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HISTORIAS DE SOLDADOS

Los once de Dubái

Tcol. Norberto Ruiz Lima (DECET) / Madrid

Todas las misiones esconden su verdad. Todas las misiones necesitan su tiempo de preparación y de resistencia. Pero algunas misiones se hacen grandes en los detalles pequeños y, sin precisar fórceps de cirujano, parece que bogan sin dificultad. Aunque nada es producto del azar, sino de un engranaje bien trabado que se hizo fuerte en el pasado para ser necesario en el presente. Es agosto de 2021 y con una llamada de teléfono se pone en marcha la operación NEO (Non-combatant Evacuation Operation). Van a sacar a civiles no combatientes de Afganistán, pues sus vidas con la nueva situación sobrevenida están en peligro.

Empieza a anochecer y Rafa, Carolina, Carlos, Luis, Juan, Ramsés, Marín y Fernando, pertenecientes al Regimiento de Operaciones de Información (ROI)
nº 1, mientras están municionando en los hangares de la base aérea de Zaragoza
—donde solamente se oye el sonido de los cartuchos entrando en los cargadores—, recuerdan que hace unas horas se han enterado de que parten de misión. Desde este momento, comerán, dormirán y trabajarán juntos todos los minutos del día. Se les ha unido personal de Sanidad del Mando de Operaciones Especiales y de la Brigada Paracaidista, tres en total: Juan, Alicia y Jorge. Suman once. Serán los once de Dubái, pero todavía no lo saben. Por ahora, mientras municionan creen que su destino es Kabul, cuyo aeropuerto está en todos los telediarios mientras civiles desesperados intentan subir a un avión, aunque sea en sus alas.

Se les vienen a la cabeza las imágenes de hace un día mientras estaban con su familia de vacaciones, alguno de ellos en la playa. Todos aceptan la realidad, que no es otra que embarcar en un A-400 con destino a Afganistán. Nunca han usado el valor para cuestionar una orden, sino para cumplirla. Cada componente del equipo tiene una capacidad; este es el informático, comunicaciones y redes; ellos son expertos en cooperación cívico-militar (CIMIC); otros son combat cameras; otros son médicos y sanitarios; este es… Lo que se dice un equipo.

Aterrizan mientras amanece en Dubái. Es 17 de agosto y creen que van a repostar durante dos horas. En ese tiempo, Fernando, jefe de la misión, recibe una llamada y toda la operación gira dando un cambio drástico. Se ha decidido organizar un puente aéreo Kabul-Dubái y Dubái-Torrejón. La misión ahora es cubrir las necesidades del personal civil que es evacuado de Kabul y realizar una segunda filiación en Dubái, aprovechando toda la experiencia en cooperación cívico-militar que atesora el ROI 1.

El primer vuelo de afganos evacuados llega de noche. Como un navío al que obligaron a surcar por mares peligrosos y encuentra aguas tranquilas, el avión A400 toma tierra en el aeropuerto de Dubái y de él sale gente cansada y triste que lleva toda su vida en bolsas de plástico o en mantas atadas a modo de hatillo. Gente que también son hijos del mundo, un cosmos por sí mismos, en una situación que de puro ilógica parece inaceptable, pero que se ha convertido en real. Allí, los once de Dubái se dan cuenta, mirando sus ojos, que no somos solo lo que tenemos, sino que también somos todo cuanto hemos perdido; que las voces afganas que oyen son también sus voces; y que tienen que explicarles que después de ese arduo viaje tienen que volver a embarcar en otro avión. Al mediodía la pista rondaba los 50 grados centígrados.

Se da la señal para comenzar, y así con todos los vuelos que van llegando. Se afilia a todos a pie de pista con unas mesas improvisadas con cajas y, sobre ellas, un ordenador que tiene enlace directo con España. Se realiza un primer reconocimiento y se da apoyo médico a todo aquel que lo necesite, comenzando por las embarazadas y los niños. Alicia y Juan, la ATS y el médico del equipo, atienden a los afganos. Jorge está al pie de la escalera sobre la pista a 50 grados al sol: está repartiendo material sanitario. Como el sol no entiende que este momento no es tiempo de ponerse bravo, cuando puede Jorge se refugia bajo el ala del avión. Se entregan bolsas de comida halal. Se ha estudiado hasta el mínimo detalle. Las familias deben ir unidas y, si por casualidad algún integrante viniera en otro avión, se le abrirá la ficha para que pueda reencontrarse con sus familiares en España. En los asientos, las mujeres no pueden sentarse con varones que no son de su núcleo familiar. Carolina se extraña de que muchas de ellas quieran ir al baño del avión para cambiarse y ponerse ropa más occidental.

Rafa, Luis, Juan y Carolina, los de CIMIC, van como locos cuando hacen los recuentos: «Nos falta gente, cuenta otra vez. ¡Llama al intérprete!». Miran por todos lados y descubren que los niños en cualquier parte del mundo son niños cuando viven una aventura de este calado: «Tío, hay niños debajo de los asientos, ¡estamos todos!».

