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ENTREVISTA A… JOAQUÍN ECHEVERRÍA, padre del héroe del monopatín

Ignacio, al igual que los militares, sabía cuál era su misión

Texto: Felipe Pulido / Madrid

Fotos: Sdo. Iván Jiménez (DECET)

Ignacio Echeverría era un luchador nato frente a las injusticias y se aferraba a unos valores muy sólidos, hasta el punto de entregar su vida para salvar la de otra persona. Sin armas, más allá de su monopatín, hizo frente a los terroristas durante los atentados del 3 de junio de 2017 en Londres. ¿Un héroe? No, un ser humano de carne y hueso. De este modo quiere que se le conozca su padre, Joaquín Echeverría (Montoro, Córdoba,1950), a través del libro Así era mi hijo Ignacio. El héroe del monopatín, publicado en 2019 y que ahora ha querido compartir también con el Ejército de Tierra.

El Palacio de los Consejos, sede de la Dirección de Acuartelamiento, acogió, el 22 de junio, la presentación de este libro que acerca al lector la figura de Ignacio Echeverría… ¿Por qué es importante que los militares conozcan esta historia?

Estoy haciendo un esfuerzo para dar a conocer las circunstancias de la muerte de Ignacio, y también su vida. Creo que para la sociedad en general puede ser útil, pero, para el Ejército, que entraña unos valores como institución, puede servir de ejemplo. Me gusta que las Fuerzas Armadas presten atención a esta historia y estoy seguro de que a Ignacio también le hubiera gustado.

¿Qué es para usted el valor?

No sé si es fácil de definir. El saber controlar las emociones en momentos en que, bajo presión, se está imponiendo el miedo o el terror, y superar esos límites que siente toda persona sana. Es una muestra de respeto hacia uno mismo.

Se entiende que ha necesitado mucho valor para contar esta historia. ¿En qué momento decide escribirla?

En un principio, me dedico a recabar información sobre Ignacio de publicaciones de personas que no le conocían. Por eso, llega un momento en que me parece importante que hablemos los que estuvimos más cerca de él, para evitar recrear el perfil de una persona que no existió.

Hubo días de incertidumbre en los que estuvo desaparecido, hasta que se confirma la trágica noticia…

Tuvimos cinco días para mentalizarnos de su muerte, aunque inicialmente pensábamos que podría estar vivo. La periodista Isabel Durán me sugirió dar entrevistas para ayudar a localizarlo cuanto antes. A lo largo de esas conversaciones con los medios comprobé que había que ser cuidadoso con lo que estaba pasando. Me parece que es mucho más trascendente el fenómeno del terrorismo que la pérdida de Ignacio, porque su muerte es solo una parte de este.

¿En quién se apoyó en esos momentos?

Estábamos todos juntos y muy atendidos. Cuando llegamos a Londres, me preocupaba la desaparición de Ignacio, pensaba que estaba vivo y podría sentirse muy solo y desconsolado. Cuando supimos que estaba muerto, para mí fue una tranquilidad, porque sabía que ya no sufría. Me preocupaba que hubiera muerto desesperado, pero cuando vi su cadáver, con el gesto de una persona serena, me consolé y pensé: «Cumplió con su vida, murió bien y no lo hizo desesperado».

¿Cómo era realmente Ignacio?

Hay personas que tienen una habilidad especial en algunas facetas, pero él no era el más inteligente del mundo, ni el más atlético, sino una persona común, que intentaba conocerse a sí mismo. Era tremendamente cariñoso y cultivaba mucho las relaciones familiares y la amistad. No obstante, era muy excluyente con las malas conductas: si veía cosas que no le gustaban, se apartaba y no quería saber nada. Tenía unos valores.

Cuando vi su cadáver, me consolé pensando que no había muerto desesperado

Algunos lo denominan héroe, pero a usted no le gusta esa calificación…

Yo no quiero que de mi boca salga que Ignacio era algo excepcional. Tuvo una acción que produjo asombro a mucha gente, porque hizo algo singular. Toda la vida se la pasó intentando mediar en los conflictos, exponiéndose muchas veces y con repercusiones negativas para él. Fue lo que hizo aquella vez: se puso a mediar entre unos terroristas y unas víctimas, que estaban siendo asesinadas.

