Archivo de la categoría: Cultura y Actos

QUE OCHO SIGLOS NO SON NADA

Que ocho siglos no es nada, lo dicen todos los actos organizados para conmemorar los 800 años de hace ocho centurias, cuando en el Monasterio de las Huelgas de Burgos el Rey Fernando III fue armado caballero. Este hecho tuvo lugar en noviembre de 1219. Una efeméride que este año la Jefatura de los Sistemas de Información, Telecomunicaciones y Asistencia Técnica  ha querido unificar, para darle mayor realce, con los actos conmemorativos de la reconquista de Sevilla por el Rey Santo, hace 771 años.

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El acto principal fue presidido por el teniente general jefe de la Fuerza Terrestre, José Rodríguez García, en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla donde tuvo lugar la apertura de la urna, donde reposan los restos del Santo Rey Fernando, con rendición de honores por parte del Regimiento de Guerra Electrónica nº 32. El rey Fernando III destacó por su valor, audacia y decisión; así como por otras muchas virtudes humanas, dado su espíritu bondadoso, llano y humilde. Después de cada batalla, su primera acción era visitar y atender a los heridos. Además, durante las campañas sostenía las mismas privaciones que sus hombres. Muchos son, por tanto, los motivos por los que fue nombrado patrón de  las Especialidades Fundamentales de Ingenieros, Transmisiones e Ingenieros Politécnicos (Armamento y Construcción), desde 1804, cuando el Regimiento Real de Zapadores y Minadores, constituido en Alcalá de Henares, y la propia Academia de Ingenieros, solicitaron el nombramiento de un patrón. El 2 de mayo de 1805 este patronazgo se extendió a todo el Real Cuerpo de Ingenieros.

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En este acto principal celebrado en Sevilla se contó por primera vez con la presencia de todos los Mandos y Regimientos de las Especialidades Fundamentales de Ingenieros y Transmisiones del Ejército, así como de la Academia de Ingenieros, con sus guiones y coronelas.

A continuación, fue inaugurada una exposición cartográfica “Fernando III. Los escenarios de las campañas del Santo Rey en Andalucía”, organizada por el Centro Geográfico del Ejército en la Residencia Militar Virgen de los Reyes. Las obras exhibidas, un total de 19, provenían en su totalidad de los fondos del Archivo Cartográfico y de Estudios Geográficos de ese Centro. Dichas reproducciones se distribuían en un ámbito cronológico entre el siglo XVI y el XIX y recreaban gráficamente los escenarios y lugares más relevantes de las campañas militares que el monarca llevó a cabo en Andalucía hasta la conquista de la capital hispalense; campañas que demuestran el espíritu innovador de este Rey, que unificó las coronas de Castilla y León.

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Como colofón a los actos tuvo lugar la III edición del “Camino de San Fernando” hasta la ermita de Nuestra Señora de Valme. Esta actividad, organizada por el Batallón de Transmisiones III/22, del Regimiento de Transmisiones 22, consiste en una marcha por relevos de tres días de duración, entre las ciudades de Córdoba y Sevilla. En su recorrido se atravesaron lugares emblemáticos de la ruta seguida por el Santo Rey  hasta  la conquista de Sevilla, entre las que se pueden destacar: Almodóvar del Río, Posadas, Palmar del Río, Lora del Río, Carmona y Alcalá de Guadaira. Su finalización tiene lugar en la ermita, donde cuenta la leyenda que el Santo, ante la dificultad de tomar la capital hispalense, invocó a la Virgen María con la famosa frase “Valeme Señora….”. Esta actividad, que tiene como objetivo principal honrar y recordar la figura del Santo Patrón, es además una ocasión única para fomentar la cohesión y el hermanamiento entre el personal participante, que este año ha contado con la participación de diferentes Unidades de Ingenieros y Transmisiones ubicadas en las provincias de Córdoba y Sevilla.

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El Rey Santo sigue cada año dando fuerzas a sus ingenieros y a todo el Ejército porque como todo el mundo sabe ocho siglos no son nada.

YO TE DIRÉ (II)

Las Cruces del Mérito de los Últimos de Filipinas

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La serie “Soldados con distintivo rojo” del periódico Tierra sigue sitiada en Baler. Yo te diré que salir de allí con honores fue muy difícil. Otros destacamentos en Filipinas con mayor número de hombres no lo consiguieron y capitularon en días. Pero Baler fue diferente.

Es 1 de septiembre de hace algo más 120 años y los insurrectos tagalos aprietan el cerco con aproches* que comprenden trincheras, zapas, espaldones y galerías de paso; pero no lo hacen descubiertos, sino que buscan el amparo de la oscuridad. Los soldados españoles permanecen alerta y disparan en la noche hacia el ruido que viene de fuera, siempre oculto por el batir de olas del cercano mar, que en el silencio de la noche acude, ayudando a los sitiadores.