Carlos toma imágenes de todo lo que ve: es su misión. Eso cuando no lleva a un niño en brazos para que no se queme los pies en la pista. Para evitar esa quemazón se han puesto mantas en el suelo y en la escalera de subida al avión. Sus imágenes y vídeos aparecerán en numerosos medios de comunicación, alguna portada de periódico incluida. Juan se asegura de que todo llegue a su destino y cubre las necesidades de la prensa. Los de CIMIC continúan poniendo orden en el caos del embarque, y Fernando, bueno, Fernando tiene su propia misión atendiendo a los teléfonos y ejerciendo el mando en aquel lugar del mundo y en aquellas circunstancias.

Pero no quedaba ahí la misión; no solo CIMIC, no solo cámaras, no solo afiliación. Sobre las 17.30 se recibe la orden de que hay una necesidad urgente en Kabul de 500 bolsas de comida. «Necesitamos 500 menús para las 20.00, y ¡son las 18.00!». «Nos ponemos con ello», contesta Ramsés.

Inmediatamente se ponen en contacto con un proveedor local. El proveedor se echa las manos a la cabeza: «¿Para las 20.00 horas 500 bolsas de comida? It’s impossible». «Nothing is imposible», contesta todo el ROI. «Tú trae la comida como sea, nosotros nos encargamos del resto». Y allí estaban los once en el autobús, camino del aeropuerto, embolsando y repartiendo la comida para hacer 500 menús; y a pie de pista, y en la misma escalera del avión. Las 500 bolsas, esa comida tan necesaria, llegaron a Kabul, porque para eso estaban allí los once de Dubái.

LOS ONCE DE DUBÁI

Teniente coronel Cid

Brigada Mompel

Sargento 1º Samper

Sargento 1º Amorín

Sargento 1º Abadía

Sargento Marín

Soldado Alonso

Soldado Pascual

Teniente médico Díaz

Teniente ATS Alicia

Brigada Jorge

Una misión en Diwaniya

Hasta la noche del día 3 de abril de 2004, la situación en Nayaf y Diwaniya era de relativa calma. Pero todo el escenario cambió de pronto. Se encendió “ametralladamente”, buscando fuego, polvo y arena, cuando entre las tres y las cuatro de la madrugada fuerzas especiales estadounidenses, sin dar conocimiento de ello al Cuartel General español, detuvieron en Nayaf a Mustafa al-Yacubi, portavoz del líder chií radical Muqtada al-Sader, que, rápido, amenazó con desatar una oleada de protestas a las puertas de la base, porque varias emisoras de radio iraquíes habían afirmado, falsamente, que soldados españoles eran quienes habían detenido al clérigo.

A partir de ese momento, empiezan a sucederse concentraciones delante de las bases españolas; y la mañana siguiente, ya despeinada con la noticia, comienza a llevar al contingente español a prevenirse contra todo lo que puede venir esos próximos días. No se equivocaban.

El día 4 de abril, en la base “España”, en Diwaniya, los legionarios presagian que la noche va a ser larga. Sobre las 23.30 horas empiezan a caer granadas de mortero. Ya han preparado el equipo, armamento y munición porque saben que, en tierras difíciles, un leve cambio de temperatura, un simple aleteo de una mariposa, puede causar una tormenta de consecuencias impredecibles; y en aquellos lugares ese momento se adivina cercano: en una de las manifestaciones, donde se han infiltrado combatientes del ejército del Mahdi, han comenzado a disparar contra la base española “Al-Andalus”, en Nayaf; y de pronto, todo deja de ser pacífico.

Los legionarios de la base “España” esperan ataques en cualquier momento; siguen cayendo granadas de mortero, pero esperan el alba y las nuevas órdenes con la tranquilidad de quien conoce su oficio. Saben cuáles son los orígenes del fuego de mortero, pero deciden no responder por encontrarse fuerzas propias en el exterior, a retaguardia del enemigo. Numerosas granadas, un fuego intenso desbocado, sigue cayendo sobre la base. Mientras tanto, la Sección de Armas de la Compañía “Millán-Astray” continúa ejerciendo su labor de coraza de la base, esa primera burbuja que mantiene sus espíritus en prevengan por todo el perímetro, ganando las distancias. Su acción es sosegada y, no obstante, inquieta, atentos y seguros de que la reacción será la adecuada.

Pasa la noche, lento devenir de un sol que aparece arrastrado por el tiempo; y todos, apenas sin descanso, saben que tienen que ponerse en marcha.

Es la mañana del día 5 de abril y la cabo legionaria Cristina López, fusilera y tiradora, se pone el chaleco, prepara el equipo, comprueba el armamento y munición y sale con su patrulla. La misión es proteger la depuradora de agua, que se encuentra en ese momento desguarnecida y es un suministro crítico para los habitantes de la ciudad. Agua, suministros, centros médicos; esos almacenes tan necesarios, son vigilados por los legionarios. Cristina y sus compañeros se encargan de esa posición durante toda la mañana hasta que son relevados; y, por disuasión o porque no tocaba, la depuradora de agua no ha sido atacada.

