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Pájaros en tiempos de guerra

Los viajes forman a las personas, las construyen, las forjan e incluso en ocasiones las inventan con otra manera de ser, dándoles otro talante. Los pájaros van y vuelven para ver nuevas tierras, para conocer lugares diferentes, para vivir otras vidas también necesarias. Nadie ignora que de esas experiencias, de esos viajes, también está hecha la materia. Esta historia de soldados trata de uno de esos viajes, de una “misión especial”.

El origen de esta misión fue una propuesta de la ONG “Mensajeros de la Paz” —dirigida por el padre Ángel y galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia— al Ministerio de Asuntos Exteriores. La idea es aprobada en el citado Ministerio y se decide llevar a cabo dicha operación en coordinación con el Ministerio de Defensa.

Por cierto, estamos en Irak, estamos en Ad-Diwaniya, estamos en An-Nayaf. Estamos en la Brigada española “Plus Ultra” I.

Todos los grandes relatos ocurren al otro lado de la Historia. Este tiene su origen en un orfanato iraquí. De allí saldrán 55 niños y niñas que no saben todavía que van a volar del Irak incendiado para vivir un tiempo en otro aire, en otra tierra. Van a viajar a España, que ninguno de ellos sabe dónde está. Todos rondan los 10 años. Ninguno ha salido de su pueblo, de su orfanato; pero a partir de ahora dirán que han volado a un lugar lejano, a otro continente. En el mismo viaje se incluye a cinco niños enfermos que necesitan recibir urgentemente una intervención quirúrgica para salvar sus vidas.

Los días previos al viaje se solicitó autorización para la estancia de los niños iraquíes en la base aérea de Kuwait, de control estadounidense, la cual fue denegada, lo que empezaba a complicar la operación. Se programó el viaje con diferentes opciones y teniendo en cuenta posibles incidencias; inicialmente se solicitó poder pasar con todos los niños una noche de hotel en Kuwait y, ante la falta de respuesta, se opta por realizar el viaje de forma continua, es decir ida y vuelta ininterrumpidamente, para lo que se realizan las oportunas gestiones de peticiones dobles de escoltas y conductores.

 Cada vez la operación encuentra más y más dificultades, pero la ilusión y el compromiso de los soldados españoles con la misma, viendo a los niños, hace que a pesar de los problemas se intente resolver cada contrariedad con imaginación, valor y más de una sonrisa para que los niños nada capten que pueda ponerlos nerviosos.

En la tarde del 10 de noviembre de 2003 se realizan los últimos preparativos. El convoy se prepara con dos vehículos ligeros donde viaja el equipo G9 de la Brigada Multinacional implicado en el viaje, capitán Béjar y capitán Moreno, así como los intérpretes Nasser y Omar; una unidad de protección de la Legión bajo el mando de un teniente con sus dos blindados y el personal sanitario a bordo de su ambulancia blindada. Y entre ellos, dos autobuses llenos de niños que iban a vivir la mayor experiencia de su vida.

El sol hacía horas que había resbalado por el horizonte buscando occidente. «Hacia allá vamos, por donde resbala el sol», dijo el capitán Béjar; y todos los niños, sin entender lo que decía, miraban el dedo índice del capitán que señalaba Occidente. Los nervios no se veían por ningún lado, pero estaban escondidos en ese lugar del cuerpo que no entiende de noche ni día, sino de sentimientos. Se han oído disparos en Diwaniya.

La noche sería larga. La carretera interminable desde Diwaniya hasta la frontera kuwaití. Ningún vehículo más que los suyos, la soledad más inevitable. Las cortinas de los autobuses totalmente cerradas, a oscuras y bien agachados. El capitán piensa que, si sufren algún ataque, el enemigo no sabrá que transportan niños, que transportan pájaros que van a volar a otras tierras, a lugares diferentes. Las paradas son muchas para que los niños puedan salir cuando la necesidad los apremie. Los conductores también están muy cansados. ¡Ah!, esto es Irak y, al otro lado de la Historia, unos soldados españoles están tratando de ayudar a 55 niños y a 5 enfermos graves.

Al parar, apagan todas las luces de los vehículos, la noche del desierto se hace más profunda, oscura de verdad; y los legionarios salen con sus visores nocturnos y su armamento a vigilar donde la vista no llega. Las ametralladoras de los blindados también están alerta. Cuando los niños terminan, no se han separado ni un milímetro porque la oscuridad los une con hilo casi sagrado, se los cuenta, por si acaso, y continúan el viaje. Las paradas son muchas.

A las 9.15 hora local, con un viento del desierto intenso y un calor considerable, alcanzan la zona militar de la frontera Irak-Kuwait. Intentan entrar por la zona militar, pero les deniegan el acceso y les comunican que tienen que pasar por la zona civil. Multitud de llamadas entre distintas autoridades y organismos en las que unos aseguraban que todo estaba resuelto y otros decían no saber nada del asunto. Entretanto se sucedían viajes en los BMW de la policía de Kuwait, muchos cafés y mucha paciencia, ya que la operación podía irse al traste en cualquier momento. Los mantienen retenidos más de seis horas hasta que finalmente vuelven a la zona militar, donde les permiten el paso.