El cerco se va cerrando con paciencia de zapador, que se cree dueño del tiempo, y, con ese tiempo, va ampliando sus trincheras hasta dejarlas a unos 50 pasos de la iglesia, formando una línea de contravalación* muy irregular, pero que se apoya en las casas más cercanas a la iglesia, algunas terraplenadas, y desde donde se dispara —apenas sin exponerse— contra los soldados españoles, que en esa situación son muy vulnerables al fuego enemigo, mientras los insurrectos, en número muy superior a los españoles, pueden disparar al abrigo de ese atrincheramiento aspillerado* que han levantado sobre cada vivienda.

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Es 1 de septiembre. La situación, ante tanto fuego enemigo, es desesperada, y el teniente Juan Alonso Zayas debe tomar una decisión también desesperada. Reúne a todos sus soldados y, con voz grave, les explica que el cerco está a punto de cerrarse, que ya casi han llegado al cuartel de la Guardia Civil, que está a solo 15 metros de la iglesia, y pide un voluntario para lo que era un auténtico suicidio: «Saldrá un hombre solo con una lata de petróleo y tendrá que quemar las defensas enemigas desde donde nos están haciendo fuego. Si cierran el cerco, nos matarán a todos desde no más de 10 metros. No podremos dar un paso. Necesito un voluntario».

«Un voluntario». Esas palabras vuelan por el baptisterio de la iglesia de San Luis de Tolosa, en Baler, afiladas y crudas. ¿Y ahora quién las coge? Pues las coge un joven conquense de Osa de la Vega, jornalero agrícola que con nueve años tuvo que dejar el colegio para ponerse a trabajar, que había llegado dos años antes a Filipinas, formando parte del Batallón de Cazadores Expedicionario nº 2. El soldado Gregorio Catalán Valero da un paso al frente y dice: «Yo voy, mi teniente».

El teniente Zayas lo mira y, sin paños calientes, le cuenta que fuera le esperan más de 800 hombres que van a intentar que no consiga su objetivo; pero Gregorio no lo duda y contesta al teniente que va a salir para intentar cumplir la misión. Y «además, mi teniente, peor es estar encerrado a que te disparen 800 tagalos». El teniente lo abraza y le dice que vaya a prepararse.

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Es 2 de septiembre y son las dos de la tarde. A plena luz, sin ni siquiera contar con el cobijo de la noche —estos héroes de Filipinas eran así—, Gregorio Catalán se santigua y sale de la iglesia con una lata de petróleo en una mano y una caña liada con trapos sobre su hombro. Bajo un intenso tiroteo, que comienzan los soldados españoles para cubrirlo, se acerca al cuartel de la Guardia Civil y enciende la yesca, y el trapo con gasóleo empieza a arder. Al acercarse las llamas, el cuartel pronto coge fuego con intensidad, nutrido por la hoja de palma y la madera.

Las balas pasan cerca de Gregorio Catalán, pero él, aunque sólo salió para quemar el cuartel, decide continuar con las casas adyacentes y, con gran tranquilidad, prende otras tres construcciones, que quedan completamente arrasadas. Los disparos enemigos no consiguen acabar con su vida, pues los insurrectos tenían que exponerse a desafiar el plomo con el que los soldados españoles protegían a su compañero.

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Ni el teniente Zayas ni el teniente Martín Cerezo dan crédito a lo que están viendo: un cazador con una lata de petróleo y un trapo, recibiendo fuego de cientos de insurrectos, vuelve a la iglesia con total tranquilidad, sin un rasguño, después de haber arrasado las defensas enemigas. Al atravesar la entrada de la iglesia, esboza una sonrisa viendo la alegría de sus compañeros, y con la mirada le dice al teniente Zayas: «¿Ve, mi teniente, como se estaba mejor fuera que dentro?». El teniente Zayas le pregunta si está herido, a lo que él contesta que no, y que las novedades no hace falta darlas, pues el humo con sus señales explica cuanto ha pasado.

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Con esta acción, la línea de trincheras había retrocedido y esos 60 días de asedio podrían continuar para probar la tenacidad, fortaleza de espíritu y preparación militar de aquel pequeño contingente que se refugió en la iglesia de San Luis de Tolosa .

El soldado Gregorio Catalán, después de ser recibido con honores junto a sus compañeros a su llegada al puerto de Barcelona, volvió a su tierra conquense, donde murió dos años después víctima de la tuberculosis y las penalidades sufridas en Filipinas. En Osa de la Vega se sigue recordando su memoria mediante una estatua del joven Gregorio con una lata de petróleo en una mano y una antorcha en la otra, pues las generaciones venideras no deben olvidar a sus héroes.

Terminología

Aproche: conjunto de trabajos que se hacían para atacar una plaza y acercarse a batirla, como las trincheras, paralelas, baterías, minas, etc.

Línea de contravalación: línea que forma el ejército sitiador para impedir las salidas de los sitiados.

Línea de circunvalación: línea construida por el ejército sitiador a su retaguardia para defenderse de cualquier tropa enemiga.

Aspillera: abertura larga y estrecha en un muro para disparar por ella.