas? He tenido la suerte de hablar con Armstrong y Aldrin. Como yo lo había vivido, eso también les abría. Le dije a Armstrong que sabía muchas cosas sobre él, como que al pisar la Luna tenía 158 pulsaciones por minuto. Lo estábamos viendo con los equipos, que nos daban el electrocardiograma, por si había que decirles que volvieran a la nave porque estaban arriesgando su seguridad. Además, a Aldrin le volví a ver en el décimo aniversario, en España.

¿Cómo le ha influido lo que pasó en 1969? Gracias a unas circunstancias imprevisibles, mi vida derivó de los mares a los cielos. Otros compañeros veían el trabajo de forma rutinaria, sin emoción. Yo, en cambio, sentía una ilusión enorme por participar en la conquista del Espacio. Con mi edad, aquella experiencia profesional me emocionó mucho y la guardé en la memoria. Medio siglo después, me acuerdo perfectamente de todo. Lo viví mucho.

¿Cuándo fue la última vez que “estuvo en la Luna”? Recordando cualquiera de estos hechos o cuando se lo cuento a mis nietos y me dicen: “Abuelo, cuéntamelo, ¿tú hacías eso?”. Ver sus caras de ilusión… Me han obligado a ir a todos sus colegios porque no se creían que su abuelo trabajaba para la NASA (ríe).

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