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IV CENTENARIO DE LA MUERTE DE CERVANTES

Un año con el más humano de los infantes

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Este año es tiempo de efeméride con mayúscula, de aniversario, de volver a ca­balgar con ese Alonso Quijano o Quesada o Quijada, que alguna vez se creyó don Quijote. Este año se cumple el cuarto cen­tenario de la muerte del heroico soldado lisiado en Lepanto; el que, según Antonio Buero Vallejo (ganador del premio Cer­vantes en 1986), afrontó con brava entere­za cinco durísimos años de cautiverio, y que cuando las decepciones le royeron, hubo de enfrentarse al fin, con las ostentosas armas de la risa y el puñal penetrante de la tragedia, al país y al mundo en los que, según Vives, no se podía hablar sin peligro.

Miguel de Cervantes nos pertenece a to­dos porque terminó siendo, a pesar de sus terribles experiencias, el más huma­no de los hombres; y porque su lucha y el Quijote son, entre otras cosas, como escri­bió Juan Carlos Onetti (premio Cervantes, 1980), un ejemplo supremo de libertad y de ansia de libertad.

Cervantes es de todos, y todos podemos apropiárnoslo, pues en cada una de sus páginas nos repite lo mismo. Si tienes pues­to en hora el corazón, puedes cambiar el mundo. Puedes hacerlo justo. Puedes ha­cerlo libre. Es cuestión de intentarlo y hay que atreverse a ello. Su lectura tiene una acción liberadora, y esta liberación es la primera de las razones que han hecho de Cervantes nuestro contemporáneo, tal como reconoce Luis Rosales (premio Cervantes, 1982).

Así pues, nuestro contemporáneo, el viejo soldado de los Tercios, tierno, des­amparado, andariego, valiente, quijotes­co, según Sábato (premio Cervantes, 1984), este año viajará en el periódico Tierra de la mano de escritores, profe­sores y todo ese tipo de gente que es capaz de hacernos vivir, como Cervan­tes a don Quijote, entre la realidad y la imaginación para conformar el mundo tal como realmente es.

Miguel de Cervantes
Miguel de Cervantes

CERVANTES, EL TIEMPO DEL SOLDADO

José Calvo Poyato, escritor y doctor en Historia

Siempre se sintió orgulloso de haber sido soldado. El propio Cervantes nos lo dice en el prólogo a sus Novelas ejem­plares cuando, además de autorretratarse como persona “de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembara­zada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien propor­cionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados, y peor puestos por­que no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies”, alude a la herida que recibió en la batalla de Lepanto y que le dejó parcialmente tullido para el resto de su vida, aunque la expresión “manco de Lepanto”, con que nos ha sido presentado en ocasiones, no responde a la veracidad de lo ocurrido porque nunca le fue amputado el brazo ni las heridas le impidieron en los años siguientes seguir ejerciendo como soldado. Se sentía pagado de esa herida a la que tenía “por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes ni esperan ver los venideros... militando bajo las victoriosas banderas del hijo del rayo de la Guerra, Carlos V, de felice memoria”. 
Como soldado, Cervantes fue honrado y valiente, virtudes que exalta en más de una ocasión en el Quijote. Una valentía y honradez que puso de manifiesto en un hecho menos conocido que las heridas de arcabuz que recibió en pecho y brazo en Lepanto. Nos referimos al hecho de que en vísperas de aquella batalla, Cervantes se encontraba enfermo, estaba aquejado de fiebres. Su capitán y compañeros le instaron a permanecer a cubierto durante el combate. Se negó replicándoles que prefería morir luchando por su Dios y por su rey que estar a resguardo mientras sus compañeros de armas arriesgaban su vida. Pidió a su capitán combatir en el sitio de más riesgo y peleó en el esquife. 
Como hemos apuntado más arriba, en Lepanto no pararon sus acciones como soldado. Después de reponerse de las heridas de aquella memora­ble jornada en un hospital de Mesina, participó en varias operaciones, siempre en las costas mediterráneas. En 1572 estuvo en Navarino, donde una mala planificación llevó a la derrota y a la descomposición de la Liga Santa, organizada para luchar contra los otomanos; y en 1573 participó en las acciones de Corfú, Bizerta y Túnez, siempre como soldado de la compañía del capitán Ponce de León, una de las del tercio de Lope de Fi­gueroa. Fue un soldado “mediterráneo” que luchó contra los otomanos, pero fue también contemporáneo de otras empresas en alguna de las cuales intervino, aunque sin tomar las armas. Participó en la operación de abastecimiento de la Gran Armada que Felipe II mandó contra la In­glaterra isabelina y será contemporáneo, durante los años que transcu­rren entre la aparición de la primera y segunda parte del Quijote (1605­1615), del tiempo de transitorio sosiego que se vivió en esas fechas en lo que se refiere a las grandes confrontaciones europeas, tras las paces de Vervins y Londres, y una tregua como la de los Doce Años. No hay dudas de que cuando murió, en 1616, tenía conciencia de haber sido testigo de algunos momentos de gran trascendencia histórica en los que había to­mado parte.
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IV Centenario de la muerte de Cervantes

