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HISTORIAS DE SOLDADOS

LÍMITE, NUESTRA PUERTA

Texto: Tcol. Norberto Ruiz Lima (DECET) / Madrid

Ilustración: Esteban

Fotos: Ministerio de Defensa y EMAD

Cuando ha terminado la noche y ve aparecer el sol tras las riberas del río Níger, mientras una pequeña bruma convierte la luz en un raro prodigio y, pensando en cuanto ha ocurrido, el soldado Daniel Gómez, tirador de la ametralladora pesada del vehículo blindado Lince, recuerda que esa misma situación o, mejor dicho, una parecida, ya la ha vivido antes durante los diferentes ejercicios de preparación de la misión, pues varias de las incidencias a las que se enfrentaron allá en Galicia, tan lejos de Koulikoro, se ajustaban prácticamente a lo sucedido.

Un lugar y un momento, que no siempre elegimos, pueden llegar a definirnos porque son quienes fijan para siempre la respuesta que damos. Pero esa respuesta no aparece porque sí; es una respuesta que simula ser instintiva y, sin embargo, es totalmente premeditada y fruto de la experiencia acumulada, de la formación y la instrucción continua y de unos valores que nos han ido rozando desde que nacemos, durante todos los días de nuestra vida.

Vienen hacia ellos unos vehículos con intenciones de volar por los aires todo el campamento

Viajemos, pues, hacia un lugar y un momento determinados. Estamos en Mali, en una de las puertas de entrada del Koulikoro Training Camp (KTC), el campo de entrenamiento que las tropas españolas comparten con el Ejército maliense y donde ejercen su labor de instrucción y adiestramiento a los soldados de las Fuerzas Armadas de Mali; y es día 24 de febrero de 2019.

La guardia de la puerta P2 la componen cinco soldados malienses y dos soldados españoles. Y son las 2.50 de la madrugada cuando los soldados Daniel Gómez y Richard Ríos, del Regimiento “Isabel la Católica” nº 29, perteneciente a la Brigada “Galicia” VII, oyen disparos que provienen de otra puerta de la base situada más al norte, a unos 100 metros, y que saben que se encuentra cegada por motivos de seguridad.

Ni se imaginan que vienen hacia ellos unos vehículos por la carretera paralela al Níger, guiados por una motocicleta, con intenciones de volar por los aires todo el campamento y cientos de vidas, cuyo trabajo consiste en llevar la paz y la seguridad por todos los caminos y las tierras de Mali.

Desde el Centro de Operaciones Tácticas (TOC), a las 2.58, el sistema de cámaras perimetral de la base detecta a dos vehículos tipo pick-up que, circulando desde el norte en dirección sur, pasan junto a la puerta P1, que se encuentra cerrada. El segundo de ellos para y de él descienden hasta siete individuos portando fusiles Kalashnikov.

La noche que parecía serena, cuando estaba recién puesta, y no presagiaba tanto fuego hasta que llegara el último relevo trayendo al alba de la mano, ha cambiado de repente. Pero, como también las constantes alteraciones de las circunstancias forman parte de la instrucción, tanto Daniel como Richard saben que toda situación puede variar en una misión con cada golpe de aguja del segundero.

El personal que había desembarcado y efectuado los disparos ya no es divisado por las cámaras del TOC. De pronto, se observa que los vehículos continúan en dirección sur, precedidos por una motocicleta, que parece guiarlos.

Al llegar a la puerta donde se encuentran Daniel y Richard, el primer vehículo pasa de largo unos metros, mientras que el segundo gira con rapidez hacia la derecha, embistiendo la puerta y accediendo por la calle de entrada al campamento. En dicha posición se encuentran de guardia cinco soldados malienses, quienes, sorprendidos, no reaccionan contra el vehículo, sino que se refugian en unas habitaciones contiguas de su cuerpo de guardia.

Daniel monta su ametralladora pesada y abre fuego contra el vehículo para detenerlo

En ese momento, Daniel Gómez, tirador de la ametralladora del Lince, y Richard Ríos, centinela a pie y situado a unos 10 metros de la puerta principal, ven venir el coche que los terroristas han lanzado contra la puerta y la barrera de protección.

Sin dudarlo, Richard abre fuego con su fusil contra el conductor del vehículo y Daniel monta su ametralladora pesada y hace un fuego que desciende como un azor en la noche contra el bloque motor y el habitáculo del vehículo, con la intención de detenerlo y que haga el menor daño posible en la base. El terrorista que lo conduce resulta muerto en el acto y el vehículo es detenido a unos metros de la puerta. Límite, nuestra puerta.

De pronto, se produce una fuerte explosión debida a la deflagración del cordón detonante que rodeaba a los bidones de explosivo que transportaba la pick-up. Poco antes de esa explosión, Richard, que sabía lo que venía a continuación del ataque, se protege tras los Hesco bastions, lo que seguramente le salva la vida. Daniel lo llama y le dice que acuda a resguardarse al vehículo Lince, pues todavía queda otro vehículo cargado de explosivos que había pasado de largo unos metros en dirección sur y que se ha detenido un poco más adelante.

