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Campaña de Melilla de 1921: mucho más que Annual

Al hablar de la Campaña de Melilla de 1921 parece inevitable asociarla al conocido como “Desastre de Annual”, lo cual no deja de ser una simplificación injusta que ignora las operaciones y actuaciones exitosas en las que se vieron implicados numerosos militares que trabajaron sin descanso para finalmente lograr la victoria. Por este motivo, en 2021 se ha decidido rememorar el centenario de esta campaña, que se extendió a lo largo de todo un año —desde la ocupación de Annual, en enero de 1921, hasta la reconquista de Dar Drius, en enero de 1922—.

Así, lejos de conmemorar una derrota, lo que se busca es recordar los éxitos que en este contexto se dieron y, sobre todo, homenajear a aquellos soldados españoles que murieron en esta campaña y que nos han legado «una lección de entrega, sacrificio, cumplimiento del deber, espíritu de servicio, valor, honor, patriotismo y amor a España», tal y como expuso el comandante general de Melilla, general José Miguel de los Santos, en la presentación de las actividades que con motivo de esta efeméride se han programado.

Otro de los aspectos por los que esta campaña merece tal reconocimiento es la trascendencia que tuvo, tanto en España en su conjunto como en Melilla en particular. En este último caso los motivos eran obvios, ya que, en palabras del general, «la propia españolidad de esta ciudad estuvo en peligro o, al menos, así lo percibió la población, que esperaba con ansiedad la llegada de refuerzos para iniciar la reconquista de las posiciones y de los territorios perdidos». En el caso de España, logró dar a conocer la situación de las tropas en el Protectorado, motivando un cambio definitivo en la forma de afrontar la guerra en África y suponiendo «el principio del fin, ya que, tras ella, las operaciones se sucedieron hasta llegar al desembarco de Alhucemas en 1925 y la pacificación definitiva en 1927», apunta el general.

Cumpliendo nuestro compromiso

La Campaña de Melilla de 1921 se enmarca dentro de la conocida como Guerra del Rif o Segunda Guerra de Marruecos, iniciada en 1911. Tan solo un año después, tras la firma del Tratado de Fez, Francia establece un protectorado sobre Marruecos y cede la zona norte a España. De este modo, nuestro país adquirió el compromiso de proteger la autoridad del sultán y someter a las cabilas rebeldes a su autoridad, y así lo hizo al enviar a sus soldados a combatir. De este modo, «la guerra no fue contra Marruecos, como muchas personas piensan, sino a su favor», explica el general De los Santos.

Lo que comenzase con una derrota en Annual, frente al líder rifeño Abd el-Krim, terminaría, tras su capitulación, con la reconquista y pacificación del territorio anteriormente perdido. Un camino que no fue fácil de recorrer y en el que las tropas españolas fueron lanzando duras contraofensivas desde Melilla para recuperar diversos territorios como Monte Arruit, Nador, Zeluán o Dar Drius. Este esfuerzo supuso un gran número de bajas, hombres que cumplieron con su compromiso hasta el final: «Todos ellos héroes, unos anónimos y otros reconocidos, que constituyen un ejemplo para los que vestimos el uniforme militar», mantiene el general, y que en este centenario serán recordados como merecen.

EFEMÉRIDE ESPECIAL DE 2021

La pandemia no ha impedido que se planifiquen numerosas actividades con motivo del centenario de la Campaña de Melilla, escogido como efeméride especial del Ejército para 2021. Conferencias a lo largo de toda la geografía española, la publicación en junio de un número especial de la revista Ejército dedicado en exclusiva a ella, conciertos, obras de teatro y recreaciones históricas son algunas de las programadas. Las fechas se irán dando a conocer según evolucione la situación sanitaria.

ENTREVISTA A… JESÚS GARCIA CALERO/DIRECTOR DE ABC CULTURAL

España es un país de una riqueza cultural

Como redactor jefe de Cultura y Espectáculos de ABC desde hace más de 20 años y, ahora también, como director de ABC Cultural, Jesús García Calero (Segovia, 1965) tiene una privilegiada visión de conjunto de la cultura española. Su mesa de trabajo, repleta de libros, da buena cuenta de ello. No solo entiende de literatura, sino también de historia, de arte, de cine… y de arqueología submarina, que es su gran pasión.


¿Cómo definiría el estado de salud de
nuestra cultura?

Yo creo que no se puede ser sino optimista con todo lo que tenemos y la potencialidad que nos queda. España es un país muy creativo, quizá porque estamos en un lugar que ha sido cruce de culturas durante siglos, y el resultado de ello es lo que somos hoy en día. A pesar de todos los problemas políticos que podamos tener, culturalmente somos un país de una gran riqueza, sobre todo gracias al idioma español, que es la segunda lengua en el mundo. Si nos concentráramos en las cosas que nos unen, encontraríamos fácilmente solución a algunos de los problemas que ahora nos parecen casi insalvables. La cultura tiene ese poder, porque en ella es posible el diálogo.


