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ENTREVISTA A… FEDERICO GALLEGO

Solo lo innecesario puede ser imprescindible

Texto: Miguel Renuncio / Madrid

Foto: Pepe J. Galanes

Federico Gallego Ripoll nació en Manzanares (Ciudad Real) en 1953. Desde pequeño, su especial sensibilidad para captar lo invisible encontró en la poesía la mejor forma de expresar lo eterno, lo infinito, lo inmutable. Hoy es un poeta consagrado —y también un gran dibujante— cuyo arte nos invita a redescubrir la verdad que habita en todo ser humano.

¿Qué es para usted la poesía? ¿Cómo fueron sus comienzos literarios?

La poesía es una forma de conocimiento de la realidad profunda de la vida, en la que la razón permite que también la intuición conozca. Más allá de lo evidente, la poesía transmite lo que sustenta a lo evidente; es hermana de la música y del arte. Comencé a escribir poesía, de niño, jugando con las palabras, y en el juego aprendía cosas que no podía aprender de ninguna otra manera: el juego me gustó… y aquí sigo.

¿Cuáles son sus principales referentes en la poesía española de todos los tiempos?

Los que considero más vivos y actuales, también los más cercanos: San Juan de la Cruz, Quevedo, Lorca, Cernuda, Valente, Blanca Varela, Clara Janés.

¿Dónde encuentra habitualmente la inspiración?

La inspiración está en la forma de mirar y ser mirado por las cosas. En ese espacio que ocupa la mirada es donde está la poesía aguardando a que el poeta —si la reconoce— llegue y la tome.

En una sociedad donde priman lo útil y lo inmediato, la poesía aporta belleza y atemporalidad. ¿Nos ayuda también a vivir de una forma más auténtica?

Sí, porque solo lo innecesario puede ser imprescindible, lo que está más allá del ruido, de la prisa, de lo rentable. En lo no útil es donde establecemos nuestra verdad profunda, la única que no abandonaremos cuando dejemos lo último que dejemos aquí.

Ha publicado una veintena de poemarios a lo largo de su carrera. ¿Cómo ha evolucionado su poesía desde aquel primer libro, en 1981?

La poesía, en el fondo, es algo sencillo, que evoluciona como la vida. No precisa de grandes palabras, ni de gestos oscuros o grandilocuentes. Como poeta, yo me limito a recoger la fruta del tiempo, lo que el camino me da. Y el camino, que es sabio, me enseña a ir cada vez más ligero de equipaje, también en poesía.

Háblenos de su último libro, Jardín botánico. ¿Qué hace que sea tan especial?

Es tan especial como el momento que vivimos, en el que somos tan conscientes de nuestra fragilidad como sociedad y como individuos, y lo necesarias que son la solidaridad y la empatía. El jardín es una metáfora clásica de la vida. Pese a estar escrito antes de la pandemia, la poesía es intemporal y es su don el de precisar de la experiencia de cada lector para completarse. Afortunadamente, he encontrado en Cuadernos de la Errantía una editorial joven y valiente, que cuida a los poetas y no vive de ellos, sino para ellos.

Con 30 años recibió ya el accésit del Premio Adonáis. ¿Qué importancia tienen los premios de poesía? ¿Hay alguno que le haya hecho especial ilusión?

Los premios reafirman el camino elegido, son un estímulo, facilitan la publicación, y a veces permiten vincular tu nombre al de estudiosos o poetas a los que admiras. Quizás haber recibido el premio San Juan de la Cruz, en Fontiveros, haya sido el que más me ha acercado a la verdad descalza que busco. Pero los premios no te hacen ni mejor ni peor poeta, aunque siempre se agradecen.

¿Cuál es su diagnóstico de la poesía española contemporánea? ¿Cómo valora esa poesía actual que viaja a través de las redes sociales?

La poesía responde a preguntas antes de que el hombre las formule, va siempre por delante. Actualmente se escribe mucho y se difunde aún más. Es preciso callar un rato para que las palabras se aquieten y se posen, separando el grano de la paja; no solo hay que decir, también hay que atender: es detrás del ruido, en lo que calla, donde está la poesía, incluso en las redes sociales.