El monopatín que utilizó para hacer frente a los terroristas se ha convertido en un símbolo y ha sido donado al Centro Memorial de las Víctimas, en Vitoria, ¿Qué significa para su familia?

Él manejó muchos monopatines a lo largo de su vida. Pero con el que se apoyó para defender a aquellas personas fue con el que murió. A los que visiten el Centro Memorial les puede gustar. Siento alegría de que esté expuesto ahí. Para mí, Ignacio está presente en su ser y en su conducta, las cosas materiales no son importantes.

Hay militares en misiones que algunas veces dan su vida por los demás.¿Es igualmente aplicable a Ignacio?

Los militares están en sitios donde hay un riesgo permanente. Ignacio, sin embargo, se encontró con una situación poco probable. Se había condicionado a sí mismo, porque en el atentado de Westminster, en marzo de 2017, murió un policía mientras el otro se quedó en el coche. Ignacio decía que, si él hubiera estado allí, ese policía estaría vivo. Esa reflexión le condiciona y le obliga a actuar como lo hizo. Él sabía lo que tenía que hacer, como los militares que van a una misión saben también lo que tienen que hacer.

Tenían familia militar…

Los cuatro hijos de mi abuelo fueron oficiales, y dos de ellos decidieron seguir en el Ejército hasta llegar a la reserva como coroneles. Joaquín Echeverría, mi tío, era uno de ellos, y pasó a la historia porque hizo el primer salto con paracaídas en modalidad militar. En Alcantarilla (Murcia), hay una placa que lo recuerda.

La actuación de Ignacio ha merecido numerosos reconocimientos, tanto en España como en el Reino Unido. ¿Han sentido el cariño de la sociedad?

Las muestras de cariño son inmensas. La muerte de Ignacio se puede interpretar como la muerte de un estúpido que se expuso por defender a personas que ni siquiera conocía, pero afortunadamente lo que ha trascendido en la opinión pública es que lo que él hizo es digno de admiración y tiene mérito. Eso es de agradecer.

¿Qué mensaje le transmitiría a su hijo, que nunca pudo hacerlo?

Le diría que estuvo bien (emocionado). Aprobaría su acción.

ENTREVISTA A… SONSOLES ÓNEGA

Echamos de menos la vocación de los militares en otros ámbitos públicos

Texto: Felipe Pulido / Madrid

Fotos: Stte. José Hontiyuelo (DECET)

Sonsoles Ónega (Madrid, 1977) es una reconocida periodista que cuenta con la publicación de varias novelas. En esta ocasión, ha cambiado el plató de su programa habitual Ya es mediodía, en Telecinco, por el Salón Goya del Palacio de Buenavista, sede del Cuartel General del Ejército.
En este insigne lugar se reúne con tres mujeres militares y trata de acercarse a la historia de cada una de ellas mediante una entrevista que el Ejército emitió el 8 de marzo, con motivo del Día Internacional de la Mujer. La periodista relata para Tierra algunas de las impresiones del encuentro.

Ha tenido la oportunidad de entrevistar a tres mujeres militares de diferentes empleos (capitán, sargento 1º y soldado), ¿cuál es su impresión, tras conversar con ellas?
Fue una experiencia maravillosa porque descubrí a tres mujeres que llegaron al Ejército por caminos muy distintos, pero las tres comparten la misma pasión y entrega. Mujeres con vocación de servicio. ¡Echamos de menos tantas veces esa vocación en lo público!

Como profesional de la comunicación, ¿qué es lo que más valora de la labor que desempeña el Ejército español?
No tengo que hacer un gran ejercicio de memoria para valorar el papel del Ejército durante esta pandemia o durante las catástrofes naturales. Llegan donde parece imposible llegar. Los ciudadanos lo han visto y creo que, más que nunca, saben que un Ejército profesional es imprescindible no solo para la defensa de un país o para las misiones internacionales sino, también, para la vida cotidiana de la gente.

