ENTREVISTA A… MARTÍN FIZ/ATLETA

“Tengo que participar al menos en una edición de los 101 km. De Ronda”

Ana Vercher / Madrid

Martín Fiz (Vitoria, 1963) tenía, desde niño, todas las cualidades precisas para convertirse en un deportista de élite del atletismo: una musculatura privilegiada y la perseverancia necesaria para no tirar la toalla en los momentos de flaqueza. A estos dones naturales, se les unieron el trabajo duro y la ilusión con la que ha encarado toda su carrera y que le han llevado a ser campeón de Europa y del mundo de maratón. Pionero de esta disciplina en España, Fiz puede presumir de palmarés y de ser el primer atleta del mundo en ganar, en la categoría de veteranos/máster, los seis maratones más importantes del mundo —conocidos como los Six Majors—, algo que lograba en 2018, tras vencer en Londres.

Martín Fiz

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Su relación con el mundo castrense comenzó cuando hizo el servicio militar y, desde entonces, no ha parado de participar en encuentros deportivos y benéficos militares. El último ha sido el  I Cross Solidario “El Héroe”, celebrado el 7 de junio en la base “General Menacho” en Bótoa (Badajoz) y organizado en favor de la Asociación Princesa Rett, dedicada a dar visibilidad e impulsar la investigación del Síndrome Rett.

¿Desde cuándo es aficionado a correr? Siempre me han gustado los deportes, pero concretamente correr lo hago desde que tengo 12 años. Me lo pasaba bien y veía que tenía talento para eso. Entrenaba como aficionado, pero pronto empecé a ganar campeonatos.

Y aquel niño de 12 años que entrenaba por diversión, ¿creyó alguna vez que iba a llegar tan lejos? No, al principio era un hobby. Luego ves a tus ídolos y empiezas a tener muchos sueños. El mío era participar en unos Juegos Olímpicos y lo cumplí, representando a mi país en los de Barcelona 1992.

Ha probado, y con éxito, otras disciplinas como 3.000 metros obstáculos o cross. Sin embargo, se decantó por el maratón. ¿Qué tiene de especial? El maratón te hace conocerte mejor, busca tus límites y te provoca sentimientos que desconocías. Hay momentos duros, como en el kilómetro 35, cuando crees que no vas a ser capaz de terminar la carrera, pero luego te das cuenta de que no hay límites y que puedes hacer cualquier cosa.

Sus éxitos popularizaron el maratón en España, marcando un antes y un después y abriendo camino a otros atletas. ¿Qué diferencias encuentra entre cuando empezó y hoy en día? Es cierto que he sido embajador español del maratón y estoy contento por ello, pero, sobre todo, me encanta ver cómo se ha creado afición y hay tanta gente que practica running. A la gente le gusta correr, se lo pasa bien y es una válvula de escape. Además, antes éramos muy pocos y casi todos hombres; hoy  en día son muchas las mujeres que se han incorporado a este deporte.

¿Qué les aconsejaría a aquellos que quieren dedicarse al atletismo profesionalmente? Que hay que tener mucha perseverancia, humildad y talento, con una buena musculatura y unos hábitos de vida saludable. Pero, también, algo de suerte que te acompañe a la hora de no tener lesiones importantes.

Con un extenso palmarés, en el que destaca el ser campeón de Europa (Helsinki 1994), campeón del mundo (Gotemburgo 1995) y el primer atleta en lograr los Six Majors en la categoría de veteranos/máster, ¿quedan cosas por hacer? Siempre hay metas y retos. Es un privilegio que tu afición sea tu profesión y yo no concibo la vida sin correr. Me ilusiono cada vez que voy a una competición y trabajo por estar en buena forma física y emocional. En noviembre voy a participar de nuevo en el Maratón de Nueva York y también ese mes correré el Maratón de Atenas junto a Abel Antón, para conmemorar el 25º aniversario de su oro y mi plata logrados en los Mundiales de 1997. Pero esta vez no seremos rivales, sino que entraremos de la mano y rodeados de todos aquellos aficionados que quieran acompañarnos.

De todos los premios y reconocimientos que le han dado, ¿cuál recuerda con más cariño? El Premio Príncipe de Asturias de los Deportes 1997 al equipo español de maratón. Es el premio más importante en este ámbito, el Óscar del deporte, en el que se pone en valor toda una trayectoria.