 

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Los tesoros de Santo Domingo

Los tesoros del convento de Santo Domingo
Los tesoros del convento de Santo Domingo

En una céntrica ubicación de la capital valenciana, donde antiguamente existiera una pedregosa rambla, fuera del núcleo urbano, se levanta un singular conjunto, joya del patrimonio arquitectónico valenciano: el Convento de Santo Domingo. Este cuenta con más de 750 años de historia y se puede visitar, de forma gratuita, previa cita.

Fue el 11 de abril de 1239, sólo unos me­ses después de la conquista de Valencia, cuando Jaime I concedía a la Orden de Predicadores (Dominicos) el solar que hoy ocupa el antiguo convento. Este fue fundado por Miguel de Fabra, fraile confesor del rey, quien ordenó la construcción de una pequeña iglesia, a la que sucedería, en 1250, una más amplia, aunque tam­bién muy sencilla. Posteriormente, y du­rante siglos, se fueron levantando otros elementos.

Tras la exclaustración de las órdenes re­ligiosas de 1835, el conjunto fue cedido al Ramo de Guerra del Estado en 1839 y, tres años más tarde se instaló en él la Ca­pitanía General de Valencia.

Su devenir desde entonces quedó liga­do a las sucesivas transformaciones de la estructura y organización del Ejérci­to y, en especial, de la evolución de las Capitanías Generales. Así pues, tras ha­ber sido sede del Cuartel General de la Fuerza de Maniobra, entre 1997 y 2006, actualmente alberga las dependencias de la Secretaría General del Cuartel Ge­neral Terrestre de Alta Disponibilidad en Valencia.

Claustro Mayor o claustro Gótico
Claustro Mayor o claustro Gótico
Comenzó a levantarse a comienzos del siglo XIV (1310-1320), aunque su construcción debió dilatarse considerablemente en el tiempo. Las elaboradas tracerías del ala este pertenecen ya al arte del siglo XV.

 

Capilla de los Reyes
Capilla de los Reyes
Es una de las joyas del tardogótico valenciano, manda­da construir por el rey Alfonso V el Magnánimo. La primera piedra se colocó en 1439 y fue terminada por su hermano, Juan II, en 1463. La capilla no cumplió su finalidad sepulcral hasta 1535. Se puede visitar gratuitamente todos los jueves, de 11.30 a 13.00.

 

Aula Capitular
Aula Capitular
La Sala Capitular del convento, de estilo gótico, ya estaba completamente acabada en 1321. Fue costeada por el caballero don Pedro Boil, primer Señor de Manises, Maestro Racional de Valencia, y Mayordomo y Tesorero de Jaime II. En esta sala se celebraban los capítulos generales y provinciales de la Orden, la elección de priores, tomas de hábito y profesiones. Era donde los religiosos celebraban públicas confesiones y cumplían sus penitencias.

 

Salón de Trono
Salón de Trono
Si­tuado en el ala sur del Claustro Mayor, fue cons­truido entre 1560 y 1567 en estilo renacentista. Se trata de una estancia rectangular cubierta con bó­veda de crucería de arcos rebajados. En las claves de esta bóveda todavía se pueden ver imágenes de frailes dominicos y de la Virgen del Rosario. Sus paredes, en el XVIII, estu­vieron chapadas con azu­lejos valencianos.

 

Capilla de San Vicente
Capilla de San Vicente
La tercera y monumental iglesia conventual fue de­molida en 1865. De ella sólo quedó a salvo el último tra­mo de los pies que unían las dos capillas transversa­les; una de ellas, la Capilla de San Vicente, es de estilo neoclásico, tiene una sola nave y cúpula semicircular.