Si tuviera que resumir con un titular la labor realizada por las Fuerzas Armadas en su lucha contra la COVID-19, ¿cuál sería?
“Las Fuerzas Armadas nos rescataron del infierno”. Estoy segura de que muchos de nuestros mayores sintieron eso cuando los vieron llegar a las residencias o desinfectar hasta las aceras.

Desde 2018 dirige el programa Ya es mediodía, en Telecinco, ¿qué implica presentar un programa como este?
Es una responsabilidad diaria. La televisión sigue siendo un medio poderoso, que llega a millones de personas, y debemos ser muy rigurosos con los mensajes que trasladamos, con las opiniones y los testimonios.

Lleva más de 20 años en la profesión…
Mi trayectoria fue muy lineal durante los primeros 18 años; trabajé siempre en la televisión y en la calle, como reportera de tribunales y corresponsal parlamentaria. Sin embargo, en 2018 dio un giro con la oportunidad de presentar Ya es mediodía, y ¡ahí sigo! Cada día es un reto.

Como corresponsal parlamentaria vivió una etapa apasionante…
Quizá hayan sido los años más enriquecedores desde el punto de vista periodístico, porque estar en el Congreso implica cierta especialización en todos los partidos. Es el epicentro de la política, escuchas los argumentos y las opiniones de todos y descubres que nadie atesora la verdad absoluta.

¿Con qué momento se quedaría o cuál ha sido la noticia que más le ha gustado dar?
¡Aún no la he contado! La investidura de una mujer como presidenta del Gobierno. Pero todo se andará. Dicho eso, y pese a la dureza extrema, informar de la pandemia durante los casi 100 días de confinamiento ha sido un reto extraordinario para mí y para todo mi equipo. Hemos sufrido juntos, hemos vivido el miedo al contagio y hemos intentado ser lo más honestos posible.

Una familia de periodistas: su padre, su hermana…
Sí. No tiene mucho mérito ser periodista. Lo hemos “mamado” en casa. Compartimos la pasión por un oficio que, pese a que es duro y muy esclavo, es apasionante.

¿Cómo considera que está el periodismo actualmente?
Creo que no vive su mejor momento por mil motivos, pero sobre todo por uno: las prisas lo devoran. Sacrificamos muchos principios básicos por contar la noticia antes que nadie, por ser los primeros… y, a veces, nos equivocamos. Dicho eso, más que nunca el periodismo es imprescindible en una sociedad invadida de informaciones no siempre contrastadas y de noticias falsas que contaminan el criterio del ciudadano.

El periodismo es imprescindible en una sociedad invadida por las fake news

¿Hacia dónde avanza la profesión periodística?
Debe avanzar hacia sus esencias. Y, ¡ojo!, eso no significa vivir de espaldas a los nuevos formatos o a las nuevas autopistas por las que discurre la información. Lo más importante es que el ciudadano sepa y valore que la información no puede ser gratis. Detrás de una noticia no solo hay un periodista, ¡hay todo un equipo!, que tiene la costumbre de comer tres veces al día. Lo conseguiremos. Es mi deseo.

Ha dirigido o participado como invitada en otro tipo de programas como La casa fuerte. ¿Con qué formato televisivo se siente más cómoda?
Donde más cómoda me siento es en los programas que combinan la actualidad con el entretenimiento. Y Ya es mediodía lo hace. Aun así, la experiencia de La casa fuerte fue bárbara. Aprendí muchísimo de la maquinaria que hay detrás de un formato como ese.

Como escritora ha publicado Después del amor, Mil besos prohibidos… ¿Qué es lo que más le inspira para escribir?
La historia. Me tiene que imantar. Me tiene que apasionar. E incluso diría: yo tengo que querer vivirla. No puedo escribir si no estoy enamorada de la historia y de sus personajes.

¿Qué retos tiene aún pendientes Sonsoles Ónega?
¡Con tener salud, ya me vale! Hemos vivido tiempos tan difíciles que valoro por encima de todo que los míos tengan salud. A partir de ahí, el reto profesional diario es cuidar de Ya es mediodía y seguir escribiendo.