Conocer a … brigada castañeda

«SI ALGO ESTÁ ESTROPEADO,
YO SIENTO LA NECESIDAD
DE ARREGLARLO»

Podría decirse que un reloj parado es como un coche sin ruedas: no puede realizar aquello para lo que fue concebido… y aparte de una bonita estética, no sirve para mucho más que para decorar. Así se encontraba el reloj del cuartel “Marqués de la Ensenada” —una instalación castrense situada en Medina del Campo (Valladolid), que acogió durante más de 200 años a militares de Caballería y Artillería hasta su cierre en 2001—. Se trata de un reloj de agujas que data, aproximadamente, del año 1900, y que fue realizado por la empresa J. G. Girod: una prestigiosa firma especializada en la fabricación de relojes, campanas y campanarios.

Tras el cierre del cuartel, el reloj fue trasladado a la base “El Empecinado”, en Santovenia de Pisuerga (Valladolid), donde pasó un tiempo olvidado en un almacén, hasta que en 2007 se decidió arreglar y colocar en una torre de electricidad habilitada para ello. Sin embargo, poco duró en funcionamiento, ya que un reloj de estas características requiere de un mantenimiento muy especializado y constante que no todos saben llevar a cabo, y que no pudo continuarse una vez que el relojero encargado se jubiló. «Muchos intentaron arreglarlo, aunque no conseguían averiguar por qué se retrasaba o, directamente, se paraba», comenta el brigada Castañeda, artífice de que el mismo esté hoy día en funcionamiento y quien ha estado destinado en la Unidad de Servicios de Base (USBA) “El Empecinado” hasta su reciente ascenso a mediados de marzo.

Apasionado de la electrónica, el brigada asegura que disfruta haciendo que los objetos cobren vida, y rápidamente se puso manos a la obra: «Desde niño me ha gustado desmontar cosas y observar cómo funcionan, de un televisor a un motor o, en este caso, un reloj. Es verdad que cuando comencé a intentarlo no sabía mucho de su funcionamiento, pero si algo está estropeado, yo siento la necesidad 55 CONOCER A… de arreglarlo». Así, en un primer momento, lo que hizo fue estudiar su mecanismo. Para ello, y siempre que el trabajo se lo permitía, aprovechaba cualquier ocasión para subir a la torre donde estaba instalado y hacer fotografías y pruebas. «Me informé y me formé sobre su uso todo lo que pude. Desde siempre me han gustado los relojes de aguja, pero lo cierto es que no sabía mucho de su mecánica, aunque sí de engranajes y pude observar que algunas piezas estaban montadas o desgastadas y que el péndulo se atascaba», asegura el brigada Castañeda.

A base de tiempo, ilusión y esfuerzo —y mucha intuición—, consiguió hacer su propio “manual de instrucciones” y logró cuadrar música y hora, haciéndolo funcionar. Pero no satisfecho con eso, también se ha estado encargando de su mantenimiento a diario: «Todos los días, después de gimnasia, lo ponía en hora. Es muy importante llevar una revisión muy puntual, porque con los cambios de temperatura las piezas pueden dilatarse o contraerse y hay que estar pendiente. Por otra parte, también me encargaba de darle cuerda y hacer pequeños ajustes para que no se atrasase ni adelantase», comenta el brigada, orgulloso de haber logrado su propósito. Tanto es así que, hasta el mismo día que se marchó de la USBA, a todo aquel que quisiera verlo más de cerca se lo enseñaba y le explicaba los entresijos de su maquinaria. Este brigada no querría que, ahora que se ha ido, se vuelva a quedar parado. Y es que, como él mismo asegura, «relojes de este tipo no hay en todos los sitios».

De momento, se encuentra pendiente de su próximo destino, por donde seguro se paseará con su reloj de bolsillo, como ya hiciese por la USBA “El Empecinado”, y quién sabe si volverá a cruzarse en su camino alguna otra antigüedad a la que volver a darle brillo con el esplendor que se merece.

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