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ENTREVISTA A… NIEVES HERRERO / PERIODISTA Y ESCRITORA

Me siento realmente orgullosa del Ejército que tenemos

Miguel Renuncio / Madrid

La trayectoria profesional de Nieves Herrero (Madrid, 1957) está íntimamente ligada a su papel como presentadora de televisión. Sin embargo, ella es una mujer polifacética que actualmente compagina su trabajo en la radio con su otra gran pasión: la literatura. Su última novela, El joyero de la reina, gira en torno a la vida de Victoria Eugenia de Battenberg, bisabuela de Su Majestad Felipe VI.

Nieves Herrero

Televisión, radio o prensa escrita. ¿En qué medio se encuentra más cómoda?

A mí me apasiona la radio. Es el medio que encaja más con mi personalidad, porque, si sucede algo, puedes contarlo inmediatamente. Además, durante 15 años he dado clase de radio en la universidad. Me gusta narrar historias con la voz y creo que la radio gana en creatividad a la televisión, porque tienes que imaginarte a la persona que está al otro lado. De todos modos, la prensa también me gusta mucho y disfruto escribiendo.

¿Se considera una «contadora de historias», como decía Jesús Hermida?

Sí, yo a Hermida lo conocí porque lo entrevisté para una revista, y a él le gustó y se quedó con mi teléfono. Con la creación de Antena 3 Radio, en 1982, muchos periodistas jóvenes empezamos a trabajar allí. Cuando la cadena fichó a Hermida, yo ya era reportera y hacía muchísimas cosas. Entonces, él me llamó para su programa, que era el informativo de la noche. Trabajar con Hermida fue maravilloso, porque generó una competencia muy sana entre todos. Él acababa de volver de Estados Unidos y me enseñó a ver las cosas desde otra perspectiva. Conocí a Vicente Aleixandre, Jorge Luis Borges, Camilo José Cela, etc. Después, a Hermida le surgió la oportunidad de trabajar en Televisión Española, en un programa que había por la mañana, y me fui con él. Empecé de redactora y, en poco tiempo, llegué a ser directora adjunta.

Luego sus trayectorias profesionales se separaron, pero siguieron teniendo muy buena relación…

Sí, siempre estuvimos muy unidos y volvimos a colaborar en distintos proyectos, como el libro Yo abdico. Gracias a su familia, tuve el inmenso honor de estar con él hasta el final de sus días. Eso para mí significó mucho.

¿Hay alguna persona a la que todavía no haya entrevistado y le gustaría hacerlo?

Me encantaría entrevistar al Rey Juan Carlos y a la Reina Sofía. Nunca he tenido la oportunidad y me gustaría mucho poder hablar con ellos.

Precisamente su último libro, El joyero de la reina, trata sobre la realeza ¿Qué puede contarnos acerca de él?

Está protagonizado por Victoria Eugenia de Battenberg, que es un personaje muy interesante porque fue la última reina de España antes de la Segunda República y, después, costó mucho que regresara la monarquía. Y regresó, entre otras cosas, porque ella trabajó en la sombra para que hubiera una cabeza en la que descansar la corona de España. Me atraía mucho lo incomprendida que fue, ya que la gente la veía como una reina fría. Sin embargo, creó el Cuerpo de Damas de la Cruz Roja, promovió la construcción de hospicios y casas cuna, etc. Yo creo que los españoles no supieron entenderla y ella se fue al exilio con una sensación de fracaso. Por eso, cuando regresó para el bautizo de Felipe VI y vio a la gente echada a la calle y aplaudiéndola a su paso, se le saltaron las lágrimas de emoción.

Nieves Herrero

¿Qué relación tuvo con las joyas?

Su dama inglesa, que se llamaba lady William Cecil, atribuía a las joyas una especie de efecto talismán —por ejemplo, la habrían protegido en el atentado que sufrió el día de su boda con Alfonso XIII—. Esta dama inglesa fue promotora de las excavaciones de Egipto. De hecho, ayudó a Howard Carter, quien luego descubriría la tumba de Tutankamón. Entonces, para Victoria Eugenia las joyas no eran puro ornamento, sino algo a lo que aferrarse mientras todo en su vida se desmoronaba: su matrimonio, su reinado, la vida de sus hijos (dos murieron por hemofilia y otro se quedó sordomudo), la vida de sus hermanos, etc. Cuando regresó a España, siendo ya una anciana, se reencontró con su joyero, Ramiro García-Ansorena. Esa escena, que aparece al final del libro, es muy emotiva, porque ambos se habían conocido muy jóvenes y, en ese momento, se despiden sabiendo que esa despedida es para siempre.

Otra de sus novelas, Lo que escondían sus ojos, fue adaptada a una miniserie de televisión. ¿Qué sintió al ver en pantalla lo que usted había escrito?