Actualmente se encuentra vinculado al atletismo no solo practicándolo sino, también, con otras actividades como la organización del Maratón Martín Fiz, que ya lleva 19 ediciones, su asesoramiento en la empresa deportiva StarDreams o su tienda RunningFiz en Vitoria. ¿Cuál es la razón de ser de estos proyectos? Me gusta contar mi experiencia a otras personas y contribuir en lo que pueda aportarles. Este deporte no es fútbol, no está tan extendido. Aquí hay que buscarse la carrera profesional, así que quiero ayudar a otros a entrenarse, de una forma didáctica y divertida, y extender aún más la cultura del running. Estoy especialmente contento con el Maratón Martín Fiz, que se ha vuelto a celebrar en mayo en Vitoria y donde han participado más de 2.000 personas. Me gusta involucrarme en la prueba y participar con la gente cada año.

¿Qué relación tiene con el mundo castrense? Hice el servicio militar en 1988 y fue una bonita experiencia. Tengo un buen recuerdo porque, además, me dejaban entrenar y competir, y eso me permitió seguir en esto de manera profesional. También ayudaba a la gente de mi compañía en las carreras y mi capitán me valoraba. He conocido a muchos militares en los campeonatos, sé que se preparan muy bien, y he participado en algunas competiciones de ámbito militar. Siempre he dicho que, al menos, tengo que participar en una edición de los 101 km de Ronda. Un año tengo que estar con ellos.

¿Qué opinión tiene del Ejército de Tierra? Buena. Siempre he pensado que el Ejército debía existir y ser como es ahora: profesionalizado. Hoy en día los militares son profesionales de lo suyo, y la verdad es que los valoro positivamente.

Para terminar, ¿cómo le gustaría a Martín Fiz ser recordado? Como un hombre que lo da todo por su país y por el deporte. Que dentro de haber conseguido ser un campeón en el ámbito deportivo, es una persona normal y humilde.

HISTORIAS DE SOLDADOS

Los once de Dubái

Tcol. Norberto Ruiz Lima (DECET) / Madrid

Todas las misiones esconden su verdad. Todas las misiones necesitan su tiempo de preparación y de resistencia. Pero algunas misiones se hacen grandes en los detalles pequeños y, sin precisar fórceps de cirujano, parece que bogan sin dificultad. Aunque nada es producto del azar, sino de un engranaje bien trabado que se hizo fuerte en el pasado para ser necesario en el presente. Es agosto de 2021 y con una llamada de teléfono se pone en marcha la operación NEO (Non-combatant Evacuation Operation). Van a sacar a civiles no combatientes de Afganistán, pues sus vidas con la nueva situación sobrevenida están en peligro.

Empieza a anochecer y Rafa, Carolina, Carlos, Luis, Juan, Ramsés, Marín y Fernando, pertenecientes al Regimiento de Operaciones de Información (ROI)
nº 1, mientras están municionando en los hangares de la base aérea de Zaragoza
—donde solamente se oye el sonido de los cartuchos entrando en los cargadores—, recuerdan que hace unas horas se han enterado de que parten de misión. Desde este momento, comerán, dormirán y trabajarán juntos todos los minutos del día. Se les ha unido personal de Sanidad del Mando de Operaciones Especiales y de la Brigada Paracaidista, tres en total: Juan, Alicia y Jorge. Suman once. Serán los once de Dubái, pero todavía no lo saben. Por ahora, mientras municionan creen que su destino es Kabul, cuyo aeropuerto está en todos los telediarios mientras civiles desesperados intentan subir a un avión, aunque sea en sus alas.

Se les vienen a la cabeza las imágenes de hace un día mientras estaban con su familia de vacaciones, alguno de ellos en la playa. Todos aceptan la realidad, que no es otra que embarcar en un A-400 con destino a Afganistán. Nunca han usado el valor para cuestionar una orden, sino para cumplirla. Cada componente del equipo tiene una capacidad; este es el informático, comunicaciones y redes; ellos son expertos en cooperación cívico-militar (CIMIC); otros son combat cameras; otros son médicos y sanitarios; este es… Lo que se dice un equipo.

Aterrizan mientras amanece en Dubái. Es 17 de agosto y creen que van a repostar durante dos horas. En ese tiempo, Fernando, jefe de la misión, recibe una llamada y toda la operación gira dando un cambio drástico. Se ha decidido organizar un puente aéreo Kabul-Dubái y Dubái-Torrejón. La misión ahora es cubrir las necesidades del personal civil que es evacuado de Kabul y realizar una segunda filiación en Dubái, aprovechando toda la experiencia en cooperación cívico-militar que atesora el ROI 1.

