Maestro en autocontrol

Conocer a…Comandante Robles

Artes marciales
Ha participado en la redaccióndel Manual de Combate Cuerpo a Cuerpo del Ejército de Tierra

EL COMANDANTE ROBLES  diplomado en Operaciones Especiales, dio el salto al de­porte «por vocación personal y trasferen­cia de valores entre la milicia y el deporte».
Ya de profesor en la Escuela Central de Educación Física (ECEF) del Ejército —seis años al frente del Área de Defensa Perso­nal—, se doctoró en Ciencias del Deporte, en la Universidad Autónoma de Madrid, y cursó un máster en Investigación en Cien­cias del Deporte, en la Universidad de  Castilla-La Mancha; también es autor de
varios libros y manuales, así como de nu­merosos artículos; monitor de natación, atletismo, baloncesto y esgrima; ha sido director técnico del Campeonato de Judo del Ejército y delegado del Equipo de Judo del Ejército; practica y es maestro entre­nador nacional de jiu jitsu, defensa perso­nal, kárate, bu jutsu, sambo, aikido… Su in­terés se centra sobre todo en el combate cuerpo a cuerpo y en la defensa personal, de hecho ha participado en la redacción del Manual de Combate Cuerpo a Cuerpo del Ejército de Tierra… Semejante currícu­lum intimida un poco, ¿verdad?

Sin embargo, aquellos que conocen al comandante Robles aseguran que es un hombre tranquilo, que transmite sere­nidad. Él mismo asegura que las artes marciales, «me han aportado estabilidad, seguridad y equilibrio emocional, prin­cipalmente». Esto que, a primera vista, podría resultar paradójico tiene una ex­plicación: «Recientes investigaciones en Neurociencia indican que la felicidad es “la ausencia del miedo”. Desde este pris­ma, el entrenamiento modulado de artes marciales nos enseña a gestionar el es­trés, a la vez que nos prepara para poder defendernos físicamente. Esta capacidad superior de defensa nos permite mejorar en el autocontrol, venciendo los miedos —a menudo psicológicos— que tenemos, lo que al final nos permite gestionar estas situaciones con mayor templanza y, por tanto, permitiéndonos ser más felices en nuestra vida, y disfrutar de las relaciones sociales», asegura el oficial.
Al final, uno de los mayores beneficios de las artes marciales no es tanto defender­nos de las agresiones físicas como de las pequeñas agresiones psicológicas que recibimos a diario de compañeros, fami­liares, amigos… «El poder gestionar estas emociones nos enriquece como personas y nos permite contextualizar determina­das agresiones.  A la vez, como militares, nos prepara para las situaciones más peli­grosas en las que nos podemos encontrar a vida o muerte», matiza el comandante Robles.
En cuanto a su práctica por parte de per­sonas poco estables o agresivas, el pro­fesor de la ECEF considera que lo deter­minante es el enfoque: «Los deportes de contacto aumentan el grado de agresivi­dad intrínseco y extrínseco, mientras que las artes marciales, en un contexto más amplio que el mero entrenamiento de lu­cha, dan como resultado una modulación del grado de agresividad a partir de los seis meses de entrenamiento. No es que la pierdan, sino que son más capaces de canalizarla, y utilizarla solo en caso estric­tamente necesario».

IV CENTENARIO DE LA MUERTE DE CERVANTES

Un año con el más humano de los infantes

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Este año es tiempo de efeméride con mayúscula, de aniversario, de volver a ca­balgar con ese Alonso Quijano o Quesada o Quijada, que alguna vez se creyó don Quijote. Este año se cumple el cuarto cen­tenario de la muerte del heroico soldado lisiado en Lepanto; el que, según Antonio Buero Vallejo (ganador del premio Cer­vantes en 1986), afrontó con brava entere­za cinco durísimos años de cautiverio, y que cuando las decepciones le royeron, hubo de enfrentarse al fin, con las ostentosas armas de la risa y el puñal penetrante de la tragedia, al país y al mundo en los que, según Vives, no se podía hablar sin peligro.

Miguel de Cervantes nos pertenece a to­dos porque terminó siendo, a pesar de sus terribles experiencias, el más huma­no de los hombres; y porque su lucha y el Quijote son, entre otras cosas, como escri­bió Juan Carlos Onetti (premio Cervantes, 1980), un ejemplo supremo de libertad y de ansia de libertad.

