Afrau miraba a la mar. Afrau miraba a Annual. Todos en Afrau saben que no tienen más salida que el acantilado que corta la playa y muere sin alcanzar la orilla. Sidi Dris y Afrau sueñan con tener a la vista a los cañoneros Laya y Lauria asomando sus costados entre las dos posiciones con la misión de sacar de allí al mayor número de soldados posible. Todos en Afrau miran el azul de esa agua que multiplica la sed.
No tienen una orden clara, ni instrucciones concretas de lo que deben hacer; si retroceder a Annual, si intentar la retirada para unirse a la columna del general Silvestre o si alcanzar la orilla y evacuar la posición por mar. Componen la guarnición 115 hombres del Regimiento “Ceriñola” nº 42, una sección de ametralladoras, dos piezas de artillería Krupp con 18 artilleros, así como 30 policías indígenas y los destacamentos de Ingenieros e Intendencia. El día 22 de julio quedan definitivamente cercados, recibiendo un duro castigo por el fuego desde las posiciones enemigas. El día 23 muere el teniente Gracia, que había quedado como jefe de la posición y mandaba la artillería, que se resiente en su tino por la pérdida de su jefe. El día 24 se recibe un mensaje que autoriza la capitulación; pero ese día, en nuestra historia, aparece la primera negativa. El teniente Vara de Rey, que sucede en el mando al teniente Gracia, se niega a capitular. Afrau tampoco se rinde. El día 26, ante la presencia en la playa de los buques de la Marina, se decide la evacuación. Mientras inutilizan los cañones y ametralladoras que se quedarán allí, el fuego enemigo es intensísimo. Se reparten las municiones y se dan las últimas consignas.
Los flancos de la salida de la posición serán protegidos por las ametralladoras del “Ceriñola”. En uno de sus límites se encuentra el cabo Mariano García Martín con sus soldados, protegiendo el movimiento de sus compañeros hacia la playa; los cañoneros apoyan por el fuego, pero no es suficiente. El combate se torna muy cercano, pues el enemigo intenta abordar la piel de todos aquellos que abandonan la posición, batida por todos lados.
El cabo Mariano García salta para buscar la posición más propicia para la defensa del flanco; en ese momento una bala le atraviesa el vientre, que suma la quemazón del disparo al calor del mes de julio en el Rif. Desde 1918, año en el que se incorporó al Regimiento “Ceriñola”, Mariano ha dado suficientes muestras de valor como para adivinar que no va a cejar en su empeño y que no abandonará el combate de ninguna de las maneras. Se toca la barriga y piensa que está herido muy grave, pero puede seguir disparando para asegurar ese flanco. Sus soldados del “Ceriñola” le dicen que lo van a sacar de allí; en ese momento de sus labios sale la segunda negativa de Afrau: «De aquí no me muevo. Continuad vosotros la marcha, que yo os protegeré mientras pueda hacer fuego». Sus hombres salen hacia la playa, donde les esperan las barcas del Laya, y lo dejan atrás mientras oyen los disparos de la ametralladora del cabo García Martín, que los protege. El cabo los ve marchar y siente cada vez más dolor en el vientre y en su alma guerrera, dándoles ánimos a los suyos con la mirada para que nunca se rindan.
En ese momento otro grupo de soldados, que van retrasados en su marcha hacia la evacuación, lo ven y le instan a que se vaya con ellos: «Ven con nosotros, el enemigo está demasiado cerca», a lo que Mariano vuelve a contestar: «De aquí no me muevo. Continuad vosotros la marcha, que yo os protegeré mientras pueda hacer fuego». Y vuela de sus labios la tercera negativa de Afrau.
Finalmente, los últimos soldados de retaguardia que apoyan la evacuación llegan al lugar donde el cabo Mariano García sigue haciendo fuego. Nuevamente, le dicen que lo van a sacar de allí. Hacen el amago de levantarlo, y de sus labios sale la cuarta negativa de Afrau: «De aquí, no me muevo. Continuad vosotros la marcha, que yo os protegeré mientras pueda hacer fuego. Estoy herido y haría muy lento vuestro movimiento hacia las barcas. Yo protegeré vuestro flanco». Lo decía con tanto convencimiento, que los dos soldados que intentaron auparlo para llevárselo lo volvieron a dejar al abrigo desde donde hacía fuego contra la marea enemiga que les pisaban los talones.
De nuevo para cubrir a sus compañeros, el cabo Mariano García Martín empezó a hacer fuego, causando numerosas bajas al enemigo, que ya lo rodeaba por todas partes y no entendía qué hacía a esas alturas del combate un soldado disparando desde esa loma. Finalmente, Mariano García sucumbió ante las gumías enemigas; pero era plenamente consciente de que su acción había salvado muchas vidas y de que su muerte había merecido la pena. Mientras agonizaba, vio cómo sus compañeros, con el último apoyo del cañonero Laya, conseguían arribar a la playa y salvarse. Un total de 130 hombres, más de 40 de ellos heridos, lo consiguieron. El cadáver de Mariano no fue encontrado nunca. Y por su valor en la evacuación de Afrau, donde se dieron ese día cuatro negaciones, le fue concedida la Cruz Laureada de San Fernando a título póstumo, por Real Orden fechada el 5 de junio de 1922.









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