Usted es experto en patrimonio subacuático. ¿De dónde le viene esa pasión por la arqueología submarina?
Todo comenzó el día en que se supo la noticia del expolio que Odyssey había provocado a un buque español, la fragata Nuestra Señora de las Mercedes. Empecé a seguir el tema y, al cabo de unas semanas, tuve la intuición de que aquella no era una noticia más, sino que estábamos ante una importante polémica cultural con implicaciones jurídicas, arqueológicas, etc. Para formarme un criterio, estuve documentándome con juristas como José María Lancho o arqueólogos como Javier Noriega, y me di cuenta de que existe un patrimonio de un altísimo valor —que es, además, un registro histórico frágil y vulnerable— y que estaba siendo expoliado. La respuesta a muchas de las dudas que podemos tener acerca de quiénes somos o del valor de lo que hicimos en América nos están esperando en los restos de aquellos buques. Una buena excavación de uno de esos yacimientos nos permitiría descubrir qué tipo de sociedad éramos y cómo conseguimos replicar esa sociedad en costas lejanas. Aunque España haya evolucionado y no sea hoy la misma entidad política que era entonces, todos en la actualidad —españoles, colombianos, etc.— descendemos de aquella España. Somos los tataranietos de quienes viajaban en esos galeones y, gracias a ello, compartimos una lengua, unos valores y una visión de la vida y de la muerte.


Quizá debido a la pandemia, la conmemoración del V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo está pasando bastante desapercibida. Al cabo de 500 años, ¿podemos seguir extrayendo lecciones de aquella hazaña?

Sí, desde luego. Lo primero que debemos tener en cuenta es que, aunque Fernando de Magallanes era un navegante portugués, aquel fue un proyecto netamente español, como lo confirmó la Real Academia de la Historia cuando desde este periódico le solicitamos que emitiera un dictamen al respecto. Además, durante ʼʼ Si algo nos llena de orgullo hoy a todos los españoles es el Ejército que tenemos la expedición sucedieron numerosas vicisitudes, entre ellas la muerte de Magallanes, y fue entonces cuando surgió la figura de Juan Sebastián Elcano, sin el cual, seguramente, aquellos hombres no hubieran conseguido regresar a España, demostrando que la Tierra es redonda. La gran lección de aquella época, desde que Cristóbal Colón descubrió América, es que no ha habido un esfuerzo mayor en la historia de España que el esfuerzo marítimo, el cual, además, supuso un revulsivo para el talento y la innovación.

Grandes escritores españoles han sido también militares, desde Jorge Manrique hasta Miguel Hernández, por ejemplo, pasando por Garcilaso de la Vega, Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, etc. ¿Usted con cuál se quedaría?
A mí Cervantes me atrae mucho, porque fue muy joven a la guerra y aquello le costó la salud, pero es cierto que el Siglo de Oro está lleno de soldados que fueron también escritores, como Lope de Vega. Eran gente brava, orgullosa y con talento, y no eran peores escritores por ser soldados ni peores soldados por ser escritores. De hecho, durante mucho tiempo tuvimos el ejército más perfecto del mundo, los Tercios, que estuvieron en todas las latitudes. Una de las cosas que me hacen discrepar mucho de mi tiempo es la confusión que existe entre los deseos y la realidad. Evidentemente, todos tenemos ansias de paz, pero eso no nos puede llevar a pensar que en el mundo va a dejar de haber guerras. Y si algo nos llena de orgullo hoy en día a todos los españoles es el Ejército que tenemos. La historia de España es en buena medida historia militar, y eso forma parte de nuestra cultura.


La guerra, ya sea la de Troya o la Segunda Guerra Mundial, ha inspirado innumerables obras literarias y también cinematográficas. ¿Cuáles son sus preferidas?


Por citar una muy reciente, yo destacaría el libro Línea de fuego, de Arturo Pérez Reverte. Es una novela sobre combatientes de la Guerra Civil que tiene la enorme virtud de que, cuando has leído 30 páginas, ya te da igual en qué bando lucha cada uno, porque estás centrado en su
peripecia vital, estás pegado al terreno, sintiendo el miedo, el valor, el dolor, la falta de medios, el humanitarismo… Es una novela que no te dice quién es bueno y quién es malo. Todos tienen motivos válidos para estar donde están, y los valores que cada uno tiene no dependen del bando al que pertenece. Pero podríamos hablar también de películas como Salvar
al soldado Ryan, que plantea la grandiosidad de ese escenario en el que una generación se vio abocada a un sacrificio que hoy nos cuesta mucho entender. También me encantan los libros de Antony Beevor, especialmente El Día D, que está basado en archivos que nadie antes había utilizado, con los testimonios de quienes sobrevivieron al desembarco de Normandía. Es un libro fabuloso, que a mí me impresionó muchísimo.