El primer vuelo de afganos evacuados llega de noche. Como un navío al que obligaron a surcar por mares peligrosos y encuentra aguas tranquilas, el avión A400 toma tierra en el aeropuerto de Dubái y de él sale gente cansada y triste que lleva toda su vida en bolsas de plástico o en mantas atadas a modo de hatillo. Gente que también son hijos del mundo, un cosmos por sí mismos, en una situación que de puro ilógica parece inaceptable, pero que se ha convertido en real. Allí, los once de Dubái se dan cuenta, mirando sus ojos, que no somos solo lo que tenemos, sino que también somos todo cuanto hemos perdido; que las voces afganas que oyen son también sus voces; y que tienen que explicarles que después de ese arduo viaje tienen que volver a embarcar en otro avión. Al mediodía la pista rondaba los 50 grados centígrados.

Se da la señal para comenzar, y así con todos los vuelos que van llegando. Se afilia a todos a pie de pista con unas mesas improvisadas con cajas y, sobre ellas, un ordenador que tiene enlace directo con España. Se realiza un primer reconocimiento y se da apoyo médico a todo aquel que lo necesite, comenzando por las embarazadas y los niños. Alicia y Juan, la ATS y el médico del equipo, atienden a los afganos. Jorge está al pie de la escalera sobre la pista a 50 grados al sol: está repartiendo material sanitario. Como el sol no entiende que este momento no es tiempo de ponerse bravo, cuando puede Jorge se refugia bajo el ala del avión. Se entregan bolsas de comida halal. Se ha estudiado hasta el mínimo detalle. Las familias deben ir unidas y, si por casualidad algún integrante viniera en otro avión, se le abrirá la ficha para que pueda reencontrarse con sus familiares en España. En los asientos, las mujeres no pueden sentarse con varones que no son de su núcleo familiar. Carolina se extraña de que muchas de ellas quieran ir al baño del avión para cambiarse y ponerse ropa más occidental.

Rafa, Luis, Juan y Carolina, los de CIMIC, van como locos cuando hacen los recuentos: «Nos falta gente, cuenta otra vez. ¡Llama al intérprete!». Miran por todos lados y descubren que los niños en cualquier parte del mundo son niños cuando viven una aventura de este calado: «Tío, hay niños debajo de los asientos, ¡estamos todos!».

Carlos toma imágenes de todo lo que ve: es su misión. Eso cuando no lleva a un niño en brazos para que no se queme los pies en la pista. Para evitar esa quemazón se han puesto mantas en el suelo y en la escalera de subida al avión. Sus imágenes y vídeos aparecerán en numerosos medios de comunicación, alguna portada de periódico incluida. Juan se asegura de que todo llegue a su destino y cubre las necesidades de la prensa. Los de CIMIC continúan poniendo orden en el caos del embarque, y Fernando, bueno, Fernando tiene su propia misión atendiendo a los teléfonos y ejerciendo el mando en aquel lugar del mundo y en aquellas circunstancias.

Pero no quedaba ahí la misión; no solo CIMIC, no solo cámaras, no solo afiliación. Sobre las 17.30 se recibe la orden de que hay una necesidad urgente en Kabul de 500 bolsas de comida. «Necesitamos 500 menús para las 20.00, y ¡son las 18.00!». «Nos ponemos con ello», contesta Ramsés.

Inmediatamente se ponen en contacto con un proveedor local. El proveedor se echa las manos a la cabeza: «¿Para las 20.00 horas 500 bolsas de comida? It’s impossible». «Nothing is imposible», contesta todo el ROI. «Tú trae la comida como sea, nosotros nos encargamos del resto». Y allí estaban los once en el autobús, camino del aeropuerto, embolsando y repartiendo la comida para hacer 500 menús; y a pie de pista, y en la misma escalera del avión. Las 500 bolsas, esa comida tan necesaria, llegaron a Kabul, porque para eso estaban allí los once de Dubái.

LOS ONCE DE DUBÁI

Teniente coronel Cid

Brigada Mompel

Sargento 1º Samper

Sargento 1º Amorín

Sargento 1º Abadía

Sargento Marín

Soldado Alonso

Soldado Pascual

Teniente médico Díaz

Teniente ATS Alicia

Brigada Jorge

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