Las evidencias hacen suponer que la tarde, con su lento golpear de sombras, no será tan tranquila; y que caerá sobre ellos, como gota de cansancio, sumando inconsciente toda la noche anterior a la noche que les queda. Esa tarde, la Compañía “Millán-Astray” recibe la misión de escoltar al jefe español que tiene como objetivo negociar el fin de los ataques sobre las bases, que cada vez están teniendo lugar de una forma más continua. La misión de escolta tiene como destino el edificio del “Mártir Sadr”, que a su vez es la sede del partido Al-Dawa en Diwaniya.

Después de una rápida planificación, y sabiendo que, tal como estaba la situación, incluso podía llegarse al cuerpo a cuerpo, al igual que había sucedido la noche anterior en Nayaf, la patrulla sale de la base “España” a su destino. Hace un intenso calor, sumado a todo el equipo que portan encima y al hermetismo de los blindados. Son aproximadamente las 18.00 horas. Al avanzar por la ciudad, el ambiente aparenta ser normal, pero nadie ignora que conviene en el combate que el enemigo crea en las apariencias: cuando parece que hay menos, hay más; y cuando crees que hay más, en realidad hay menos. Pero para eso se prepararon los legionarios, para eso y para cuantos cambios pudieran producirse en la planificación inicial.

Sobre el convoy que se acerca a negociar a la sede del partido Al-Dawa, sobrevuelan, dándole seguridad, dos helicópteros Superpuma. Alivia un poco tener un par de águilas en el aire.

La Sección de Armas, donde se encuentra la cabo legionaria Cristina López, va en vanguardia, mientras el resto de la Compañía se situó para la maniobra a retaguardia. Todos iban en tensión en el blindado: el cabo primero Peralta, jefe de vehículo; el cabo Marmolejo, conductor; la cabo López; el caballero legionario Bravo, tirador de ametralladora MG; el caballero legionario Cepe, radio; el caballero legionario Jalón, tirador; y un intérprete.

Nada más llegar al punto de encuentro, tres individuos los recibieron a tiros con sus Kalashnikov. Aunque enseguida, cuando vieron la reacción de los legionarios, se dieron a la fuga, abandonando sus armas. Atravesaron una pequeña rotonda, junto al hospital materno-infantil, pensando que por tratarse de un hospital no se realizaría fuego desde allí. Inmediatamente, se oyó una detonación y una granada contra carro RPG7 los sobrepasó a no más de un metro de sus cabezas. Ninguno entiende que desde el lugar donde se lucha por la vida pueda llegar la muerte, con su pretendida nocturnidad alevosa. Cristina observó de dónde había venido ese cohete y se dio cuenta de que provenía de una de las terrazas del hospital, donde adivinó que se escondían unos cinco o seis hombres armados como si habitaran en vez de un hospital una torre turbia.

Desde la sede del partido Al-Dawa, seguían haciéndole fuego, al que respondieron también con fuego, para alejar la ola de violencia que se cernía sobre ellos. Todos los componentes de la patrulla querían silenciar la sede del “Mártir Sadr”. Mientras se defendían como leones, como legionarios, se volvieron a producir dos lanzamientos más de RPG7 desde el edificio de la sede del partido Al-Dawa y, lo que era peor, desde el hospital. Hubiera sorprendido ese ataque si no hubieran sabido los legionarios que, en Nayaf, los españoles tuvieron que detener un ataque de la aviación estadounidense sobre el hospital, desde donde estaban los insurgentes haciendo fuego a las fuerzas de la coalición, poniéndola en serios aprietos. Pero se prefirió no destruir un hospital sumamente necesario y desalojar al enemigo desde tierra.

El intercambio de disparos duró un largo tiempo. El blindado de Cristina, Peralta, Marmolejo, Bravo, Cepe y Jalón no se distrajo un segundo del combate, cabalgando entre experiencias de fuego, irradiando seguridad a la maniobra. Finalmente, se decidió no asaltar la sede ante la duda de que el enemigo pudiera volarla en el instante en que las tropas españolas hubieran penetrado.

En ese momento, llegaron dos helicópteros Apache norteamericanos, que comenzaron a apoyar el movimiento disparando con su cañón al edificio del partido Al-Dawa, desde donde no habían parado de atacar a los vehículos españoles en todo este tiempo.

Cuando la situación estaba controlada, se ordenó el repliegue y el regreso a la base “España”. Nada más llegar, formaron y recitaron, del Credo Legionario, uno de sus Espíritus, terminándolo con un «¡Viva España!».

Rápido, se fueron a sus naves, pero no a descansar, sino a limpiar armamento y revistar el equipo, ya que sabían que los ataques enemigos no se harían esperar, y no cabía ni un instante de reposo. Tanto fue así que, mientras cenaban, ya cayeron las primeras granadas de mortero cerca del comedor. Como pudieron, pues la seguridad primera es lo que te permite salir a combatir más tarde, regresaron a la nave entre disparo y disparo de granada. Todavía cuando se reúnen en alguna cena informal, lo recuerdan. Esa misma noche, con otra nueva oscuridad, la Sección de Armas de la Compañía “Millán-Astray” salía de nuevo a la calle, en misión de centinela; con el mismo espíritu, con la misma fuerza. Con el mismo honor.