Además de poeta, usted es dibujante. ¿Es el dibujo otra forma de expresar ese anhelo de infinito que todos llevamos grabado en el alma?

Todo forma parte de un único lenguaje, distintos idiomas para distintos momentos, cada emoción precisa ser comunicada a su manera. Trascendemos en la línea, en la palabra, en la espera, en la vigilia, en el propósito, en la ayuda.

¿Ha tenido a lo largo de su vida algún contacto con el Ejército de Tierra? ¿Cómo valora el papel que desempeña en la sociedad?

He conocido de cerca la valía de algunos de sus hombres y mujeres, y sé de la importancia de los valores que representan y protegen. Les veo siempre en primera línea del apoyo y la solidaridad, un brazo generoso y firme. A donde no llega la sociedad civil, acuden. Están donde son precisos como estamento fundamental en esta sociedad compleja, de equilibrios difíciles. Ayudan a mantener el fiel de la balanza en su sitio.

Una misión de Golestán

Cuando todo comienza la noche está despejada. El tiempo se abriga con ellos en el mismo momento en que el sol demuestra, perdiéndose en el horizonte, la redondez de la Tierra. Hace frío. La cabo 1º María José Quintas Seijo viaja en el blindado que conduce la cabo Torres. En él también viajan la cabo Porras como segunda conductora, pendiente del sistema integrado de comunicaciones, y el cabo Dorta, tirador de precisión. María José es tiradora y maneja la radio. Pertenecen al Regimiento de Infantería Ligera “Tenerife” nº 49.

El silencio que reina, solo deformado por los motores de los blindados cuando arrancan, convoca a pájaros de arena que van pintando de verdad o imaginariamente, que nunca se sabe bien discernir, un fondo bélico. Es 27 de noviembre de 2007 y es Afganistán. Desde luego, ya saben de lo que hablo.

Están terminando de cenar y preparan las imaginarias. En total son seis blindados: “Dragón”, “Brutus”, “Godo”, “Sandokán”, “Poni” y la ambulancia “Sierra”; capaces de transfigurar el acero en refugio o en lanza dependiendo de si los tiempos son más favorables o más peligrosos. Han desplegado en las proximidades de la localidad de Golestán, en la provincia de Farah: operación “Pamir”.

Se han apostado en una situación privilegiada a escasos dos kilómetros de las montañas que cierran por el este el pueblo. Sobre las ocho de la tarde impacta el primer cohete RPG-7 contra la comisaría de la policía afgana (ANP) de Golestán. Mientras escuchan disparos de fusilería, adivinan, por el rastro de esa memoria antigua que no se separa de ellos, que la cosa no va a ir a mejor. Y atinan, pronto cae sobre ellos la primera granada de mortero.

Viendo que la policía afgana está en apuros y que no saldrá de esa situación, el capitán jefe solicita permiso para acudir en auxilio de sus compañeros afganos: «Están atacando la comisaría de Golestán. Solicito permiso para acudir en su ayuda».

El tiempo parece que se ha parado para ellos, pero no para el enemigo. Todavía no han recibido el permiso para acudir en ayuda de la comisaría afgana. Han apreciado que las fuerzas talibanes se acercan por el oeste de la comisaría, pero no los identifican bien por las montañas, por el barranco o por la noche. El silencio de la radio es opresor, mientras aguardan para combatir, hasta que la cabo Porras le dice al capitán leyendo un escueto mensaje: «Autorizado». Vuelven a analizar todos los signos que les llegan anteriores a la batalla, porque ha llegado el momento en que sean ellos quienes acechen a los insurgentes en apoyo de sus compañeros de la policía afgana.