Pronto ven que ese otro vehículo ha dado marcha atrás, así que Richard y Daniel recargan y vuelven a alimentar sus armas, con las que están protegiendo las vidas de tanta gente, y se disponen a abatir el siguiente vehículo, que con seguridad también va cargado de explosivos. Pero, como el acceso a la entrada ha quedado bloqueado por la primera pick-up, totalmente destruida, los terroristas, al ver que no pueden acercarse más, explosionan el vehículo, produciéndose una gran detonación, pero alejada de las principales instalaciones de la base. Cada uno de los coches, según un análisis posterior, transportaba más de 500 kilogramos de nitrato amónico. Si llegan a conseguir pasar esa puerta… Límite, nuestra puerta.

Aun así, las explosiones causan destrozos en un buen número de edificios del campamento de Koulikoro, dañando seriamente la puerta y la entrada y dejando inoperativo dicho acceso. Las cámaras de todo el flanco este del KTC resultan inutilizadas y el campamento se queda sin electricidad. Como consecuencia de las explosiones, tres de los soldados malienses que se habían refugiado en el cuerpo de guardia resultan heridos, de lo cual informan serenamente los soldados Daniel y Richard, protegiéndolos y administrándoles los primeros auxilios, junto con una escuadra de soldados checos, hasta la llegada al lugar de la Célula de Estabilización española, que evacúa a los heridos en una ambulancia RG-31 medicalizada al hospital de campaña del campamento.

El ataque continúa con fuego de armas ligeras desde el monte Keita, al sur del KTC, y sobre el otro acceso; pues, simultáneamente al intento de intrusión de los vehículos suicidas por P2, se recibe fuego de armas ligeras sobre la puerta P3, situada al oeste. Dicho acceso está igualmente guarnecido por fuerzas españolas del Grupo Táctico “Zamora”, un centinela a pie y un tirador de ametralladora, que también responden al fuego recibido en la distancia.

Durante toda la noche, los españoles, apoyados por personal aliado de la misión de la Unión Europea, protegen y repelen con su presencia todos los ataques que los terroristas planificaron por diferentes zonas de la base. El Koulikoro Training Camp puede decir que su guardia española reaccionó como los mejores; y que, gracias a ellos, muchos compañeros que aprovechaban su merecido descanso en los barracones están vivos y pueden continuar con sus misiones al amanecer, como cada día.

Richard y Daniel reciben al alba como si el mundo acabara de ser creado, ellos hoy, día 24 de febrero de 2019, ven con otros ojos la incipiente luz del día; y saben que todos debemos dar gracias, aunque no esperemos nada del nuevo amanecer. Hoy el alba, como cada mañana, trae las brumas a las orillas del Níger, y todos en el KTC pueden verla porque templado el acero trabajó en maestras manos y en men

Una misión de Golestán

Cuando todo comienza la noche está despejada. El tiempo se abriga con ellos en el mismo momento en que el sol demuestra, perdiéndose en el horizonte, la redondez de la Tierra. Hace frío. La cabo 1º María José Quintas Seijo viaja en el blindado que conduce la cabo Torres. En él también viajan la cabo Porras como segunda conductora, pendiente del sistema integrado de comunicaciones, y el cabo Dorta, tirador de precisión. María José es tiradora y maneja la radio. Pertenecen al Regimiento de Infantería Ligera “Tenerife” nº 49.

El silencio que reina, solo deformado por los motores de los blindados cuando arrancan, convoca a pájaros de arena que van pintando de verdad o imaginariamente, que nunca se sabe bien discernir, un fondo bélico. Es 27 de noviembre de 2007 y es Afganistán. Desde luego, ya saben de lo que hablo.

Están terminando de cenar y preparan las imaginarias. En total son seis blindados: “Dragón”, “Brutus”, “Godo”, “Sandokán”, “Poni” y la ambulancia “Sierra”; capaces de transfigurar el acero en refugio o en lanza dependiendo de si los tiempos son más favorables o más peligrosos. Han desplegado en las proximidades de la localidad de Golestán, en la provincia de Farah: operación “Pamir”.

Se han apostado en una situación privilegiada a escasos dos kilómetros de las montañas que cierran por el este el pueblo. Sobre las ocho de la tarde impacta el primer cohete RPG-7 contra la comisaría de la policía afgana (ANP) de Golestán. Mientras escuchan disparos de fusilería, adivinan, por el rastro de esa memoria antigua que no se separa de ellos, que la cosa no va a ir a mejor. Y atinan, pronto cae sobre ellos la primera granada de mortero.

Viendo que la policía afgana está en apuros y que no saldrá de esa situación, el capitán jefe solicita permiso para acudir en auxilio de sus compañeros afganos: «Están atacando la comisaría de Golestán. Solicito permiso para acudir en su ayuda».