Fue una emoción tan grande… Me pasé los capítulos llorando, porque ver a los personajes cobrar vida fuera del libro es algo muy bonito. Me gustó mucho la adaptación que hicieron, creo sinceramente que fue un acierto. De hecho, ganó un Premio Ondas. El director, Salva Calvo, empezó muy jovencito conmigo en Antena 3 Televisión y ahora es un director de cine muy premiado. Ya apuntaba maneras.

¿Qué supone para usted la escritura?

Para mí, escribir es una liberación, es como una terapia. Y en estos tiempos de pandemia que hemos vivido, me permitía viajar, buscar otros lugares… Me ha reconfortado muchísimo, porque el confinamiento me dejó muy tocada. A mí me gusta estar con la gente, y lo pasé muy mal cuando no podíamos salir de casa… Tan mal, que luego tuve agorafobia.

¿Qué opina de la labor que realiza el Ejército de Tierra?

Su labor me parece extraordinaria. Me siento muy orgullosa del Ejército que tenemos y, en las circunstancias actuales, me da mucha seguridad. Además, valoro enormemente la labor que ha desarrollado durante la pandemia, las misiones internacionales que realiza, etc. Tengo muchos amigos militares y me siento orgullosa de contar con su amistad. Me congratula saber que hay personas dedicadas a garantizar la seguridad de nuestro país y que contribuyen a la paz en el mundo. Mi padre estuvo a punto de ser militar y de pequeña me llevaba a ver el desfile del Día de las Fuerzas Armadas. Yo lo vivía con mucha intensidad y todavía se me saltan las lágrimas, por ejemplo, viendo desfilar a la Legión. La verdad es que me emociono muchísimo. Los militares son gente muy sacrificada, que están siempre en primera línea para apoyar en lo que haga falta.

HISTORIAS DE SOLDADOS

LÍMITE, NUESTRA PUERTA

Texto: Tcol. Norberto Ruiz Lima (DECET) / Madrid

Ilustración: Esteban

Fotos: Ministerio de Defensa y EMAD

Cuando ha terminado la noche y ve aparecer el sol tras las riberas del río Níger, mientras una pequeña bruma convierte la luz en un raro prodigio y, pensando en cuanto ha ocurrido, el soldado Daniel Gómez, tirador de la ametralladora pesada del vehículo blindado Lince, recuerda que esa misma situación o, mejor dicho, una parecida, ya la ha vivido antes durante los diferentes ejercicios de preparación de la misión, pues varias de las incidencias a las que se enfrentaron allá en Galicia, tan lejos de Koulikoro, se ajustaban prácticamente a lo sucedido.

Un lugar y un momento, que no siempre elegimos, pueden llegar a definirnos porque son quienes fijan para siempre la respuesta que damos. Pero esa respuesta no aparece porque sí; es una respuesta que simula ser instintiva y, sin embargo, es totalmente premeditada y fruto de la experiencia acumulada, de la formación y la instrucción continua y de unos valores que nos han ido rozando desde que nacemos, durante todos los días de nuestra vida.

Vienen hacia ellos unos vehículos con intenciones de volar por los aires todo el campamento

Viajemos, pues, hacia un lugar y un momento determinados. Estamos en Mali, en una de las puertas de entrada del Koulikoro Training Camp (KTC), el campo de entrenamiento que las tropas españolas comparten con el Ejército maliense y donde ejercen su labor de instrucción y adiestramiento a los soldados de las Fuerzas Armadas de Mali; y es día 24 de febrero de 2019.

La guardia de la puerta P2 la componen cinco soldados malienses y dos soldados españoles. Y son las 2.50 de la madrugada cuando los soldados Daniel Gómez y Richard Ríos, del Regimiento “Isabel la Católica” nº 29, perteneciente a la Brigada “Galicia” VII, oyen disparos que provienen de otra puerta de la base situada más al norte, a unos 100 metros, y que saben que se encuentra cegada por motivos de seguridad.

Ni se imaginan que vienen hacia ellos unos vehículos por la carretera paralela al Níger, guiados por una motocicleta, con intenciones de volar por los aires todo el campamento y cientos de vidas, cuyo trabajo consiste en llevar la paz y la seguridad por todos los caminos y las tierras de Mali.

Desde el Centro de Operaciones Tácticas (TOC), a las 2.58, el sistema de cámaras perimetral de la base detecta a dos vehículos tipo pick-up que, circulando desde el norte en dirección sur, pasan junto a la puerta P1, que se encuentra cerrada. El segundo de ellos para y de él descienden hasta siete individuos portando fusiles Kalashnikov.

La noche que parecía serena, cuando estaba recién puesta, y no presagiaba tanto fuego hasta que llegara el último relevo trayendo al alba de la mano, ha cambiado de repente. Pero, como también las constantes alteraciones de las circunstancias forman parte de la instrucción, tanto Daniel como Richard saben que toda situación puede variar en una misión con cada golpe de aguja del segundero.