María José prepara su armamento individual, sabe que va a tener que utilizarlo. Todos, lo han hecho mil veces, preparan su equipo, se ajustan y pertrechan, recuentan sus cargadores y se lanzan a la batalla con una primera orden: «Familia, llevamos mucho tiempo preparándonos para esto, en cinco minutos iniciamos movimiento. Punto de reunión en el collado que da acceso al camino hacia la comisaría. Vanguardia “Godo”, retaguardia “Brutus”. Sin luces». Y allá que se dirigen a la comisaría. Los soldados españoles llegan a las inmediaciones de la comisaría a las 21.05 con la intención de ser esquivos como la noche y, de inmediato, entran en combate.

La noche solo les enseña filos, hojas, mientras el aire pernocta irascible tocando el collado. Les han dado la orden: «Autorizado», y han soltado todos los lastres que llevaban para lanzarse a ayudar a los policías afganos que siguen resistiendo el empuje de los insurgentes.

Son las 21.05 cuando entran en combate. Despliegan en línea, para iniciar el ataque. Primero suenan las ametralladoras pesadas, hay perfiles de sombras en lo oscuro que no se adivinan en la distancia. Están recibiendo fuego y responden con fuego. Suenan también los fusiles. Parece que habitan un tiempo anterior a la historia que están viviendo, conscientes de que uno puede cometer muchos errores y en distintos momentos, pero esta noche no se puede fallar porque no es una simulación, ni un ejercicio de instrucción como los miles que han hecho antes y que los han preparado para llegar hasta allí. Hasta ese momento, en la localidad de Golestán, en la provincia de Farah.

María José ha salido del vehículo y ha empezado a disparar. Ha localizado a varias personas a unos cien metros de la comisaría en unos agujeros horadados en el barranco, pero todavía no sabe si son insurgentes o policías que han huido. La distancia que les queda para arribar a las últimas sospechas la cubren rápido con la obligación de moverse constantemente para no convertirse en objetivo.

De repente, aparece un avión en el cielo con la intención de darles apoyo, pero no puede hacer fuego sobre los objetivos porque soldados españoles, policías afganos e insurgentes están todos demasiado cerca y no es buena solución.

Los soldados españoles siguen disparando, cuando ven que desde la comisaría de policía han dejado de responder al fuego terrorista. Había llegado el momento de ver qué pasaba y alumbrar esas sombras de preguntas que todos se hacían. Para ello, el capitán Ignacio García del Castillo baja con el cabo Dorta para ver la situación. Los insurgentes habían dejado de hacer fuego por un momento, pero nada parecía tranquilo. Les falta munición de las ametralladoras ligeras y pesadas, y la solicitan a los otros blindados: “Poni” y “Sandokán”. Además, durante los enfrentamientos un eje del blindado se rompió y tuvieron que buscar una solución con el apoyo de “Godo”, mandado por el sargento 1º Boo.

Como la realidad no se está quieta y se impone siempre con su serena paciencia, disparos desde las cuevas por parte de los insurgentes los vuelven a poner en alerta y otra vez entra el sonido de la noche como un estrépito de disparos. Los soldados españoles no cejarán hasta que la comisaría de policía esté liberada. Y no cejan, aunque tengan que recorrer cada rincón de Golestán.

Los combates se prolongan hasta las 23.20 de la noche, que, igual que se llenó de bultos y sombras, se ha vaciado con el ruido de las armas y con el valor sostenido por los españoles durante más de dos horas. El apoyo español ha sido esencial para que la comisaría pudiera rechazar el ataque cuando entró la noche en ese Golestán desprevenido con un fragor construido por los insurgentes sobre las armas, propagado por sus muros y calles ahogando la tranquilidad que todo pueblo necesita. A las 23.20 los insurgentes fueron desalojados de sus posiciones, huyendo. Ni los españoles ni los policías afganos sufrieron ninguna baja.

En cuanto se lo ordenan, salen de nuevo con dirección a la base. Mucho tiempo después, María José recordará cuando escribieron el mensaje «OK» y fueron conscientes de que, por ahora, respiraban más tranquilos.

A la llegada a la base, María José se queda un largo rato mirando a su gente, y pensando que, si todos están bien y la misión se había cumplido, era más que suficiente y, además, habían sido protagonistas de hechos que merecerían muchos años después ser escritos.