De pronto, lo ven con forma de pájaro. Ahí está el avión español que se los llevará a España. Consiguen embarcar a los niños y los soldados españoles los despiden haciendo movimientos con los brazos, que son repetidos por los críos. Los niños se van a un lugar más tranquilo, más seguro; y los soldados se quedan buscando la paz. Sólo ellos, que han tocado la noche, que han oído el sonido de disparos en Diwaniya y Nayaf antes de empezar la misión, que han parado en medio de un desierto con 55 niños en la oscuridad más absoluta, que han tenido que cerrar las cortinas de las ventanas de los autobuses, que han tenido que buscar las sombras con visores nocturnos, que han andado atravesando fuertes y fronteras, saben que en ese avión vuelan 55 pájaros para vivir un tiempo, corto o largo, otra vida que también es suya; porque las almas de los pájaros nunca deben vivir en tiempos de guerra.

SARGENTO JUAN MONCADAS PUJOL

Llegaremos, a TZelata o al Cielo

Tcol. Norberto Ruiz Lima (DECET) / Madrid

No quedaba otro. Era el último de su tiempo. Epígono de una época pasada que nunca se apagará en la memoria. Era el último, un hombre solo. El último soldado, dueño de la Medalla Militar Individual concedida por el ministro del Ejército según escrito 1177-J Sección 1ª del Gobierno General del África Occidental española de fecha 11 de diciembre de 1957. Era el último, y aunque se ha apagado su voz queda su historia.

Volemos al año 1957 y recordemos ese tiempo. Sargento Juan Moncadas Pujol; 7ª Compañía, Bandera “Roger de Lauria” II de Paracaidistas. Volemos hasta el año 1957. Es 23 de noviembre y el sargento Moncadas, formando parte de la 3ª Sección mandada por el teniente Ortiz de Zárate, sale en dirección a T’Zelata con misión de romper el cerco que elementos rebeldes mantienen sobre ese puesto, donde resisten otros españoles. Al día siguiente, a primera hora son atacados por fuerzas hostiles recibiéndose fuego desde varias direcciones, momento en que los paracaidistas entran al combate contrarrestando el fuego enemigo para llegar al poblado y romper el cerco. Hasta las 17 horas no cejan en su empeño. El enemigo es numeroso y, con vistas a la noche, deciden atacar una loma para desalojarlos y organizar durante la noche la defensa de la posición, dibujando esas líneas que los soldados pintan como infranqueables.

El teniente Ortiz de Zárate decide racionar la comida, con seis heridos, sin agua. Ahora llega el momento, lo saben, de identificar sombras, de volver a emular historias que los mayores les contaron, de apurar sedientos hasta el viento que refresca la noche. Aguantan, están aguantando, como se sostuvieron siempre los cercos inmortales. Los que están en la memoria.

Durante el día 25 sostienen varios tiroteos con el enemigo y el día 26, sobre las 7 horas, las fuerzas hostiles, muy numerosas, intentan el asalto a la posición, momento en que resulta muerto en combate el teniente Ortiz de Zárate; asumiendo el mando en ese instante el sargento Juan Moncadas. El enemigo, después de ese primer durísimo asalto, es rechazado arrastrando consigo unas 50 bajas. Por parte paracaidista, se saldó ese combate con una baja y un herido.

Ese día 26 se termina el pan y aparece la llama de la sed, pero la moral no decae, nada les ha cambiado este tiempo que viven; como fueron, son; y no vuelven la cara a las ofensas.

El día 28 son nuevamente atacados, volviendo a rechazar con fuerza nuevamente el ataque, ocasionando unas 10 bajas enemigas, teniendo que lamentar los españoles cuatro heridos. Sobre las 16 horas la aviación española les lanza una jarra de agua y medicamentos, bordando la alegría en sus bocas con fino hilo de médico. Siguen atrincherados y en posición. Los enemigos siguen hostigándolos durante el día 29, haciendo fuego desde distintas direcciones. El día 30 vuelven a sonreír cuando la aviación les lanza una jarra de agua y granadas de mano para su defensa. La jarra cae un poco lejos y el sargento Moncadas y cuatro paracaidistas tienen que realizar una descubierta para llegar hasta ella. Se ha roto y lo que queda es un charco, pero consiguen llenar varias cantimploras bajo fuego enemigo.

Era el último. No quedaba otro. El último Medalla Militar Individual: comandante Juan Moncadas Pujol, que aguantó su posición hasta su liberación

El día 1 de diciembre reciben fuego concentrado de morteros y aguantan en sus puestos sin tener que lamentar ninguna baja, viendo de lejos de la gloria el brillo. No eran días para pensar en otra cosa. Saben que los refuerzos llegarán pronto. Saben que los enemigos han probado su resistencia dejando a casi 70 de los suyos en el combate. El día 2 por la mañana siguen recibiendo fuego de fusilería, y ellos continúan sin dar tregua a la defensa. Sobre las 14 horas divisan fuerzas propias que vienen a su encuentro. Es el tabor del Grupo de Tiradores de Ifni nº 1 que viene en su ayuda. Es el momento de atacar para establecer contacto con los compañeros que aparecen por detrás de una pequeña loma. De pronto, todo ha cambiado, la tenaz resistencia de los paracaidistas ha dado sus frutos y el enemigo se dispersa. El fuerte queda a la vista y emprenden la marcha hacia él una vez que el enemigo ha sido obligado con la fuerza de las armas a abandonar el cerco a T’Zelata. Allí curarán a los heridos y rezarán por sus caídos. Allí llenarán sus cantimploras de agua, comerán pan otra vez y recordarán en la memoria todos los momentos que los llevaron a T’Zelata o al Cielo.

Era el último. No quedaba otro. El último Medalla Militar Individual: comandante Juan Moncadas Pujol, que aguantó su posición hasta su liberación, combatiendo, fortificando la defensa, saliendo a recoger agua, luchando. Era el último. Siempre te recordaremos, paracaidista.