El personal que había desembarcado y efectuado los disparos ya no es divisado por las cámaras del TOC. De pronto, se observa que los vehículos continúan en dirección sur, precedidos por una motocicleta, que parece guiarlos.

Al llegar a la puerta donde se encuentran Daniel y Richard, el primer vehículo pasa de largo unos metros, mientras que el segundo gira con rapidez hacia la derecha, embistiendo la puerta y accediendo por la calle de entrada al campamento. En dicha posición se encuentran de guardia cinco soldados malienses, quienes, sorprendidos, no reaccionan contra el vehículo, sino que se refugian en unas habitaciones contiguas de su cuerpo de guardia.

Daniel monta su ametralladora pesada y abre fuego contra el vehículo para detenerlo

En ese momento, Daniel Gómez, tirador de la ametralladora del Lince, y Richard Ríos, centinela a pie y situado a unos 10 metros de la puerta principal, ven venir el coche que los terroristas han lanzado contra la puerta y la barrera de protección.

Sin dudarlo, Richard abre fuego con su fusil contra el conductor del vehículo y Daniel monta su ametralladora pesada y hace un fuego que desciende como un azor en la noche contra el bloque motor y el habitáculo del vehículo, con la intención de detenerlo y que haga el menor daño posible en la base. El terrorista que lo conduce resulta muerto en el acto y el vehículo es detenido a unos metros de la puerta. Límite, nuestra puerta.

De pronto, se produce una fuerte explosión debida a la deflagración del cordón detonante que rodeaba a los bidones de explosivo que transportaba la pick-up. Poco antes de esa explosión, Richard, que sabía lo que venía a continuación del ataque, se protege tras los Hesco bastions, lo que seguramente le salva la vida. Daniel lo llama y le dice que acuda a resguardarse al vehículo Lince, pues todavía queda otro vehículo cargado de explosivos que había pasado de largo unos metros en dirección sur y que se ha detenido un poco más adelante.

Pronto ven que ese otro vehículo ha dado marcha atrás, así que Richard y Daniel recargan y vuelven a alimentar sus armas, con las que están protegiendo las vidas de tanta gente, y se disponen a abatir el siguiente vehículo, que con seguridad también va cargado de explosivos. Pero, como el acceso a la entrada ha quedado bloqueado por la primera pick-up, totalmente destruida, los terroristas, al ver que no pueden acercarse más, explosionan el vehículo, produciéndose una gran detonación, pero alejada de las principales instalaciones de la base. Cada uno de los coches, según un análisis posterior, transportaba más de 500 kilogramos de nitrato amónico. Si llegan a conseguir pasar esa puerta… Límite, nuestra puerta.

Aun así, las explosiones causan destrozos en un buen número de edificios del campamento de Koulikoro, dañando seriamente la puerta y la entrada y dejando inoperativo dicho acceso. Las cámaras de todo el flanco este del KTC resultan inutilizadas y el campamento se queda sin electricidad. Como consecuencia de las explosiones, tres de los soldados malienses que se habían refugiado en el cuerpo de guardia resultan heridos, de lo cual informan serenamente los soldados Daniel y Richard, protegiéndolos y administrándoles los primeros auxilios, junto con una escuadra de soldados checos, hasta la llegada al lugar de la Célula de Estabilización española, que evacúa a los heridos en una ambulancia RG-31 medicalizada al hospital de campaña del campamento.

El ataque continúa con fuego de armas ligeras desde el monte Keita, al sur del KTC, y sobre el otro acceso; pues, simultáneamente al intento de intrusión de los vehículos suicidas por P2, se recibe fuego de armas ligeras sobre la puerta P3, situada al oeste. Dicho acceso está igualmente guarnecido por fuerzas españolas del Grupo Táctico “Zamora”, un centinela a pie y un tirador de ametralladora, que también responden al fuego recibido en la distancia.

Durante toda la noche, los españoles, apoyados por personal aliado de la misión de la Unión Europea, protegen y repelen con su presencia todos los ataques que los terroristas planificaron por diferentes zonas de la base. El Koulikoro Training Camp puede decir que su guardia española reaccionó como los mejores; y que, gracias a ellos, muchos compañeros que aprovechaban su merecido descanso en los barracones están vivos y pueden continuar con sus misiones al amanecer, como cada día.

Richard y Daniel reciben al alba como si el mundo acabara de ser creado, ellos hoy, día 24 de febrero de 2019, ven con otros ojos la incipiente luz del día; y saben que todos debemos dar gracias, aunque no esperemos nada del nuevo amanecer. Hoy el alba, como cada mañana, trae las brumas a las orillas del Níger, y todos en el KTC pueden verla porque templado el acero trabajó en maestras manos y en men