El tiempo parece que se ha parado para ellos, pero no para el enemigo. Todavía no han recibido el permiso para acudir en ayuda de la comisaría afgana. Han apreciado que las fuerzas talibanes se acercan por el oeste de la comisaría, pero no los identifican bien por las montañas, por el barranco o por la noche. El silencio de la radio es opresor, mientras aguardan para combatir, hasta que la cabo Porras le dice al capitán leyendo un escueto mensaje: «Autorizado». Vuelven a analizar todos los signos que les llegan anteriores a la batalla, porque ha llegado el momento en que sean ellos quienes acechen a los insurgentes en apoyo de sus compañeros de la policía afgana.

María José prepara su armamento individual, sabe que va a tener que utilizarlo. Todos, lo han hecho mil veces, preparan su equipo, se ajustan y pertrechan, recuentan sus cargadores y se lanzan a la batalla con una primera orden: «Familia, llevamos mucho tiempo preparándonos para esto, en cinco minutos iniciamos movimiento. Punto de reunión en el collado que da acceso al camino hacia la comisaría. Vanguardia “Godo”, retaguardia “Brutus”. Sin luces». Y allá que se dirigen a la comisaría. Los soldados españoles llegan a las inmediaciones de la comisaría a las 21.05 con la intención de ser esquivos como la noche y, de inmediato, entran en combate.

La noche solo les enseña filos, hojas, mientras el aire pernocta irascible tocando el collado. Les han dado la orden: «Autorizado», y han soltado todos los lastres que llevaban para lanzarse a ayudar a los policías afganos que siguen resistiendo el empuje de los insurgentes.

Son las 21.05 cuando entran en combate. Despliegan en línea, para iniciar el ataque. Primero suenan las ametralladoras pesadas, hay perfiles de sombras en lo oscuro que no se adivinan en la distancia. Están recibiendo fuego y responden con fuego. Suenan también los fusiles. Parece que habitan un tiempo anterior a la historia que están viviendo, conscientes de que uno puede cometer muchos errores y en distintos momentos, pero esta noche no se puede fallar porque no es una simulación, ni un ejercicio de instrucción como los miles que han hecho antes y que los han preparado para llegar hasta allí. Hasta ese momento, en la localidad de Golestán, en la provincia de Farah.

María José ha salido del vehículo y ha empezado a disparar. Ha localizado a varias personas a unos cien metros de la comisaría en unos agujeros horadados en el barranco, pero todavía no sabe si son insurgentes o policías que han huido. La distancia que les queda para arribar a las últimas sospechas la cubren rápido con la obligación de moverse constantemente para no convertirse en objetivo.

De repente, aparece un avión en el cielo con la intención de darles apoyo, pero no puede hacer fuego sobre los objetivos porque soldados españoles, policías afganos e insurgentes están todos demasiado cerca y no es buena solución.

Los soldados españoles siguen disparando, cuando ven que desde la comisaría de policía han dejado de responder al fuego terrorista. Había llegado el momento de ver qué pasaba y alumbrar esas sombras de preguntas que todos se hacían. Para ello, el capitán Ignacio García del Castillo baja con el cabo Dorta para ver la situación. Los insurgentes habían dejado de hacer fuego por un momento, pero nada parecía tranquilo. Les falta munición de las ametralladoras ligeras y pesadas, y la solicitan a los otros blindados: “Poni” y “Sandokán”. Además, durante los enfrentamientos un eje del blindado se rompió y tuvieron que buscar una solución con el apoyo de “Godo”, mandado por el sargento 1º Boo.

Como la realidad no se está quieta y se impone siempre con su serena paciencia, disparos desde las cuevas por parte de los insurgentes los vuelven a poner en alerta y otra vez entra el sonido de la noche como un estrépito de disparos. Los soldados españoles no cejarán hasta que la comisaría de policía esté liberada. Y no cejan, aunque tengan que recorrer cada rincón de Golestán.

Los combates se prolongan hasta las 23.20 de la noche, que, igual que se llenó de bultos y sombras, se ha vaciado con el ruido de las armas y con el valor sostenido por los españoles durante más de dos horas. El apoyo español ha sido esencial para que la comisaría pudiera rechazar el ataque cuando entró la noche en ese Golestán desprevenido con un fragor construido por los insurgentes sobre las armas, propagado por sus muros y calles ahogando la tranquilidad que todo pueblo necesita. A las 23.20 los insurgentes fueron desalojados de sus posiciones, huyendo. Ni los españoles ni los policías afganos sufrieron ninguna baja.

En cuanto se lo ordenan, salen de nuevo con dirección a la base. Mucho tiempo después, María José recordará cuando escribieron el mensaje «OK» y fueron conscientes de que, por ahora, respiraban más tranquilos.

A la llegada a la base, María José se queda un largo rato mirando a su gente, y pensando que, si todos están bien y la misión se había cumplido, era más que suficiente y, además, habían sido protagonistas de hechos que merecerían muchos años después ser escritos.