Cervantes es de todos, y todos podemos apropiárnoslo, pues en cada una de sus páginas nos repite lo mismo. Si tienes pues­to en hora el corazón, puedes cambiar el mundo. Puedes hacerlo justo. Puedes ha­cerlo libre. Es cuestión de intentarlo y hay que atreverse a ello. Su lectura tiene una acción liberadora, y esta liberación es la primera de las razones que han hecho de Cervantes nuestro contemporáneo, tal como reconoce Luis Rosales (premio Cervantes, 1982).

Así pues, nuestro contemporáneo, el viejo soldado de los Tercios, tierno, des­amparado, andariego, valiente, quijotes­co, según Sábato (premio Cervantes, 1984), este año viajará en el periódico Tierra de la mano de escritores, profe­sores y todo ese tipo de gente que es capaz de hacernos vivir, como Cervan­tes a don Quijote, entre la realidad y la imaginación para conformar el mundo tal como realmente es.

Miguel de Cervantes
Miguel de Cervantes

CERVANTES, EL TIEMPO DEL SOLDADO

José Calvo Poyato, escritor y doctor en Historia

Siempre se sintió orgulloso de haber sido soldado. El propio Cervantes nos lo dice en el prólogo a sus Novelas ejem­plares cuando, además de autorretratarse como persona “de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembara­zada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien propor­cionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados, y peor puestos por­que no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies”, alude a la herida que recibió en la batalla de Lepanto y que le dejó parcialmente tullido para el resto de su vida, aunque la expresión “manco de Lepanto”, con que nos ha sido presentado en ocasiones, no responde a la veracidad de lo ocurrido porque nunca le fue amputado el brazo ni las heridas le impidieron en los años siguientes seguir ejerciendo como soldado. Se sentía pagado de esa herida a la que tenía “por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes ni esperan ver los venideros... militando bajo las victoriosas banderas del hijo del rayo de la Guerra, Carlos V, de felice memoria”. 
Como soldado, Cervantes fue honrado y valiente, virtudes que exalta en más de una ocasión en el Quijote. Una valentía y honradez que puso de manifiesto en un hecho menos conocido que las heridas de arcabuz que recibió en pecho y brazo en Lepanto. Nos referimos al hecho de que en vísperas de aquella batalla, Cervantes se encontraba enfermo, estaba aquejado de fiebres. Su capitán y compañeros le instaron a permanecer a cubierto durante el combate. Se negó replicándoles que prefería morir luchando por su Dios y por su rey que estar a resguardo mientras sus compañeros de armas arriesgaban su vida. Pidió a su capitán combatir en el sitio de más riesgo y peleó en el esquife. 
Como hemos apuntado más arriba, en Lepanto no pararon sus acciones como soldado. Después de reponerse de las heridas de aquella memora­ble jornada en un hospital de Mesina, participó en varias operaciones, siempre en las costas mediterráneas. En 1572 estuvo en Navarino, donde una mala planificación llevó a la derrota y a la descomposición de la Liga Santa, organizada para luchar contra los otomanos; y en 1573 participó en las acciones de Corfú, Bizerta y Túnez, siempre como soldado de la compañía del capitán Ponce de León, una de las del tercio de Lope de Fi­gueroa. Fue un soldado “mediterráneo” que luchó contra los otomanos, pero fue también contemporáneo de otras empresas en alguna de las cuales intervino, aunque sin tomar las armas. Participó en la operación de abastecimiento de la Gran Armada que Felipe II mandó contra la In­glaterra isabelina y será contemporáneo, durante los años que transcu­rren entre la aparición de la primera y segunda parte del Quijote (1605­1615), del tiempo de transitorio sosiego que se vivió en esas fechas en lo que se refiere a las grandes confrontaciones europeas, tras las paces de Vervins y Londres, y una tregua como la de los Doce Años. No hay dudas de que cuando murió, en 1616, tenía conciencia de haber sido testigo de algunos momentos de gran trascendencia histórica en los que había to­mado parte.
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IV Centenario de la muerte de Cervantes

 

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